España Grande

1. El mapa. Desde que existen medios modernos de difusión y de control, apenas un país dispone de una organización escolar, de imprenta y de otros medios de propagación de imágenes y de ideas, se lanza a imprimir mapas en el cerebro de los adultos y de los niños. El mapa es un elemento insustituible, precioso, en el proceso de “educación nacional”: la figura de la nación es la forma de su sustancia, el perfil sagrado, eventualmente ampliable, nunca reducible (si no es por la fuerza). Para el individuo adoctrinado -que con los medios actuales son potencialmente todos los individuos- la nación no es en primer lugar una sociedad, una colectividad de personas: la nación es antes que nada una superficie con una forma. Una figura. Para la que ningún recorte es imaginable, ninguna reducción de dimensiones, porque no es imaginable una disminución de la propia sustancia nacional. Más de un español de doctrina, vecino de Burgos, Zamora o Madrid, por ejemplo, se quedaría muy descansado si los catalanes desaparecieron del mapa (pueden imaginar perfectamente una España sin estos pobladores tan antipáticos), pero saltaría como un rayo en la menor insinuación de “pérdida” del territorio catalán: no pueden imaginar una España con un mapa más pequeño.

2. El miedo. El miedo de los españoles de doctrina a la reducción del mapa no viene solamente de haber sido educados en la grandeza. Este miedo, más que miedo simple es terror a encontrarse disminuidos en el propio “ser” nacional: el español se identifica, hace coincidir la propia identidad nacional, con todo el mapa de España. Por lo tanto, si una parte de este mapa se desprende, si el mapa se reduce y cambia de forma, ¿qué sería España? Sería, en primer lugar, menor, y ser español sería menos ser: sería una identidad restringida, sería “perder” una parte del propio ser, etc. La amputación intolerable, metáfora orgánica o corporal, aparece casi invariablemente como parte de estos miedos.

3. La imagen. Pero la reducción del mapa no sería, para el español de doctrina (que son todos), únicamente una cuestión de volumen, de “cantidad nacional”, de identidad empequeñecida. Sería, más aún, una cuestión de identidad incierta, quizá inexistente, aunque no imaginada. Veamos: un vasco o un catalán, por poco adoctrinado que esté, tiene clara en la cabeza la imagen, mapa, de Cataluña o de Euskadi… sin España, claro. Incluso se puede tener presente el mapa de Euskal Herria completo, con Navarra, Lapurdi y Sola; o el mapa de los Países Catalanes, que -no tanto como hace algunos años- circula aún abundantemente. Pero ningún español tiene en la cabeza, ni piensa tenerlo ni quisiera tenerlo nunca, el mapa de España sin Cataluña ni Euskadi (… ¡y mucho menos, qué horror imposible, sin Navarra, Galicia y el País Valenciano!).

4. La nación. Y en cualquier caso, los que hablan de la España plurinacional, de la “nación de naciones”, etc, deberían tener claro, al menos y en primer lugar, cuál es aquella nación -¿la nación española, o una nación española? – que no es ni vasca ni catalana (ni gallega, ni valenciana, si queremos ser más rigurosos…). Porque el mapa de la ‘España Grande’ ya lo sabemos todos, y nos incluye a todos de grado o por fuerza. El problema, el gran problema nacional de la Península, es el de la España pequeña: mientras los españoles de nación y de doctrina no se entiendan a sí mismos, no se puedan autoidentificar, sin Euskadi ni Cataluña, aquí no hay Estado plurinacional posible. Mientras una de las naciones, la más grande, tenga necesidad de incluir a los otros para poder imaginar la identidad propia, el problema no tiene solución posible. Mientras la España ‘pequeña’, para poder ser algo, tenga necesidad de ser ‘Grande’…

5. La frontera. Para terminar, pensemos un poquito: ¿por qué los españoles de doctrina nos acusan a los otros (a los catalanes, en primer lugar) de querer “levantar barreras”, de pretender “aislarnos”, “encerrarnos” en nuestro ámbito menor, y otros pecados similares? Porque la frontera del Estado marca para ellos la identidad suprema, porque consideran nuestro territorio parte de su territorio, nuestra identidad parte de su identidad: porque no pueden entender que podamos ser otra cosa, no incluida ni subordinada, por cosas así. A los portugueses, sin embargo, a pesar de una cercanía histórica y geográfica tan grande, no les acusan nunca del mismo pecado: tienen derecho a ser sólo portugueses. Los miran como otro todo, no como una parte. Simplemente, porque están al otro lado de una raya que define un Estado. Y si, para ser reconocido como un todo y no como una parte, es necesaria efectivamente una raya, no es extraño que tantos catalanes piensen ya seriamente en la aplicación de este principio. En fin, cosas como estas escribía yo mismo hace treinta años, y parece que todavía no han perdido valor. En cuanto a los resultados y aplicaciones, quién sabe si habrá que esperar treinta años más. O quizás no tantos.

EL PUNT – AVUI