La peor sordera

Digno y merecedor de reconocimiento fue el papel de Oriol Junqueras en la entrevista-interrogatorio al que le sometieron el pasado sábado, durante casi una hora, en el programa ‘Un tiempo nuevo’ de una televisión española. El presidente de ERC demostró su capacidad, que es mucha, para la templanza ante unos inquisidores con más ganas de demonizar el entrevistado, y con él todo el proceso de independencia, que de saber nada. Oriol Junqueras respondió con claridad, sin fugas de estudio ni agresividad, con una santa voluntad conciliadora, a unas preguntas que en sí mismas ya llevaban una tesis implícita que había que desmentir más que responder.

Sin embargo, la experiencia de esta entrevista, pero también de la de Ana Pastor a Mas la víspera del 9-N o la lectura de artículos de opinión de destacados actores de la vida política española, demuestra la profundidad de la ruptura mental entre Cataluña y España. Una ruptura que no es consecuencia del proceso soberanista de los últimos años, sino que su causa es más relevante que el mismo cúmulo contrastado de recortes al autogobierno, malos tratos fiscales o agresiones a la lengua y la cultura catalanas. Ahora parece que lo que disgusta a España es la hipótesis de la independencia. Pero hay suficiente constancia reiterada que la animadversión es muy anterior a este proceso, como ya habían relatado minuciosamente obras como las de Josep Maria Ainaud de Lasarte, ‘El libro negro de Cataluña’ (1995), o las de Francesc Ferrer Gironès, ‘La persecución política de la lengua catalana’ (1985) o ‘Catalanofobia. Historia del pensamiento anticatalán’ (2000), por no decir el volumen de 850 páginas recién publicado con el título ‘Miramos muy lejos en el desierto’ y que contiene las ponencias del simposio dirigido por Jaume Sobrequés, ‘España contra Cataluña: una mirada histórica (1714- 2014)’.

Desde mi punto de vista, es muy relevante que el soberanismo no pierda de vista esta lógica causal de la ruptura política entre Cataluña y España ante los meses que quedan para la fecha decisiva del 27-S. Más allá de las promesas de prosperidad y justicia, y de la aspiración a una profunda regeneración democrática, es necesario que se tenga clara la extrema dificultad, por no decir la total imposibilidad de revertir lo que ha sido la secular lógica de dominación a que se ha sometido a la nación catalana. Porque este es el quid de la cuestión.

Comparto la idea de que, en los escasos siete meses que quedan, el soberanismo debe dar las explicaciones que quedaron ahogadas en la previa lucha por el derecho a decidir. Hay que explicar que la independencia es una oportunidad -no una garantía- de mejor gobierno y bienestar para todos, y es imprescindible dar cuenta minucioso y creíble de cómo se hará este proceso sin dañarse y con qué garantías se minimizarán los riesgos. Ahora bien, y vuelvo a la entrevista con Oriol Junqueras, si algo volvió a quedar claro es que no se trata de un debate que se pueda desarrollar sobre bases argumentales racionales y bien documentadas. No hay peor sordo que el que no quiere oír, especialmente cuando lo que se pone en juego es la ruptura de una estructura de dominación construida sobre la desigualdad de dignidades políticas.

Tolstoi escribió que las cuestiones más difíciles pueden ser explicadas a la persona más justita si aún no tiene ninguna idea preconcebida, pero que lo más simple no se hará comprensible a la persona más inteligente si está firmemente convencida de que ya sabe, sin sombra de duda, qué se esconde tras ella. Dicho de otro modo: si nos vamos no será tanto por los desacuerdos y los abusos, sino sobre todo para liberarnos del prejuicio y la sumisión.

ARA