Muerto y desaparecido el reino, soporte del desnaturalizado Estado navarro, nos queda el relato sobre lo que supuso la pérdida de la independencia de la que gozara durante ocho siglos más o menos hasta la fecha de su conquista; e incluso más lejos, a tenor de otras fuentes, si tomásemos en consideración la casi plena autonomía que disfrutara el territorio bien entrado el siglo XIX. Comprobamos, además, cómo el relato actualizado del lobo disfrazado de oveja que es el nacionalismo español ataviado de regionalismo navarro ha trabajado siempre en la misma dirección: la de la disolución definitiva, mediante el procedimiento subyugador y asimilacionista, de reino a provincia foral y, finalmente, autonomía periclitada, con la siempre presente sensación de haber sido regida desde los intereses del aculturizador virreinato, ahora presidido por Barcina, del otrora tándem UPN-PSN, al cual incluso parece sumársele, tal vez por desconocimiento Podemos y con intencionalidad manifiesta UPyD. No digamos ya nada sobre el PP. Y a las pruebas basadas principalmente en los últimos acontecimientos me remito, aunque alguno de estos socios últimamente se pretenda díscolo. Esta última parte del relato aún está por hacerse.
Al respecto de la importancia dada al relato en Los discursos del presente, la pareja de sociólogos, Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez, nos recuerdan cómo Roland Barthes hizo consideraciones en torno al mismo como eje central de la actividad humana, puesto que: “ Al fin y al cabo (…) mediante relatos ordenamos y entendemos el mundo, que la historia humana esta hecha a partir de relatos y por los relatos, así como que la gran historia de la sociedad se construye con las narraciones que los sujetos concretos realizan para tratar de convertir las visiones del mundo en la verdad objetiva y objetivada que se impone al conjunto de lo social. Toda identidad -afirman ambos recordándonos la figura de Paul Ricoeur- se construye mediante tiempo y narración: la presentación de lo social se realiza a partir de un relato que tiene la pretensión de historicidad y, por definición, se enfrenta y complementa con otros relatos”.
El del relato sobre la construcción de la paz fundamentado en la recuperación de la imprescindible convivencia de las partes implicadas en el conflicto, aun siendo importante, es uno más de ellos. Mas el del par Paz y Progreso, como la cruda realidad se empeña en demostrar, no necesariamente van de la mano. Y sobre todo parece dar un protagonismo exacerbado a sus actores extremos en detrimento de la mayoría paciente. Es más, me atrevería a afirmar que durante los años de la bonanza económica el conflicto violento ha servido como subterfugio discursivo de la corruptela generalizada del Estado permanentemente puesto en cuestión. De hecho el sistema político en ocasiones da clara muestra, en este sentido, de una perversa añoranza de los tiempos pasados. Lo cual nos produce una onda sensación de histéresis, de dependencia de una latente historia previa configuradora del estado actual de cosas nunca contadas. Síndrome al que Aby Warburg quiso poner remedio con su magnífica Biblioteca para las Ciencias de la Cultura relacionando los mundos de la religión, del arte y de la ciencia. Todo coadyuva a un mismo fin: el del conocimiento de lo acaecido y el diseño de lo por acontecer (si es que a estas alturas alguien tiene puesta su fe en un futuro más o menos prometedor). Un titánico esfuerzo por poner en relación la periodización del acontecimiento con la imaginaria visión que nos cuenta la manera de aprehensión de un mundo de realidades desde la contemplación fragmentada, inconclusa y, por lo tanto, no determinativa de lo por suceder dada desde “la palabra a la imagen”.
Imaginemos, por lo tanto, que la Historia no es como algunos desean un marco de superación de atrasados estadios anteriores por otros más modernos y actuales, sino el lugar donde se fraguan capacidades para las nuevas oportunidades a través de sus puntos de inflexión y nuevas lógicas organizadoras. Así al menos nos los explica Saskia Sassen . Para ello recurre al concepto de ensamblaje. Y en esta puesta en común entre ciencia, arte y creencia, esta autora nos menciona cómo el concepto de soberanía secular tiene su razón de ser en la anterior política monárquica que, amparándose en la gracia divina, luchó por emanciparse del poder de los papas. Caso, por traer un ejemplo que nos es cercano, del conflicto cismático entablado entre el rey de Francia Luis XII con el por entonces papa, Julio II, y que trajo como consecuencia última la pérdida de la independencia del reino de Navarra así como de su maltrecha integridad territorial, pues la Sexta Merindad, llamada de Ultrapuertos, fue abandonada a los designios del Estado francés mientras del resto se ocupó en Imperio español.
Esta pérdida ha supuesto para los navarros de ambos lados del Pirineo el que tengan dinámicas, en lo que a la política respecta, completamente diferentes y hasta enfrentadas por los intereses de quienes protagonizaron la conquista del reino, beneficiándose de un modo u otro. Por tanto, la historia no nos puede dejar indiferentes, pudiendo comprobarse de entre los libros, es decir ex libris, cómo también este relato tuvo su canto a la paz de agradecimiento del conquistado hacia el conquistador, en boca, por ejemplo, del subprior de la Colegiata de Roncesvalles, Juan de Huarte (1550-1625) utilizando la autoridad del doctor navarro, Martín de Azpilcueta:
“A este propósito dize el Dor navarro estas palabras[…]A aquellas factiones, o, parcialidades de navarra cruelíssimas parasimesmas quedaron ya muertas debaxo del Imperio de Carlos V de donde se sigue que reyno Español de Navarra debe infinitas gracias a Dios nro. Sor.; por beneficio tan inmenso como fue aquella Incorporacion…”
Hoy como ayer, nos recuerda Saskia Sassen, la diferencia entre lo nacional y el Imperio radica en una cuestión de escala, puesto que este último amplía el horizonte de sus operaciones de índole política y sobre todo económica al resto del mundo. Sin embargo, la realidad nos muestra cómo el momento escogido por el reino castellano-aragonés para la desaparición del navarro imposibilitó que éste entrara con pleno derecho en la modernidad configuradora de los actuales Estado-nación. El caso navarro fue por tanto el de un futuro soberano traumáticamente abortado que el Estado mantiene sin solución de continuidad. Por ello, todas las políticas se justifican desde las altas instancias del mismo con, según, medidas y castigos más o menos ejemplarizantes hacia unos, y dádivas que a todas luces constituyen prebendas injustificadas para los afines.
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