Entre primeros de septiembre y primeros de noviembre de 2014 han salido publicados dos libros grandes en peso y extensión pero también en ideas. Se trata del Libro blanco de la transición nacional de Cataluña (editado en dos volúmenes, el de síntesis y el de los dieciocho informes del CATN) y el Libro blanco: Barcelona, capital de un nuevo Estado .
El primer libro blanco analiza las estrategias que la Generalitat debería tener presentes y las medidas que debería adoptar a la hora de construir un Estado propio. El segundo libro blanco, con aportaciones de 149 participantes, intenta explicar qué puede representar para Barcelona el hecho de convertirse en la capital de un nuevo Estado. Ambos son libros corales, en los que de manera generosa y entusiasta se han implicado muchísimas personas procedentes de ámbitos muy diversos y perspectivas muy diferentes.
Los informes del CATN son de carácter eminentemente técnico y responden sólo al estadio del proceso constituyente, este donde estamos justamente ahora. Estos informes presentan, en tres grandes partes, las estrategias fundamentales de logro y creación de un nuevo Estado con plenas garantías. La primera parte incluye desde la legitimación del proceso de autodeterminación y las vías de consulta o de elecciones plebiscitarias hasta las instrucciones para hacer la declaración de independencia, la aprobación de la nueva Constitución, la sucesión de ordenamientos y administraciones, la distribución de activos y pasivos con el Estado español y la cuantificación de nuevos ingresos y gastos derivados de la independencia. La segunda parte presenta de manera ordenada el conjunto de estructuras de que Cataluña debería dotarse para convertirse plenamente en un nuevo Estado, en campos tan diversos como los de la economía y las finanzas (euro, banco central propio, administración tributaria, servicio de aduanas), las entidades reguladoras y supervisoras o administrativas, la creación de una Seguridad Social catalana, la administración de justicia, la seguridad y la defensa o el control de infraestructuras clave en el abastecimiento de agua y energía o en las tecnologías de la información y la comunicación. Por último, en la tercera parte se indican unos criterios básicos sobre los que se deberían construir las futuras relaciones de Cataluña con España, la Unión Europea y la comunidad internacional.
El Libro blanco: Barcelona, capital de un nuevo Estado, en cambio, apuesta ya por dibujar algunas de las líneas marco que en aspectos de gobernanza, urbanismo, economía, conocimiento y equidad podría asumir una Barcelona convertida en capital de un nuevo Estado. Cualquier futuro candidato a alcalde de la ciudad deberá pasar, inevitablemente, por la lectura de las páginas, sumamente inspiradoras, de este libro. Pero el aspecto sin duda más sorprendente del libro es, en mi opinión, que el marco de posibilidades y oportunidades que tiene Barcelona se multiplica por mil en el preciso momento en que somos capaces de pensar y actuar en clave de Estado. Todas los corsés y encajonamientos que ahora sufre la ciudad en aspectos diplomáticos, internacionales, de infraestructuras, de inversiones, de promoción económica y empresarial se convierten ahora en oportunidades inmensas.
Es cierto que los informes técnicos del CATN habría incorporar, en un futuro no lejano, un libro blanco sobre el país que quisiéramos respecto especialmente a la manera de concebir y ejercer las políticas públicas en materias como la economía, la investigación, la educación, la cultura, la sanidad, la gestión pública, la seguridad, la política internacional, el medio ambiente, etc. En alguna medida esta tarea ya la ha empezado a impulsar la sociedad civil, pero requiere que termine por cuajar en forma de proyecto compartido, con grandes líneas básicas de consenso entre todos los partidos y entidades sociales. Un proyecto es el compromiso temporal que se asume para planear y lanzar esforzadamente algo hacia delante (‘projicere’), de acuerdo con fases graduales o etapas de ejecución. La creación y diseño de un nuevo Estado y de la capitalidad de Barcelona reúnen sin duda todos los alicientes para impulsar una nueva tarea emprendedora colectiva, porque nos obligan a responder a varias preguntas. ¿Qué modelo de Estado queremos para nosotros y nuestros hijos? ¿Cómo habremos de actuar como capital de Cataluña? ¿Qué responsabilidades y compromisos querremos asumir ante el mundo? ¿Bajo qué imagen y valor de marca queremos que se nos identifique en nuestra manera de interactuar en los organismos internacionales?
Decidir nuestro futuro significa imaginarlo, pensarlo y construirlo. Quiere decir ahora también recuperar en formato contemporáneo la vocación de Estado propio (y de capitalidad) que permanecía en el largo sentimiento compartido de nación durante los tres últimos siglos. El catalanismo político intentó durante más de cien años compatibilizar el sentimiento de nación y la participación y contribución a un Estado común plurinacional. Pero las instituciones de España, desde su gobierno hasta el Tribunal Constitucional, han cerrado definitivamente esta posibilidad y se aprestan a la recentralización total. Por eso, ahora no nos toca sino confiar en nosotros mismos. El derecho a decidir reclama el derecho a conocer, porque sin información no hay posibilidad real de elección. Pero me atrevería a decir, a la luz de estos dos libros blancos, que el derecho a decidir es también una potente fábrica de sueños, un fantástico acelerador de partículas colectivas desde el que diseñar las estructuras de la Cataluña y la Barcelona del futuro. Esta es, en buena medida, la gran energía e ilusión que impulsa el actual proceso en Cataluña.
ARA









