De vez en cuando, cuando encuentra que España se olvida de él, Albert Boadella se afana en publicitar su autoodio para tratar de recuperar esos golpecitos en la espalda que España da a los catalanes sumisos. En el fondo, sabe que España sólo lo utiliza y que nunca le amará ni considerará como uno de los suyos porque Roma no paga traidores, pero ya ha ido demasiado lejos para dar marcha atrás -incluso se ha ido a vivir a Madrid- y alza la voz tanto como puede para no ser olvidado. El problema es que, para conseguirlo, no le queda más remedio que decir cosas cada vez más fuertes, más bestias, más delirantes. Son cosas que muestran el placer morboso que Boadella experimenta con el sometimiento de su pueblo y que ya hace tiempo que lo han convertido en un personaje esperpéntico en Cataluña. Ahora, incluso, ejerce de psiquiatra del Régimen.
Dice Boadella que “Cataluña es una colectividad enferma víctima de una epidemia” y que “asistimos al contagio diario de una patología muy extensa que tiene como uno de sus símbolos esenciales la tendencia a la paranoia, ya que hay un enemigo inexistente; este enemigo inventado es España”. Él incluso está convencido de que la epidemia es una pandemia, es decir, que afecta a toda la sociedad catalana, y se lamenta de que “desde la muerte de Franco, Cataluña no haya experimentado la fuerza de un Estado” -quiere decir que el Estado español no nos haya azotado con fuerza suficiente para hacernos saber quién manda aquí-. También cree que “si Cataluña sintiera mañana la fuerza del Estado, y no significa que aparezca un tanque en el límite de la provincia de Lleida, porque en este caso habría un orgasmo de victimismo, sino simplemente que sintiera el peso de la aplicación de la ley, es probable que la gente acotase la cabeza y comenzara a pensar con cierto sentido común”. Y como el autoodio no es lo suficientemente exitoso si no repite el discurso del amo, Boadella afirma que “la lengua catalana no se prohibió nunca” y que “no hay ningún edicto que la prohibiera, ni ahora ni en la historia”.
Boadella sabe bien que miente de la manera más repugnante, porque, por suerte, además de miles de testigos vivos, hay una voluminosa documentación que acredita la feroz persecución de la lengua catalana a lo largo de la historia. Una persecución que comienza en el siglo XVII, por parte de Francia, en la Cataluña del Norte, y que continúa en el siglo XVIII, por parte de Castilla, con los decretos de Nueva Planta el 30 de agosto de 1707, en Valencia, el 28 de noviembre de 1715, en las Islas, y el 16 de enero de 1716, en el Principado de Cataluña. En este sentido, recomiendo la lectura de los libros “La persecución política de la lengua catalana. Historia de las medidas tomadas contra su uso desde la Nueva Planta hasta hoy” y “Catalanofobia. Historia del pensamiento anticatalán”, ambos de Francisco Ferrer Gironès. Cabe decir, sin embargo, que a Boadella tanto le importa todo esto, porque, como es bien sabido, el negacionismo no sirve a la verdad, sino que trata de desacreditarla a fin de alcanzar su objetivo. Es como aquel que, obligado a callar por falta de argumentos, intenta disimularlo hablando y hablando sin decir nada.
En cualquier caso, todo régimen absolutista que se precie de ser algo, quiere tener su psiquiatra, y el régimen del Gobierno no quiere ser menos que el régimen franquista, que es el régimen al que pertenecía el fundador del Partido Popular. El psiquiatra Antonio Vallejo-Nágera -o Nájera- (*), concretamente, hizo una labor exhaustiva para dotar al franquismo de un corpus teórico y de una coartada ‘científica’ que justificaran la inferiorización y la criminalización de los demócratas, de los comunistas y de los independentistas. Si toda esta gente eran tarados mentales, seres inferiores, detritus humanos…, el régimen se sentía legitimado para flagelarlos y depurarlos, no sea que contaminaran el conjunto de la sociedad.
Boadella, como Vallejo-Nágera, propugna el militarismo social, es decir, un orden disciplinario de reeducación espiritual que higienice la ‘raza española’ y que la libere de parásitos como los mencionados. Es su llamada, en definitiva, al rearme nacional español en la línea de su maestro. Vallejo-Nágera lo expresaba así:
– “Necesitamos emprender una valiente lucha higiénica contra los gérmenes morbosos que carcomen la raza hispana y que la quieren conducir a la más abyecta de las degeneraciones. No se trata de volver a los valores humanos de los siglos XV o XVI pura y simplemente. Se trata de reincorporarlos al pensamiento, a los hábitos y a la conducta del pueblo para sanear moralmente el medio ambiente”.
– “Se aísla a la gente afectada de enfermedades infecciosas y no a los que contaminan el cuerpo social con ideas disolventes que conducen a la corrupción, a la criminalidad y a la locura. Así es imposible una raza sana de cuerpo y espíritu, empapada del espíritu de la hispanidad”.
Albert Boadella, como Vallejo-Nágera, quisiera que España empleara toda su fuerza policial y militar contra Cataluña, a fin de que la derrota que sufriéramos y el correctivo que se nos aplicara fueran tan fuertes que dejaran en todos nosotros una huella de miedo y de sometimiento que perdurara, como mínimo, un par de generaciones. El problema, como él mismo reconoce, es que la imagen de los tanques y de los uniformes españoles paseando por las calles catalanas daría la vuelta al mundo y supondría un tiro en el pie de España. Por ello pide medidas igualmente totalitarias, pero más sibilinas y más cínicas. Todo está a punto, pues, para que Boadella, bajo la guía espiritual de su maestro, se doctore como psiquiatra del régimen nacionalespañol con una nueva “eugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza”.
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