Una de las cosas que llaman la atención del terrorismo islamista es su fascinación por la tecnología, especialmente la relacionada con la grabación de imágenes y sonido. De hecho, el mecanismo que utiliza el Estado Islámico para captar desechos humanos en los suburbios de toda Europa se basa justamente en eso: vídeos en los que la iconografía religiosa kitsch se mezcla con imágenes escalofriantes de película gore. En un proyecto político como el que proponen, sin embargo, deberían importar estos sofisticados telefonillos por fuerza. El diseño y la tecnología de estos utensilios derivan de ideas y estructuras sociales que sólo segregan las sociedades occidentales postindustriales. Naturalmente, las fundas de los móviles o los cables de los ordenadores se pueden hacer en masa en cualquier fábrica del culo del mundo, pero el caldo intelectual que ha llevado al diseño y concepción tiene poco que ver con los pastores de cabras de Afganistán. Esta paradoja es más importante de lo que parece, y proporciona una primera pista interesante: una parte de la rabia inaudita del islamismo radical proviene de la constatación de un gran fracaso civilizatorio. El mundo árabe-musulmán tal como lo quieren los radicales ha entrado en el siglo XXI con la certeza de que su identidad no tiene cabida en el mismo. Hay una verdadera teología extremista del fracaso. Percibe su propio mundo como obsoleto, inviable, sin expectativas, y, en consecuencia, opta por el suicidio. Por ello, en muchos lugares del Magreb, o mucho antes en Turquía, las escasas clases medias han intentado dar un valiente paso adelante que implica un cambio de mentalidad real, no muy diferente de lo que se llevó a cabo en Occidente en otras épocas. Las Primaveras Árabes de hace cinco años se han de leer en esta clave, sin duda, pero con la suficiente honestidad para constatar el fracaso en que desembocaron. Esto nos lleva a la segunda cuestión, igualmente amarga.
No se pueden sustituir estructuras políticas sin cambiar previamente las ideas y los valores -las estructuras mentales- en las que están ancladas. Quiero decir, lisa y llanamente, que la democracia es algo más que un régimen político. Podríamos jugar a hacer ver que sus ideas de fondo son abstractamente universales, pero todos sabemos que derivan de un conjunto de corrientes occidentales, que van de la Ilustración al humanismo cristiano, pasando por la Revolución Francesa y muchos otros hechos traumáticos. El mundo árabe-musulmán ha vivido experiencias igualmente intensas, como la descolonización, pero no son de la misma índole. A partir de la Edad Media, tan fructífera para esta civilización, los cambios fueron mínimos, y los que tuvieron un impacto real y significativo derivan, sin muchas excepciones, de la época colonial. ¿Podemos imaginar, por ejemplo, que en el siglo XVIII o en el XIX se hubiera producido una Ilustración o una revolución industrial específicamente musulmana? Por supuesto que podemos imaginarlo. Pero eso no ocurrió, y resulta quimérico pensar que ocurrirá justamente ahora. En consecuencia, subir al tren del siglo XXI quiere decir, de manera innegociable, asumir un proceso de occidentalización que ya no tendría nada que ver con la imposición colonial. O se hace voluntariamente y con convicción, o se deja de lado. La tercera vía que proponía Erdogan en Turquía, por medio de un paralelismo nada convincente con lo que fue la democracia cristiana en la Europa de la posguerra, ha sido una quimera. Esto no quiere decir, evidentemente, que esta occidentalización deba ser precipitada, mimética o servil. Llegamos así al tercer indicio que nos han proporcionado los últimos eventos.
El Estado Islámico -y similares- dibuja una dicotomía caricaturesca entre un islam puro o verdadero y otro falso y desnaturalizado como consecuencia de la occidentalización. Desde una perspectiva ideológica, esta dicotomía no se deshará hasta que una buena parte del mundo árabe-musulmán la considere tan forzada y absurda como el resto de la resentida teología del fracaso que estamos comentando. En parte, se trata de una cuestión de matices terminológicos: no es lo mismo hablar de un islam desnaturalizado que de un Islam adaptado a los nuevos tiempos, perfectamente concebible y viable. En todo caso, la base del equívoco radica en la ilusión de estar participando de la modernidad sólo porque se hace un uso pasivo y subordinado de la tecnología. Durante las Primaveras Árabes, por cierto, esta omnipresencia de los móviles y los iPads confundió a muchos occidentales de buena fe. Los más ingenuos llegaron a pensar que la revolución se puede hacer con móviles, y que las redes sociales transforman de repente valores milenarios pulsando el botoncito del “me gusta”.
ARA








