En el nombre de Dios

Por una conexión un poco absurda (pero no del todo incongruente), el asesinato atroz de los periodistas de Charlie Hebdo me ha hecho recordar la muerte de aquellos monjes de la Trapa, hace cerca de veinte años, a manos del Grupo Islámico Armado, la organización que, en los años noventa en Argelia, fue el precedente de buena parte del terror islamista que ha venido después, en Nigeria, en Somalia o en Malí, en Afganistán, en Irak o Siria. Las líneas que siguen son traducción fiel y fragmentaria del texto del comunicado del GIA, alabado sea Dios, firmado por el emir Abu Abderramán Amin. Esto fue en 1996, cuando el GIA tenía cautivos a los siete monjes de la pequeña abadía de Tibhirine. Comienza el comunicado: “Dios ha ordenado a los creyentes matar a los infieles, empezando por los más próximos y los que son más peligrosos y perjudiciales para la religión y la vida de los musulmanes. Dios dijo: ‘¡Creyentes! Combatid, entre los infieles, aquellos que os traen perjuicio’. Es con el apoyo de estas enseñanzas como el GIA ha matado a los infieles de origen de todas las confesiones y ha ordenado a todo infiel original que abandone el país… El GIA les ha privado de la paz y seguridad que pensaban tener, y ha autorizado a liquidar a quienes se han empeñado en permanecer sobre nuestro suelo. Algunos han respetado la orden dada, y otros se han obstinado en seguir. Entonces los muyahidines han comenzado a matarlos, por grupos o de uno en uno… “. No hay ninguna ofensa al Profeta, ninguna publicación que pueda ofender el sagrado Corán, ninguna caricatura, ningún elemento de culpa contra la santa religión, simplemente la presencia insoportable de un pequeño grupo de infieles. Y el comunicado de los muyahidines, los fieles armados, es simple literatura administrativa: Dios dice tal cosa, nosotros tomamos las disposiciones pertinentes, y las cumplimos: empezamos a matar siguiendo los textos. Continúa el comunicado: “El buen Dios ha ayudado a los muyahidines del GIA a matar a un gran número de infieles originales, judíos, cristianos, politeístas y ateos. Dios les ha ayudado igualmente, hace bastantes días, a secuestrar a siete monjes evangelizadores en la región de Medea, que hasta ahora están vivos y salvos”. Etcétera. No reproduciré las sutiles disquisiciones teológicas, a base de textos coránicos y de interpretaciones de diferentes emires y ulemas, sobre la licitud de la ejecución de los monjes. “Estos orgullosos monjes”, afirman, “han cometido el pecado imperdonable de pretender evangelizar a los musulmanes [cosa dudosa, dada la vida de la Trapa, pero no importa], de exhibir sus eslóganes y símbolos y de conmemorar solemnemente sus fiestas. Todo ello indica una traición, tal como lo prueban los ulemas que interpretan las condiciones definidas por el emir de los creyentes… “.

Algunos lectores recordarán aquel filme impresionante y magnífico, ‘Des hommes et des dieux’, con el fin de aquellos hombres, perdidos en un rincón de las montañas del Atlas, aceptando tan modestamente la muerte. Y ustedes pueden pensar que los argumentos de los guerreros de la yihad son razonamientos que llegan de siglos remotos, cuando a la guerra santa respondían las cruzadas y viceversa, y que ya no es de nuestro tiempo buscar en la teología el fundamento para degollar varios monjes trapenses. Resulta que, según algunas interpretaciones de los textos sagrados, los musulmanes piadosos pueden dejar en paz a los ermitaños cristianos. Texto del GIA: “Pero si un tal monje sale de su ermita y se mezcla con la gente, su asesinato se convierte en lícito. Es el caso de estos monjes que tenemos prisioneros, que no se habían separado del mundo. (…) Como es lícito combatir por la religión de Dios y del Islam, también es lícito aplicarles lo que se aplica a los infieles cuando son combatientes prisioneros: la ejecución, la esclavitud o el intercambio con prisioneros musulmanes…”. El comunicado termina con la jaculatoria habitual, “A Dios toda alabanza”. No hubo intercambio, y unos días después los monjes aparecían degollados. A Dios toda alabanza. La cuestión, pues, no es el enfrentamiento este-oeste, ni norte-sur, ni explotación poscolonial, ni defensa de la cultura, ni precios del petróleo. Y no es la libertad de prensa o de expresión. La cuestión, según afirman expresamente los interesados, es una materia de fe, del Corán, de la voluntad de Dios. Exactamente como el Dios de los cruzados y de la Inquisición, el Dios que mandaba quemar herejes, judaizantes y brujas. Éramos iguales. Éramos, pero hace siglos que ya no lo somos. La diferencia es que en tierras “cristianas” este Dios ahora está fuera de la ley, incluso en la Ciudad del Vaticano. Y para todos los GIA y similares, desde Mauritania hasta Mindanao, ese Dios es la ley. Nuestro Dios ahora está sometido al código penal. El suyo es el código penal.

EL TEMPS