
Subversivo e insumiso… Tales son los adjetivos que nos llegan a la mente cuando hablamos de Charlie Hebdo. “Charlie”, nombre por el cual se conoce popularmente al periódico, se enraíza en una larga tradición satírica francesa, y se impuso, a lo largo de los años, como un emblema de la libertad de expresión en el país.
Un periódico satírico, políticamente comprometido
Charlie Hebdo nació de las cenizas de la revista Hara-Kiri, lanzada a inicios de los años 1960 en torno a las figuras de caricaturistas y autores a la vez audaces y talentosos como Cavanna y Cabu, en una época caracterizada por el conservadurismo social, así como por la predominancia de la figura paternalista del general De Gaulle. Hara-Kiri, “journal bête et méchant” (“periódico tonto y malo”), se distinguió por su tono irreverente hacia “los poderosos”, su humor feroz y sus constantes referencias al sexo en tiempos en que los tabúes no faltaban. De hecho, Hara-Kiri sería prohibido en 1970, tras la muerte de De Gaulle: el título entonces elegido para la tapa había sido “Bal tragique à Colombey: 1 mort” (Baile trágico en Colombey –el pueblo de origen del entonces presidente–: 1 muerto). Así nació Charlie, cuyo nombre era una evidente referencia a De Gaulle: de un desafío al poder político y a la memoria del general, que la mayoría recordaba como el libertador de la Segunda guerra mundial, pero que los humoristas pintaban como una figura autoritaria, ridícula y anacrónica. En muchos sentidos, Hara-Kiri, y luego Charlie, acompañaron desde el campo periodístico las aspiraciones juveniles a más libertades (políticas, económicas, pero también sexuales). Sin embargo, a inicios de los años 80, época en que las utopías heredadas de Mayo 68 parecían encauzadas por las aspiraciones presidenciales de François Mitterrand, Charlie, golpeado por fuertes dificultades financieras por falta de lectores, debía cerrar en 1981.
En 1992, la “vieja guardia” lograría relanzar el título, con la ayuda de un personaje que se convertiría en el pilar de este Charlie resucitado: Philippe Val. Bajo la batuta de Val, el “nuevo” Charlie asumió un perfil distinto del de su predecesor, más político y más periodístico, como lo ilustraría la publicación regular de reportajes. En una época “post-Berlín” dominada por el neoliberalismo, Charlie representaba uno de los pocos espacios mediáticos donde se expresaba una voz alternativa, conjuntamente con el periódico Le Monde diplomatique o el programa de radio Là-bas si j’y suis. En aquella época, Charlie era de todas las luchas: contra el Frente Nacional, contra los transgénicos, por los derechos de las y los homosexuales… Incluso llegaría a participar a la fundación de la asociación antiliberal Attac en 1998, mientras sus periodistas y caricaturistas eran regularmente invitados a eventos de izquierda, entre los cuales las contra-cumbres y los foros sociales que iban estructurando el incipiente movimiento altermundialista. En ese entonces, Charlie no era solamente un referente político e intelectual, impregnado de irreverencia, humor y cinismo. Era un compañero de lucha.
Una paulatina derechización
Sin embargo, con el afán de estabilizar económicamente un periódico que, en muchos aspectos, tenía más que ver con una empresa artesanal en los años 70, Val asumió una “normalización” de Charlie que se tradujo, a nivel editorial, en un giro hacia la derecha –un proceso que tuvo mucho que ver con las ansias de reconocimiento del mismo Val en el seno del campo mediático francés. Asimismo, a partir de fines de los años 90, Val dio la espalda a gran parte de las posiciones generalmente asociadas a Charlie, como el pacifismo o el anticapitalismo. Tanto el apoyo a la intervención de la NATO en el Kosovo en 1999, como su efusivo entusiasmo por una constitución europea neoliberal y militarista en 2005, juzgada por él como “democrática”, revelaban una deriva política por parte de quien se asumía como anarquista al inicio de su carrera. Esta evidente derechización de la línea editorial fue contenida por cierto pluralismo en las columnas del periódico: con frecuencia, fue Charb (Stéphane Charbonnier) quien asumió el papel de oposición interna a Val en numerosos temas. No obstante, esa democracia interna también tenía sus límites, límites que delineaba el propio Val al usar el despido en un periódico que poco conocía semejante práctica hasta fines de los años 90.
