Mas, Junqueras estáis perdiendo la iniciativa

 

“Mientras aquí, nuestros políticos dejan enfriar el clima, en España se empiezan a poner las pilas”
Cataluña -o para ser más precisos y no ofender a nadie, los demócratas catalanes que quieren saber si este país quiere ser independiente- ha llevado la iniciativa ante España en su reclamación de poder ejercer el derecho a votar su futuro. El diseño inmaculado de los asesores del presidente Mas consistente en agotar todas las vías legales para votar ha tenido España (el aparato del Estado y los partidos políticos) contra las cuerdas. Han ido siempre con el paso cambiado, les ha faltado estrategia y cohesión, y un mensaje positivo estilo David Cameron al referéndum escocés. Pero cuando el clímax catalán había llegado a su punto más álgido, la propuesta del presidente Mas de confeccionar una lista única para ir a las elecciones plebiscitarias, incluso renunciando él a encabezarlas, el no de Junqueras lo ha enfriado todo. Y, parece, que nadie es capaz de salir de este callejón sin salida.
Pienso que hay que ser claro y didáctico con las imágenes que se han generado en torno al sí o no a la lista única -y los flecos que cuelgan de ella-, tanto a nivel interno como externo. Primera imagen, lista única: es sinónimo de fortaleza, firmeza, seguridad, voluntad de unidad política y social a favor de una Cataluña que se convierta en un nuevo Estado. Segunda imagen, listas diferentes: es la de una parte corriente de forma desenfrenada a ver quién llega antes para quedarse el botín; es la imagen de una selección catalana de fútbol donde cada uno de sus miembros, en lugar de salir a jugar con el uniforme que los identifica a todos, saliera con la camiseta de su club (Barça, Español, Girona, Mataró, Sabadell…). Tercera imagen, listas separadas pero, pase lo que pase, gane o pierda, Mas continuaría siendo presidente de Cataluña: es la última propuesta realizada por el líder de ERC, Oriol Junqueras. Esta propuesta sólo demuestra el grado de desorientación que hay en estos momentos. Si no se quiere una lista única, ¿cómo es posible ofrecer la presidencia del país a un (hipotético) perdedor? ¿Podría representar institucionalmente al país aquel que no fuera capaz de ganar en las urnas? Es una evidencia que este planteamiento tiene un difícil encaje democrático en el actual contexto histórico que quiere encarar el país. Mas, ni sería un buen presidente; ni tendría capacidad para gobernar; ni autoridad moral y política para hablar en nombre de Cataluña. Y menos, cuando uno de los principales socios de ERC, Ernest Maragall, ya ha verbalizado que el objetivo debe ser repetir el tripartito, versión catalanista. La propuesta es una improvisación o una maniobra de partido impropia del momento actual.
Pero mientras aquí, nuestros políticos dejan enfriar el clima, en España se empiezan a poner las pilas. Las mismas pilas de siempre pero con marcas distintas. Lo hacen evidentemente en la línea de no querer una Catalunya independiente pero abandonando el discurso del no absoluto, para entrar en el discurso del no relativo. El no absoluto es aquel que sólo apela la Constitución para negar la emancipación de Cataluña; el relativo es lo que suaviza el no por cuestiones familiares, sociales y económicas. Pero siempre es un no. El primer discurso del rey de España, Felipe VI, fue eso, una llamada a no desunir familias, a vivir armoniosamente, a subrayar lo que une y no lo que separa… Va en esta línea el mensaje del nuevo mesías de la regeneración democrática, Pablo Iglesias, líder de Podemos: “todos tenemos que decidir todo”. De hecho, el PP también dice que todos lo tienen que decidir todo, en referencia a Cataluña y España. Ahora bien, dicho por un chico mediático que con una coleta, que habla de la casta para referirse al poder actual, y que todo el mundo identifica como la nueva forma de hacer política, suena a moderno y progresista. No es nuevo. En 1981, el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo (UCD), propuso la entrada de España en la OTAN, y todo el mundo lo criticó por facha; y en 1986, Felipe González (PSOE) hizo un referéndum para decidir si España había de continuar en ella, él hizo campaña por si continuar allí, y ha pasado a la historia como el dirigente más progre.
Las armas que utiliza cada uno para sus propósitos están más que sabidas. Todo el mundo está allí donde estaba. Pero algunos están estancados y empiezan a perder la iniciativa (Mas-Junqueras) mientras otros se muestran más activos (Felipe VI). La estrategia de las elecciones plebiscitarias empieza a dar síntomas de debilidad. Y decirlo, y advertirlo no es debilitar el proceso; al contrario. Habrá que tomar decisiones pronto y explicarlas. Hay que reeditar la hoja de ruta. Está claro que las elecciones plebiscitarias potentes y sólidas, y con garantías de ser percibidas como realmente firmes a nivel español e internacional sólo son posibles vía lista única. Si no es posible, y el presidente Mas acaba convocando elecciones, y los partidos se presentan con listas separadas (marcas blancas, negras o grises, es igual) y la campaña se acaba convirtiendo en un pim, pam, pum de unos contra los otros el riesgo de aparecer ante la opinión pública internacional como una parte a la búsqueda del botín es muy grande; demasiado grande. Habiendo llegado tan lejos, ¿Cataluña se lo puede permitir?
