Las próximas elecciones municipales serán un momento importante para el futuro político del país. Se marcarán tendencias y cambios significativos en algunas ciudades y pueblos respecto a los resultados de hace cuatro años. Pero no hay que confundir lo que está en juego en cada tipo de elecciones. Las municipales están presididas por lógicas diferentes a las elecciones de carácter general. Intervienen factores, digamos, más “minifundistas”. Por ejemplo, el prestigio (o no) de los alcaldes y de los equipos de gobierno juegan un papel clave. En este sentido, las municipales no serán la “primera vuelta” de las elecciones al Parlamento de Cataluña. Los resultados no son extrapolables.
Más que el mapa electoral que quede dibujado la noche del 24 de mayo, será políticamente más importante el mapa que quede establecido dos semanas después, el mapa de los alcaldes y de los equipos de gobierno de los ayuntamientos (y de las diputaciones). Y eso pasa por los pactos postelectorales de los partidos.
A nadie se le escapa que si el mapa de los nuevos gobiernos locales tiene un color soberanista en casi todo el país, será leído como un signo claro favorable al proceso de independencia, tanto por parte de los ciudadanos como por parte de actores internacionales. Será la primera vez en 36 años que las elecciones municipales catalanas tendrán una lectura internacional. Y aquí el caso de la ciudad de Barcelona resulta emblemático. Un mapa con predominio soberanista pero con la capital de otro color diluiría mucho el sentido político de los resultados.
Por otra parte, creo que analizar las próximas elecciones municipales sólo en términos tradicionales de “derecha-izquierda”, separados de los objetivos del proceso político actual, resulta un planteamiento anticuado. Lo que está precisamente en juego con la independencia (o con el mantenimiento de la dependencia) es conseguir (o no) una democracia de mucha más calidad, un estado de bienestar desarrollado con servicios sociales, de enseñanza y de sanidad comparables a los de los países nórdicos u Holanda, poder decidir en política económica y fiscal, fue un actor propio en política europea e internacional, establecer cotas de productividad e inversiones en investigación e innovación comparables a la de los estados punteros del mundo, hacer políticas redistributivas eficientes que combatan la pobreza, la exclusión y disminuyan de manera drástica las desigualdades sociales, incrementar las pensiones, decidir las políticas ecológicas y energéticas, profundizar en políticas de género, etc. También está en juego decidir un modelo municipal mucho más moderno y adecuado a las características del país, sin los condicionantes centralistas y uniformizadores del modelo actual.
Establecer un Estado independiente supone decidir las propias interdependencias en un mundo global, institucionalizar una democracia avanzada, y una sociedad y estado de bienestar. Proyecto “nacional”, proyecto socioeconómico y calidad democrática van juntos, no separados. Si predomina la contraposición derecha-izquierda en las decisiones postelectorales, gane quien gane, el país saldrá perdiendo. Quizá esto no ocurrirá, pero recordarlo no me parece de más.
No hay ningún indicador práctico de que un cambio en el Congreso de los diputados y en el gobierno central -tenga la composición que tenga después de las próximas elecciones españolas- conlleve reformas profundas sobre el reconocimiento y la acomodación del pluralismo nacional del Estado. Tanto el PP como el PSOE son fuerzas presididas por un fuerte nacionalismo de Estado, imposible de cambiar tanto por cuestiones relacionadas con las tensiones internas de estos partidos, como con las ideas y actitudes de una cultura política afrancesadamente jacobina en el caso del PSOE y españolamente autoritaria en el caso del PP. “Podemos” parece transcurrir por unas coordenadas nacionalistas similares en versión “centralismo democrático 2.0” (junto con el PP es el único partido significativo en Cataluña que no tiene su dirección en el país).
¿Y después de las municipales?. El debate sobre si las próximas elecciones al Parlamento tendrán o no un carácter “plebiscitario y constituyente” no deja de ser un tanto ingenuo. Al final, este carácter lo darán, sobre todo, los resultados de las elecciones (el acuerdo de que CiU y ERC presenten listas separadas se mantendrá aunque sea por cuestiones de mera profesionalidad. Se trata de un tema “cerrado” con un acuerdo que, en todo caso, sólo sería modificable por un nuevo acuerdo entre las dos partes).
Si los partidos soberanistas obtienen una mayoría de representantes, los eventos se pueden acelerar por la vía de los hechos. En este caso, una secuencia sería: Declaración solemne del Parlamento en favor del proceso, estructuras de Estado, política internacional, movilización ciudadana y, finalmente, Proclamación de la independencia. Si estos partidos, por el contrario, no obtienen mayoría de escaños seguiremos más o menos como hasta ahora, en una situación política presidida por la tensión permanente con las instituciones de un Estado hostil al país y nada interesado en resolver civilizadamente el tema de fondo. Un escenario inestable.
Los cuatro vectores fundamentales en los que creo que hay que fundamentar el proceso político en los próximos tiempos son el reforzamiento de una mayoría social a favor de un proyecto inclusivo y transversal de independencia dirigido a toda la ciudadanía, la congruencia política del estrategia de los partidos y de las organizaciones sociales, mantener un liderazgo sólido, e implementar una más extensa e intensa política internacional -más basada en la vía de los hechos y de los intereses que en la de palabras que pretenden obtener empatía con los agravios ajenos.
Iniciamos una etapa que puede ser decisiva. También para las generaciones futuras. No hay que perder el tiempo, pero tampoco sucumbir a la prisa. La gestión del tiempo requiere inteligencia emocional y unidad estratégica. Minimizar los errores resultará probablemente más decisivo que querer maximizar inmediatamente los aciertos. La historia del futuro se mirará atentamente estos años. Lo que vea dirá sobre la calidad de la generación política actual.
ARA









