El califato

Tanto si nos satisface el concepto como si lo encontramos duro de aceptar (no nos gusta ciertamente, eso es seguro), la realidad es que hay una pequeña y dispersa tercera guerra mundial en curso. Tercera guerra mundial, con minúsculas, ahora que hace cien años que empezó la Primera Grande. Esta, la que ahora crece y se extiende y no sabemos cuándo o cómo terminará, no es mundial en el sentido de la Primera o la Segunda, no es una guerra de un bloque de Estados contra otro, del Eje contra los Aliados, no es una guerra de frentes inmensos y claros, de millones de soldados regulares en ataques y contraataques. Pero es universal, y es una guerra: en las riberas del Mediterráneo, en África central de Nigeria en Somalia, en Asia cercana, desde el valle del Tigris y el Éufrates hasta el valle del Indo. Y también, si se mira atentamente, hay un frente inesperado que ha surgido en los límites imprecisos entre la Europa central y la oriental, pero esta es quizás otra guerra, igualmente vieja y renovada, y con otro sentido y contenido, más o menos peligrosa, según se considere. La guerra más extensa y más dura, la que corre y se esparce desde Pakistán hasta el África occidental a la manera de muchos fuegos y frentes de un mismo incendio, es una guerra de religión y de una oposición o choque de civilizaciones: no consideré serio ni bien fundamentado el célebre libro de Samuel Huntington, pero en este caso, por desgracia, el choque es real y explícito, y siento tener que constatarlo.

En un lado de esta línea de frente discontinuo, entre los extremos geográficos de los Boko Haram de Nigeria en el oeste y los talibanes de Afganistán en el este, se ha instalado hace pocos meses aquel que pretende ser (y ya es) el actor principal y renovado de este choque o enfrentamiento: un autoproclamado Estado Islámico, Daesh o Daishi en árabe, bajo la forma clásica de califato, es decir, aquella forma de Estado donde el poder religioso y el poder civil, político y jurídico son una y la misma cosa, un sistema idealmente inspirado en el gobierno de los cuatro Califas Perfectos parientes o descendientes del Profeta. No se trata ya de una variante o derivación de Al Qaeda o de sus equivalentes, que no se proponían sustituir los Estados musulmanes o crear otros nuevos, sino imponer una interpretación radical del Corán y de los preceptos más rigurosos que se derivan del mismo. Al Qaeda era de raíz suní, pero no proclamaba una guerra santa contra los chiíes: su guerra santa era contra los cristianos y los judíos (los cruzados y los sionistas), contra los occidentales que representan una cultura y una forma de vivir incompatible con el islam, y contra los dirigentes musulmanes contaminados por esta misma impureza. Incluso se podía presentar, y se presenta como una continuación del combate contra el colonialismo europeo, incluido el colonialismo cultural, y su influencia sobre los países islámicos.

Este ISIS, sin embargo, este Daesh, es o pretende ser otra cosa. Para empezar, no es una central de programación y coordinación del terrorismo, a base de atentados y ataques puntuales en cualquier lugar del mundo. Su guerra no es de este tipo, guerra dispersa, guerra de guerrilla, sino la de un ejército verdadero, organizado, disciplinado, con medios militares abundantes y modernos, y con una financiación estable que en buena medida, al menos hasta ahora, procedía de los gobiernos de los Emiratos y de Arabia Saudita. En cuanto al terrorismo que practica, es sobre todo un terrorismo de exhibición y de intimidación: no de atentados, sino de afirmación de un poder sin límites. Y este califato, también a diferencia de Al Qaeda, se propone (y lo está consiguiendo) el control de un territorio extenso y estratégicamente decisivo, tanto en la geopolítica actual como en la historia de la expansión del Islam. De momento, el califato es ya una forma de Estado que ocupa todo el este de Siria y el oeste de Irak, y se detiene a las puertas de Bagdad, la capital de los califas antiguos. El proyecto, sin embargo, va mucho más lejos, y recorre los caminos que en poco más de medio siglo llevaron a los guerreros del Islam hasta las orillas del Atlántico y del Índico. Nos puede parecer una fábula absurda, una fantasía, pero es una fantasía aplicada a la acción material, que atrae a decenas de miles de jóvenes que buscan una vida de fe radical y de aventura extrema. Una fantasía en la que, bajo esta forma de nuevo califato, prometen lealtad cada vez más organizaciones, hasta ahora dispersas, de esta guerra difusa que es cada día más concreta y más universal. Y el remedio no lo sabemos. O, si lo sabemos, no nos atrevemos a decirlo.

EL TEMPS