El viajero, si no es turista de itinerario organizado, puede llegar en autobús regular desde Cracovia, y asumir y aceptar humildemente la conmoción del espíritu y de las entrañas. Porque el visitante que una mañana fría y húmeda atraviesa la puerta del campo de Auschwitz (aquella donde está escrito cínicamente ‘Arbeit macht Frei’, (“El trabajo hace libres”) tiene el corazón oprimido y no sabe qué sensaciones le esperan. Los caminos son anchos y derechos, como avenidas perfectamente trazadas, los barracones conservados son edificios siniestros de ladrillo ennegrecido, y aquello no es un museo, no es una ruina, no es simplemente un memorial o un monumento, no es fácil definir el lugar. Hay grupos de escolares curiosos, hay gente mayor que camina y que mira, y son alemanes y otros llevan los colores de Israel, blanco y azul. Pero el visitante no forma parte de ningún grupo ni de ninguna peregrinación, no comparte el pueblo de los verdugos ni el de las víctimas, él es sólo una persona humana, y entra en aquellos edificios de muerte sintiendo una angustia muy vaga, aunque sin conexión con los miles y miles que vivieron tan fugaz y tan horriblemente. Hay salas de exposición con diagramas, documentos, fotografías, latas de gas asesino, los materiales propios de la memoria y de la historia. Pero son salas frías, e incluso los retratos de los deportados con el traje de rayas, las escenas de gente bajando de los trenes o los montones de cadáveres, son imágenes ya conocidas por quien ha visto tantos libros y tantos documentales. El visitante, por tanto, aún no conecta con la inhumanidad del lugar. Hasta que llega a una sala más grande, sin nada más que una vitrina que lo ocupa todo de extremo a extremo, y dentro de la vitrina sólo hay cabellos humanos, cabelleras femeninas que debieron ser rubias, negras, morenas, y ahora son uniformemente grises o de ningún color. Cabellos de muertos que fueron materia prima humana, que las SS vendían a peso para no sé qué industria textil, y mirando el pelo el visitante siente un inicio de mareo y debe apoyarse un instante contra el vidrio, sin dejar de mirar. Luego, en otra sala, una vitrina similar está llena de cepillos de todo tipo, cepillos de dientes o de ropa o de cocina, y otra llena de maletas, otra de zapatos, y otra llena de zapatitos infantiles. Zapatos de criaturas de tres años, de cinco años, miles de zapatitos, y la resistencia del visitante se derrumba y se deshace. El visitante es escritor, pero no encuentra ninguna palabra.
No la ha encontrado aquí, y no la encontrará caminando de Auschwitz a Birkenau, bajo una llovizna intermitente, ni cuando suba a un puente y vea delante la extensión infinita del gran campo de la muerte, el portal con ese arco de acceso por donde entraban los trenes directamente hasta casi cerca de las cámaras de gas. El visitante contempla el espacio desolado y las vías, cierra los ojos un instante y quisiera oír los pasos de las víctimas, no los ladridos de los perros ni los gritos brutales de los guardias, y luego pasa todavía unas horas caminando entre hileras de barracones de madera, unos derrumbados y medio quemados, otros conservados tal como fueron cuando se llenaban y se vaciaban constantemente. Dentro de las barracas hay un extraño olor a madera húmeda y no sé si a algún desinfectante, en las paredes quedan frases en alemán prohibiendo beber agua, prohibiendo hacer ruido, pidiendo calma y silencio, como si fueran consejos de aula escolar. Y están las filas de los lechos o literas de madera en tres pisos o cuatro, que el visitante ahora yo no es capaz de imaginar llenos y apretados de cuerpos esqueléticos. Porque en la historia humana nunca ha habido nada como esto, nada como esta enorme fábrica de muerte, nada como esta industria de exterminio. Ha habido el monstruoso gulag soviético, han existido las matanzas masivas de Stalin y de Mao, de Camboya, de Ruanda, de los cruzados medievales, los mongoles y los tártaros, de guerras infinitas o de tantas dictaduras criminales. Ha habido brutalidades, abusos, crímenes, y las hay todavía, en África más que en ningún otro lugar, y en Siria, en Irak, donde ustedes quieran. Pero equiparar con Auschwitz -como hacía Saramago y como hacen algunos otros- ciertas brutalidades, crímenes o abusos del presente me provoca una repugnancia absoluta. Vitrinas llenas de pelo o de zapatos, las cámaras de gas, el humo de los crematorios, los barracones, los millones de inocentes. El exterminio, la industria de la muerte. Y ahora, pasados sólo setenta años (la conmemoración ha sido hace pocos días), el retorno del olvido, de la ignorancia, o quien sabe si el mismo odio que renace, disimuladamente.
EL TEMPS