Si cierto oportunismo comercial originó ese proceso, parte de ello también resultó del contexto político de aquella época: la presión ejercida sobre las fuerzas progresistas para “elegir su campo” después del 11 de septiembre 2001 llevaría Val a ver al mundo en clave culturalista, un mundo dividido entre un Occidente “civilizado y democrático” y un Oriente “arcaico y autoritario”. Al adherir al “somos todos estadounidenses” promovido en ese entonces, Val vio como prioridad del momento el combate contra las “fuerzas oscurantistas”. El director del periódico ya se había distinguido en el pasado por tomas de posición muy fuertes contra la resistencia palestina que, en alguna oportunidad, en 2000, llegó a calificar de “no civilizada”. A partir la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, la crítica de Val hacia el islamismo radical y fanático iría paulatinamente extendiéndose al Islam en general. Blanco de esa crítica, el intelectual musulmán suizo Tariq Ramadan, popular en ciertos círculos altermundialistas por sus posiciones favorables al ecumenismo y a la justicia social, llegaría a ser tildado por Val de “propagandista antisemita”. A su vez, el movimiento de solidaridad con Palestina sería más de una vez sospechado de antisemitismo, ya que, según Val, Israel representaba un “oasis democrático en un océano de autoritarismo”. En 2004, tras la exclusión de dos muchachas musulmanas que usaban el velo islámico en un recinto escolar de la región de París, Val celebraría con entusiasmo una ley prohibiendo el uso de símbolos religiosos en las escuelas públicas –mayoritariamente implementada- que, en los hechos, se dirigía contra las chicas musulmanas y las llevaba a ser excluidas.
Un nuevo enemigo: el Islam político
Esas tomas de posición radicales encontraban un sostén en la producción cada vez más numerosas de análisis de fondo tendencialmente, si no sistemáticamente, desfavorables al Islam, descrita a menudo como una religión intrínsecamente anacrónica y retrógrada. Ya en 2002, Charlie publicaba una nota en defensa de la intelectual italiana, Oriana Fallaci, cuyo libro, La rabia y el orgullo, abiertamente hostil a un mundo islámico descrito como una amenaza para el Occidente, era destacado como una “prueba de valentía intelectual”. En 2003, Val integraría al equipo de redactores dos nuevas periodistas, Caroline Fourest y Fiammetta Venner. Esos “fichajes” tenían una significación muy particular, ya que, en ese entonces, ambas acababan de publicar una obra titulada Tirs croisés, en la que desarrollaban la tesis según la cual, de todos los distintos integrismos religiosos, el integrismo musulmán se señalaba como el más peligroso, no tanto por los preceptos coránicos como tales, sino por las características socio-políticas autoritarias de la mayoría de los países musulmanes. Si la tesis buscaba alejarse de enfoques de tipo culturalista, no obstante, la insistencia en homogeneizar conjuntos regionales en clave religiosa no dejaba de conducir a una esencialización de un Islam fatalmente antagónico con el desarrollo de formas democráticas de poder político. De hecho, esta “sospecha antidemocrática” hacia el Islam se confirmaría posteriormente, siendo sistemáticos los ataques de Fourest y Venner tanto a Tariq Ramadan como a cualquier expresión política musulmana en general, dentro como fuera de Francia.
