De vez en cuando te fijas. Son noticias como, por ejemplo, que ‘Sesenta y ocho asesores del gobierno de Rajoy no tienen el graduado escolar’. O, por ejemplo, que ‘El presidente del consorcio que construye el corredor Segarra-Garrigues es el consejero que adjudicó la obra en 2002’. O, por ejemplo, que ‘Narcís Serra organizó cursos de formación para que los miembros del consejo de administración de CatalunyaCaixa tuvieran nociones de economía’. De entrada son informaciones antiguas que no parecen tener nada en común. Pero hablemos de ello.
La elección la he hecho medio al azar entre una avalancha de información googlera sobre puertas giratorias, recursos político-humanos y curiosidades laborales de la era de la burbuja. No habría terminado nunca, pero quería citar unos cuantos casos de gente a la que habían dado trabajos que dices ¡caramba!, y que justamente fueron noticia porque insinuaba, se dejaba entender, se sugería que, como candidatos a las respectivas ocupaciones, quizás -¿quizás eh?- podría haber profesionales objetivamente más idóneos. Que el proceso de selección no habría sido agua clara, vamos. Si había habido algún proceso de selección, que seguro que sí. No nos pongamos ahora a sospechar de todo.
El párrafo anterior lo he de dejar como una suposición, vuelvo al mismo porque si servidora fuera periodista con licencia para investigar, probablemente llegaría a los currículos que he puesto bajo sospecha y comprobaría que, en efecto, eran los más adecuados de la pila acumulada en la mesa de los empleadores. Pero como no soy periodista, me valdré de mi título en la universidad de la vida y redactaré sobre el asunto una simple opinión. Aunque, de hecho, ¿por qué debería querer ser periodista y hacer un artículo contrastado sí, sin la titulación mínima, podría ser asesora de un gobierno español? ¿Y aún más: asesora de un gobierno presidido por un preparadísimo registrador de la propiedad? No tengo más preguntas, señoría. Es legal, pero es feo. Porque no es justo.
Ahora que ya me he confesado ignorante del tema, no me importa decir que el fenómeno de las puertas giratorias me tiene fascinada, más incluso que el de los consejeros de administración de bancos que no sabían de bancos. Me fascina la historia de los culos que un día tocaron poltrona, a derecha e izquierda, y que ahora descansan en las cómodas butacas de las compañías de servicios. Y eso de descansar es un decir, porque no me imagino que los formidables beneficios de estas empresas se puedan alcanzar sin el trabajo ingente de unos asesores de primera. Unos negocios de los que dependen millones de grifos, interruptores y fogones, por ejemplo, no se la jugarían contratando mierdas: van a buscar los mejores profesionales. Tan mejores que se hace extraño que no los captaran antes de que las presidencias, los ministerios y las consejerías les hicieran subir el caché, porque se habrían ahorrado un pico en mensualidades. En fin, es el relajamiento de quien tiene clientes que no pueden escapar. De nuevo, legal, feo e injusto.
Y ahora en serio: ¿cómo permitimos todo esto? Y si no lo queremos permitir, ¿cómo lo hacemos? Los secesionistas tenemos claro que hay vicios que sólo se pueden erradicar de raíz, valga la redundancia. Debemos aspirar a un Estado tan bien hecho que la vergüenza sea el freno de las prácticas vergonzosas, que la ética sea el freno de las prácticas poco éticas, que la dignidad sea el freno de las prácticas poco dignas. En un Estado bien hecho, noticias como las que he citado medio al azar, por tener miles para elegir, habrían hecho saltar gobiernos e instituciones enteras antes de que se secara la tinta del titular. Ahora: asumiendo que de momento no es posible, si se desea reír legalmente de los profesionales hiperformados, bien preparados, mal ocupados, desocupados y/o emigrados, como mínimo de ejemplo a las criaturas que estudian y disimule por vergüenza, por ética o por dignidad.
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