Dice que Adolf Hitler invocó el Genocidio Armenio, ejecutado sólo un cuarto de siglo antes, para proclamar que la “solución final”, en la obsesión antisemita alemana, sería igualmente olvidada. La Historia no ha reconocido a Hitler como futurólogo pero le ha dado la razón en la descripción de la injusticia que el mundo ha cometido contra uno de los más importantes pueblos de la antigüedad, hoy reducido a su refugio postsoviético, que no llega a los treinta mil kilómetros cuadrados y con menos de tres millones de habitantes. No sé si la actual República de Armenia, que pudo acoger a una parte de los supervivientes de las matanzas de 1915, será capaz de organizar una conmemoración suficientemente digna del centenario, dadas las dificultades políticas y económicas que caracterizan ese país, pero entiendo que la historia de aquel genocidio ya es patrimonio de todos los pueblos en lucha, entre ellos, el catalán. Tenemos la obligación moral de participar y hasta de impulsar acciones que reivindiquen el reconocimiento internacional de aquella atrocidad, el pago de indemnizaciones por parte de los culpables y la restitución de su territorio nacional.
La antigua Constantinopla grecocristiana se había caracterizado por sus masacres internas. De entre tantas, tuvo mucho renombre la matanza de 60.000 Venecianos, Genoveses, Pisanos y Amalfitanos en 1182. Llegados los Turcos, la rebautizada Estambul no sería una excepción y en 1896 hubo una matanza terrible de Armenios, a continuación de la de dos años antes a manos de los Kurdos, sumando 300.000 asesinados. A pesar de que el imperio Otomano era una entidad política pluriétnica y plurirreligiosa donde los Armenios estaban reconocidos y respetados por la Constitución, llamados “Millet-i Sadika” (“nación leal”), el régimen autocrático de Abdul Hamid II, en connivencia con los democratizadores “Jóvenes Turcos”, llevó a cabo el genocidio en 1915 con la excusa de estar luchando contra la sublevación separatista de una milicia armenia apoyada por Rusia.
El moderno independentismo catalán de los años ochenta expresó a menudo su solidaridad con la lucha armenia de la diáspora, y Cataluña ha reivindicado el reconocimiento internacional del Genocidio Armenio, que la mayoría del mundo (empezando por Israel y España) les ha negado. El Parlamento de Cataluña, en su Resolución 626/VIII, de 26 de febrero de 2010, reconocía que “los hechos sufridos por la población armenia entre los años 1915 y 1921 tienen la consideración de un verdadero genocidio, de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas para la prevención y el castigo del crimen de genocidio”.
Personalmente, he conocido muchos armenios de la diáspora, y también de la Armenia actual. Curiosamente, he percibido menos autoestima en los últimos. Hace pocas semanas, uno de ellos, originario de Ereván e inmigrado en Barcelona, me decía: “fuimos la cuna de la humanidad y nos hemos convertido en un pueblo escarmentado y parapetado entre enemigos”, y añadía: “el triunfo sobre los ‘turcoides’ (se refería a Azerbaiyán) en la guerra del Alto Karabak no nos ha librado del miedo, la ineficacia y la corrupción política”.
LLIBERTAT.CAT
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