Si bien este posicionamiento no era asumido como tal por el conjunto de la redacción, la línea editorial definida por el trio Val, Fourest y Venner generaba una dinámica en que el Islam era un objeto de burla cada vez más frecuente a través de las caricaturas publicadas en Charlie. Por cierto, los dibujantes nunca dejaron de criticar cualquier culto desde una posición libertaria, percibiendo a los fenómenos religiosos como formas de opresión a las cuales era necesario oponer la conciencia individual. En este sentido, no cabe duda de que la mayoría, si no todo el equipo de Charlie abogaba de alguna forma por el ateísmo. Sin embargo, el Islam en Francia no es “cualquier” religión. Cuando Charlie atacaba el catolicismo, eso significaba enfrentarse con un poder dominante, la Iglesia católica, con un fuerte poder de incidencia sobre temas sociales tales como el aborto y la contracepción, o los derechos de la comunidad LGBT. Al contrario, el Islam en Francia es una religión practicada mayoritariamente por una población de inmigrantes o hijos de inmigrantes, provenientes de antiguas colonias francesas, fuertemente discriminada en el acceso al empleo, a la vivienda e incluso a lugares de ocio como los bares. También es necesario destacar que el rumbo tomado por Charlie hacia el Islam se volvía incidentalmente funcional a la reformulación del discurso racista en Francia y en Europa, pues desde hace varios años, para las derechas extremas, la amenaza a la homogeneidad del cuerpo nacional ya no se identifica en términos biológicos (“el árabe”, “el negro”), sino en términos religiosos y culturales (el “musulmán”). En este contexto, las frecuentes provocaciones de Charlie hacia el Islam, ignorando la realidad de lo que significa ser musulmán en Francia en la vida cotidiana, llevaron a que el periódico sea intuitivamente percibido, entre los jóvenes árabes, negros y/o musulmanes de los barrios populares, como un periódico racista e islamofóbico.
Una ambigua y peligrosa “defensa de la libertad de expresión”
De hecho, la propia historia de Charlie demuestra cuán difícil es diferenciar lo que se reduce a una provocación de mal gusto mediante simples dibujos, y un posicionamiento político deliberadamente hostil al Islam. Cuando surgió el primer “escándalo” provocado por la publicación, en febrero de 2006, de caricaturas de Mahoma anteriormente difundidas en un periódico danés, en nombre de la “defensa de la libertad de expresión”, Val respondió a los intentos de prohibición por parte de organizaciones musulmanas por la divulgación, un mes después, de un manifiesto titulado “Juntos contra el nuevo totalitarismo” –siendo éste, por supuesto, el islamismo. Al trazar una equivalencia entre regímenes de corte totalitario como el Talibán afgano, y un mero intento administrativo de trabar una publicación por parte de organizaciones representativas de la comunidad musulmana francesa, Val y Fourest, firmantes del texto al lado del mediático filósofo francés Bernard-Henry Lévy (asociado a la derecha política), dejaban en claro que, para ellos, el Islam no podía ser otra cosa que un mal del cual sus adeptos tenían que ser liberados.
En 2009, Val veía finalmente satisfechas sus aspiraciones de obtener un cargo de alto nivel en un medio de comunicación más “respetable”, al ser invitado por el presidente neoliberal y conservador Nicolás Sarkozy a asumir la dirección de la más importante radio pública francesa, France Inter. Llegaba la hora para Charb de asumir, a su vez, el puesto de jefe de redacción de Charlie, con el proyecto de reenfocar el periódico en lo que hacía su especificidad originalmente: las caricaturas y las historietas. Simpatizante declarado del Frente de izquierda francés (cuya fuerza política principal es el Partido Comunista), Charb también tenía la voluntad de revitalizar la identidad libertaria y contestataria de Charlie, fuertemente debilitada durante la “era Val”. Sin embargo, la publicación en 2011 de un número especialmente dedicado al triunfo del partido islamista Ennahdha en Túnez, titulado Charia Hebdo, llevaría el periódico a ser el blanco de una tentativa de incendio provocado por un coctel Molotov. Esta agresión sería nuevamente el motivo, para el equipo de Charlie, para volver a afirmar su libertad de expresión a través de la publicación, en septiembre de 2012, de nuevas caricaturas de Mahoma, esta vez de la autoría de los dibujantes del periódico. El contexto en el que surgió este nuevo “caso de las caricaturas de Mahoma” –los ataques a la embajada estadounidense en Benghazi tras la divulgación de una película abiertamente islamofóbica en internet, La inocencia de los musulmanes– llevaría Charlie a una triste fama internacional, particularmente en el mundo árabe-musulmán. El resto de la historia, desgraciadamente, ya la conocemos…
Charlie, el reflejo de una izquierda francesa en crisis
En una historieta publicada por el matutino inglés The Guardian, tras la masacre ocurrida en los locales de Charlie Hebdo, en París, el 6 de enero de 2015, el periodista y dibujante estadounidense Joe Sacco advertía: “Cuando dibujamos una línea, también estamos a menudo rompiendo otra. Porque las líneas en un papel son un arma, y porque la sátira consiste en ir al grano. Pero ¿qué grano? ¿Cuál es exactamente el blanco? ¿Y por qué?”. Por supuesto, nada, absolutamente nada puede justificar la masacre cometida por dos terroristas. La libertad de expresión y de prensa debe ser defendida a todo costo. Sin embargo, no podemos dejar de tener una mirada crítica a la trayectoria de Charlie Hebdo e interrogarnos: ¿cómo es posible que un periódico subversivo e irreverente, opuesto a “los poderosos”, haya podido convertirse en un proyecto editorial identificado por algunos de los sectores sociales más vulnerables de la sociedad francesa como un “enemigo más”?
