Mi amigo Charlie

Era muy aburrido, ser adolescente en Perpiñán al final del reinado de Valéry Giscard d’Estaing. El proceso de desvanecimiento de las esperanzas del 68 ya había avanzado lo suficiente y estábamos tan hambrientos que celebramos la elección de François Mitterrand, en 1981, como una revolución de los claveles. Cuánta miseria, ya ven. Francia aburría y Francia me habría aturdido por completo sin los relámpagos furibundos, libertarios y semanales de Charlie Hebdo. Era aquella intransigencia a la hora de no respetar ninguna institución, claro. Era aquel humor a la vez intrépido, perspicaz y grosero, claro. Y era también la inteligencia socarrona y modesta. Con Charlie Hebdo aprendí hasta qué punto la irreverencia puede ser una fuente de fruición, pero también cómo es imperativo que sea acompañada de mucha sabiduría. Mientras comenzaba a alejarme de Francia y de los franceses, algunos de mis héroes, los ángeles negros de Charlie, se llamaban François Cavanna (brillantísimo editorialista), Pierre Desproges, Reiser, Cabu, Wolinski… Nombres desconocidos en Cataluña salvo -desde ayer, un poco- los dos últimos. Asesinados junto con diez personas más.

De toda la generación del dibujo humorístico del 68, eran los dos últimos supervivientes aún en activo. Y, de todos, eran los más pacíficos, los más tiernos. Hace más de cuarenta años que veo pasar, por aquí por allá, los dibujos, dibujos para niños (hay que comer bien…) y, sobre todo, dibujos políticos, con el eje del antimilitarismo para Cabu y el de la liberación sexual (muy sexual) para Wolinski.

Pero ya no soy seguidor de Charlie Hebdo. Cuando desapareció, en 1981, pensé, como muchos, que no había sabido resistir a la dosis suplementaria de sopor inyectada por Mitterrand, pero cuando volvió a nacer, en 1992, pronto me di cuenta de que no podría serle fiel. De hecho, más bien pensé que era él quien ya no me era fiel. Aunque volvió a aparecer con un equipo de dibujantes y periodistas de la que la mitad era de la antigua redacción, el tono había cambiado. La culpa era, quizás, de Philippe Val, el artífice del renacimiento del semanario (y que, más tarde, acabó siendo sarkozista…) que dio al semanario un tono aleccionador a menudo desagradable. Siempre de extrema izquierda, pero más moralista que libertario y pronto francamente jacobino. En este segundo periodo, algunos artículos y dibujos sobre procesos de independencia o reivindicaciones lingüísticas habrían podido ser aprobados a ojos cerrados por el Front National. Sí, a veces Charlie me ha decepcionado terriblemente. Por ello, desde hace varios años, tan sólo me autorizo a mirar sus portadas. Y es muy frustrante. Con las portadas, sin embargo, tan sólo con las portadas, es suficiente para tener una idea del coraje de este equipo de periodistas que ha declarado la guerra del humor y del sarcasmo al fanatismo religioso y que no ha cedido ni a las amenazas ni a los atentados.

Los supervivientes de la redacción afirman que el próximo miércoles Charlie Hebdo estará la venta. No tengo ninguna duda. Y la portada será para reírse de sus muertos, y de los que los habrán velado.

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