Recientemente el Gobierno Vasco ha puesto en marcha la campaña de promoción ‘Eta txipa aldatuko bagenu?’. El contenido puramente técnico es muy interesante. Una serie de consejos de uso del euskera, mostrados a partir de ejemplos impecablemente escenificados por actores acostumbrados a su trabajo, y por buenos equipos audiovisuales. Se nota la profesionalidad, lo que se agradece.
Pero no es de excelencia cinematográfica de lo que quisiera hablar, aunque tenga importancia.
En primer lugar, hay que decir que esta campaña es una copia mejorada de los vídeos de Loramendielkartea, que ya hace más de dos años que circulan por YouTube y que han sido muy útiles, por ejemplo, en la enseñanza de los talleres de asertividad lingüística (TELP) que se hacen en todo Euskal Herria desde hace tiempo. Se escenifican situaciones de la vida cotidiana en los que hacemos un uso extraño de la lengua, practicamos sin necesidad la sumisión lingüística al español y predicamos sin el ejemplo cuando se trata de aleccionar a los hijos.
Pero, a pesar del amateurismo de los vídeos de Loramendielkartea, tienen un mensaje mucho más directo por una sencilla razón: lo que escenifican es real y creíble. Lo vivimos cada día en nuestra condición de hablantes y, resituado desde fuera, es ridículo. Por tanto, nos ayuda a reflexionar sobre qué hacemos con la lengua.
El mismo mensaje enviado desde el organismo que rige o debería regir las leyes de protección de la lengua vasca y de sus hablantes (el único, por cierto, en Minnesota o en Sydney no se encargan de eso), cuando descuida sistemáticamente las sus funciones, se convierte en una broma de mal gusto. El mensaje de ‘Eta txipa aldatuko bagenu’ es muy bueno. Pero el mensajero, por ahora, es ilegítimo. Hace ya varias décadas de la desafortunada campaña de la Generalitat de Cataluña: ‘Que aquí se hable catalán… depende de usted’, hecha a mediados de 1980. Si la idea del mensaje, y de la campaña, era alentar el hablante minorado a hacer el cambio, a fin de influir sobre la realidad lingüística en su ámbito territorial, la idea que captaba el receptor era también la contraria: ‘Si no se habla catalán, es por culpa tuya’. El factor común entre esta campaña y la que ha iniciado ahora Eusko Jaurlaritza tiene un componente perverso: es un mensaje descontextualizado de la situación política e histórica de la lengua. Desgraciadamente, pasando por alto estos aspectos fundamentales, la responsabilidad de la situación sociolingüística del euskera y del catalán recae sobre el hablante, en exclusiva. El problema es que cuando una persona o un colectivo asume o se cree responsable de una situación injusta y, tratando de cambiarla (con chip o sin), no lo consigue, cae en el desamparo. Y este estado psicológico, dilatado en el tiempo, implica baja motivación, errores de memoria, falta de autoestima y poca eficacia en la resolución de conflictos: en definitiva, depresión.
El día en que Eusko Jaurlaritza defienda el hablante (y necesita la defensa, porque el ataque es constante) en su totalidad, como ciudadano que quiere ejercer el derecho de vivir en su lengua, entonces las campañas para ayudarnos a resolver las nuestras incoherencias, tics, malos hábitos lingüísticos, etc., serán bienvenidas y recibidas con aplausos. Nos hacen falta, en serio.
Pero mientras un ciudadano llame en más de tres ocasiones consecutivas a un teléfono de urgencia y no reciba un servicio necesario porque la lengua en la que se comunica es la propia, y no el español, entonces hacer campañas dirigidas a fomentar el uso social de la lengua no será nada más que empezar la casa por el tejado.
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