Paradójicamente, si bien queda claro que Charlie conoció un proceso de derechización política evidente, esto no significa que Charlie se haya convertido en un periódico de derechas comparable al Figaro. En realidad, Charlie es de alguna forma representativo de las sorprendentes evoluciones del campo político francés y, entre ellas, de una parte significativa de las izquierdas francesas. Izquierdas que, tras el 11 de septiembre de 2001, cedieron parcialmente a la fantasía del peligro inminente de un “fascismo verde”. Izquierdas que empezaron a ver las mujeres con velo y los hombres barbudos como una amenaza para el “vivre ensemble” (vivir juntos) en que se basaría supuestamente el modelo de sociedad francés. Izquierdas que quedaron desarmadas frente a la sensación de que los barrios populares, otrora bastiones electorales, constituían ahora mundos indescifrables para ellas. Izquierdas desesperadamente blancas de piel, chocadas por una parte de la juventud francesa que, frente al patente rechazo de una República igualitaria que los discrimina constantemente en los hechos, buscó identidades alternativas para construirse. Izquierdas que, al haber desertado el campo de la lucha social, terminó por adoptar marcos de análisis culturalistas para encontrar una manera de entender por qué estos “nuevos sectores populares” se entusiasman tan pocas veces con ellas. Eso es lo que permite entender cómo el actual Primer ministro socialista, Manuel Valls, ha podido declarar, en 2013, que “el reto para Francia y Europa [era] demostrar que el Islam y la democracia son compatibles”.
Desde el campo intelectual y mediático, Val, Fourest y Venner, al igual que el filósofo Michel Onfray, contribuyeron a hacer del rechazo al Islam algo aceptable dentro de esas izquierdas, mediante la divulgación de un análisis del culto musulmán basado en una esencialización del mismo, y un énfasis en sus expresiones más negativas y peligrosas. En ese sentido, también lograron desvirtuar lo que hace de la caricatura un arma de subversión: al ser dirigido contra los más débiles, el humor de Charlie Hebdo fue funcional a la marginalización simbólica de los sectores populares “post-coloniales” dentro de la sociedad francesa –ya no en una base biológica, que Charlie hubiera rechazado visceralmente, sino en una base cultural, que Charlie abrazó fervorosamente. En ese sentido, no fue sorprendente observar que, cada vez que las organizaciones islámicas francesas expresaban su desaprobación frente a las repetidas provocaciones de Charlie, el abanico de defensores del periódico iba ampliándose peligrosamente hacia inesperados aliados entre los partidos institucionales, incluso de derecha –¡lo que no dejaba de exasperar los propios miembros del periódico! “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”… Lamentablemente, hacía ya mucho tiempo que los perros guardianes de los “poderosos” habían dejado de ladrar frente a Charlie Hebdo. Para los nostálgicos, como yo, del Charlie mordaz e irreverente de los años 70 y 90, por suerte, quedan los recuerdos. Eso, nadie podrá robárnoslos. Ni siquiera Val. Y aún menos terroristas.
http://www.lavanguardiadigital.com.ar/opinion/el-ambiguo-legado-de-charlie-hebdo







