El junior, la mediocridad y nuestra misión

Esta semana hemos vivido uno de los peores momentos de la historia del Parlamento de Cataluña. La comparecencia de Jordi Pujol Ferrusola fue un espectáculo lamentable. Para él y para la mayoría de los diputados que intervinieron. La arrogancia y la chulería del hijo mayor del ex-presidente Pujol y Marta Ferrusola fueron impresentables. Nunca es buen momento para escuchar a los que se jactan de la riqueza y hacen alarde descarado de poder, pero ahora aún más asco que nunca. A mí no me verán riéndole las gracias al ‘junior’, a sus automóviles y a la pila de millones que dice que ha ganado. No sé qué hay de cierto en todas las acusaciones que se hacen contra él. Pero no creo que la actitud de alguien que está bajo sospecha tenga que ser ésta.
Con todo, si JPF pudo comportarse así fue porque no hubo ningún diputado de la comisión que le supiera acorralar ni ponerle entre la espada y la pared. En aquella lamentable sesión se puso de manifiesto la mediocridad de una buena parte de los políticos de este país y, lo peor, la mediocridad del sistema democrático que hemos ido conformando todos juntos. Y, si quieren que les diga la verdad, me preocupa más lo segundo que la chulería de un hombre de negocios que ha hecho fortuna al amparo del poder familiar. Me preocupa mucho más el nivel de nuestros parlamentarios, que es el resultado de un sistema democrático deficitario y diseñado con mentalidad paternalista y protectora.
De hecho, una de las conclusiones de la sesión del lunes fue que había que reformar el reglamento de la cámara para importar el modelo norteamericano o británico. Si queremos hacer investigación parlamentaria, es lógico que los modelos sean estos. Pero también debemos ser conscientes de que el problema no es sólo del reglamento. Lo que nos diferencia de estos modelos es una concepción de la sociedad y de la política basada en el compromiso con la libertad, que se convierte en el fundamento de la relación entre sociedad civil y administración pública. Las comisiones de investigación del senado estadounidense no funcionan porque tengan un buen reglamento, sino por la manera de entender el trabajo de los electos y la rendición de cuentas a los electores.
La mediocridad que se puso de manifiesto el lunes en el parlamento es el resultado de un modelo de sociedad diseñado en los despachos de la ‘Internacional Papanatas’. Con parlamentos rebosantes de funcionarios y una concepción del Estado protector y paternalista que trabaja para hacer que el ciudadano se sienta protegido y duerma tranquilo en lugar de saberse libre y espabilado. Una sociedad que ha arrinconado y ha marcado el liberalismo y la libertad individual tildándolos de ‘neocons’ de derecha y esforzándose por asimilarlos al fascismo.
Volvamos donde estábamos. Hemos construido o tolerado un modelo de sociedad en que el Estado debe resolverlo todo. Donde lo privado es el diablo y lo público es sagrado y bueno por naturaleza. Y como la preocupación es arrasar todo lo que huela a privado en favor del control público, hemos abandonado la creación de los sistemas de contrapoder y control que en las sociedades equilibradas prestan la verdadera protección a los ciudadanos para evitar los abusos del poder y de los que operan en la sombra. Las entidades civiles y los medios de comunicación viven al abrigo del poder político y financiero. La independencia tiene un precio que muy pocos están dispuestos a pagar.
No se trata sólo de reformar el reglamento, sino que hay que devolver a la sociedad civil su sentido real. Hay que observar los países que son ejemplo de buenas prácticas de transparencia y control de la corrupción y sacar conclusiones. ¿Ya sabemos que Finlandia, Dinamarca, Suecia y Nueva Zelanda -los campeones del índice de la percepción de la corrupción- son países con un alto porcentaje de mujeres en los puestos de poder? ¿Sabemos que son estados con poca desigualdad económica entre los ciudadanos? ¿Sabemos que la administración tiene pocos niveles burocráticos y estructuras públicas ágiles? ¿Que tienen buenas leyes de transparencia y de acceso a la documentación oficial? ¿O que tienen una alfabetización completa y buenos presupuestos educativos?
Mientras tengamos la cultura del ciudadano pasivo que espera que todo lo resuelva el Estado protector, con responsabilidad civil cero, habrá chulos que se pasearán por el parlamento mofándose de los representantes de la soberanía popular. Mientras los responsables de vigilar la jaula vivan dentro de la jaula, no lo lograremos. No podemos seguir siendo un país donde los cobardes vigilen los valientes (como dice Anna Punsoda). Así no hay salida. ¿No es verdad que podemos darle la vuelta? Puede que nuestra generación tenga una misión y que va mucho más allá de la independencia.

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