EL SINGULAR DIGITAL
“Mientras aquí, nuestros políticos dejan enfriar el clima, en España se empiezan a poner las pilas”
Cataluña -o para ser más precisos y no ofender a nadie, los demócratas catalanes que quieren saber si este país quiere ser independiente- ha llevado la iniciativa ante España en su reclamación de poder ejercer el derecho a votar su futuro. El diseño inmaculado de los asesores del presidente Mas consistente en agotar todas las vías legales para votar ha tenido España (el aparato del Estado y los partidos políticos) contra las cuerdas. Han ido siempre con el paso cambiado, les ha faltado estrategia y cohesión, y un mensaje positivo estilo David Cameron al referéndum escocés. Pero cuando el clímax catalán había llegado a su punto más álgido, la propuesta del presidente Mas de confeccionar una lista única para ir a las elecciones plebiscitarias, incluso renunciando él a encabezarlas, el no de Junqueras lo ha enfriado todo. Y, parece, que nadie es capaz de salir de este callejón sin salida.
Pienso que hay que ser claro y didáctico con las imágenes que se han generado en torno al sí o no a la lista única -y los flecos que cuelgan de ella-, tanto a nivel interno como externo. Primera imagen, lista única: es sinónimo de fortaleza, firmeza, seguridad, voluntad de unidad política y social a favor de una Cataluña que se convierta en un nuevo Estado. Segunda imagen, listas diferentes: es la de una parte corriente de forma desenfrenada a ver quién llega antes para quedarse el botín; es la imagen de una selección catalana de fútbol donde cada uno de sus miembros, en lugar de salir a jugar con el uniforme que los identifica a todos, saliera con la camiseta de su club (Barça, Español, Girona, Mataró, Sabadell…). Tercera imagen, listas separadas pero, pase lo que pase, gane o pierda, Mas continuaría siendo presidente de Cataluña: es la última propuesta realizada por el líder de ERC, Oriol Junqueras. Esta propuesta sólo demuestra el grado de desorientación que hay en estos momentos. Si no se quiere una lista única, ¿cómo es posible ofrecer la presidencia del país a un (hipotético) perdedor? ¿Podría representar institucionalmente al país aquel que no fuera capaz de ganar en las urnas? Es una evidencia que este planteamiento tiene un difícil encaje democrático en el actual contexto histórico que quiere encarar el país. Mas, ni sería un buen presidente; ni tendría capacidad para gobernar; ni autoridad moral y política para hablar en nombre de Cataluña. Y menos, cuando uno de los principales socios de ERC, Ernest Maragall, ya ha verbalizado que el objetivo debe ser repetir el tripartito, versión catalanista. La propuesta es una improvisación o una maniobra de partido impropia del momento actual.
Pero mientras aquí, nuestros políticos dejan enfriar el clima, en España se empiezan a poner las pilas. Las mismas pilas de siempre pero con marcas distintas. Lo hacen evidentemente en la línea de no querer una Catalunya independiente pero abandonando el discurso del no absoluto, para entrar en el discurso del no relativo. El no absoluto es aquel que sólo apela la Constitución para negar la emancipación de Cataluña; el relativo es lo que suaviza el no por cuestiones familiares, sociales y económicas. Pero siempre es un no. El primer discurso del rey de España, Felipe VI, fue eso, una llamada a no desunir familias, a vivir armoniosamente, a subrayar lo que une y no lo que separa… Va en esta línea el mensaje del nuevo mesías de la regeneración democrática, Pablo Iglesias, líder de Podemos: “todos tenemos que decidir todo”. De hecho, el PP también dice que todos lo tienen que decidir todo, en referencia a Cataluña y España. Ahora bien, dicho por un chico mediático que con una coleta, que habla de la casta para referirse al poder actual, y que todo el mundo identifica como la nueva forma de hacer política, suena a moderno y progresista. No es nuevo. En 1981, el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo (UCD), propuso la entrada de España en la OTAN, y todo el mundo lo criticó por facha; y en 1986, Felipe González (PSOE) hizo un referéndum para decidir si España había de continuar en ella, él hizo campaña por si continuar allí, y ha pasado a la historia como el dirigente más progre.
Las armas que utiliza cada uno para sus propósitos están más que sabidas. Todo el mundo está allí donde estaba. Pero algunos están estancados y empiezan a perder la iniciativa (Mas-Junqueras) mientras otros se muestran más activos (Felipe VI). La estrategia de las elecciones plebiscitarias empieza a dar síntomas de debilidad. Y decirlo, y advertirlo no es debilitar el proceso; al contrario. Habrá que tomar decisiones pronto y explicarlas. Hay que reeditar la hoja de ruta. Está claro que las elecciones plebiscitarias potentes y sólidas, y con garantías de ser percibidas como realmente firmes a nivel español e internacional sólo son posibles vía lista única. Si no es posible, y el presidente Mas acaba convocando elecciones, y los partidos se presentan con listas separadas (marcas blancas, negras o grises, es igual) y la campaña se acaba convirtiendo en un pim, pam, pum de unos contra los otros el riesgo de aparecer ante la opinión pública internacional como una parte a la búsqueda del botín es muy grande; demasiado grande. Habiendo llegado tan lejos, ¿Cataluña se lo puede permitir?
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