Pollos sin cabeza

Uno de los hechos más insólitos del siglo XX ocurrió una noche de septiembre de 1945, en una pequeña localidad de Colorado, Estados Unidos, cuando el granjero Lloyd Olsen entró en su corral. Su mujer le había pedido un pollo para la cena, así que Olsen escogió uno cualquiera y lo decapitó de un hachazo. El pobre animal empezó a corretear sin cabeza, algo que, como Olsen sabía muy bien, se debía al impulso nervioso: el pollo moribundo corría unos pasos y luego se desplomaba, muerto. Sin embargo, esa noche ocurrió algo extraordinario: el pollo no se moría. Simplemente volvió con sus compañeros de granja, y allí se quedó. Sin cabeza. Pero vivo. Unos días después, y puesto que el pollo decapitado no mostraba ningún interés en morirse, Olsen lo bautizó como Mike.

Antes de continuar se impone una precisión: el caso que acabamos de referir es absolutamente verídico. El corte dejó intacta una parte del cerebelo, lo que en los volátiles basta para mantener con vida un organismo. Sea como sea, y explicaciones científicas al margen, Mike, “el pollo sin cabeza”, ha devenido todo un personaje de la cultura popular americana. (Si quieren conocer los detalles, tan sólo tienen que buscar Mike the Headless Chicken en Google. A mí me aparecen más de cien mil resultados. Tiene página oficial).

Lo interesante es lo que ocurrió a continuación. Lo más humano habría sido rematar a Mike, o dejarlo en paz junto a sus amiguitos pollos. Nada de eso. La primera idea que se le ocurrió a Lloyd Olsen fue: “Este pollo sin cabeza me hará rico”.

He aquí uno de los aspectos más sórdidos de la naturaleza humana. Tendríamos que dejar lo aberrante en la esfera de lo aberrante. Sin embargo, un impulso ruin, mezquino y obsceno, nos impulsa a sacar provecho de lo insano; a convertir lo aberrante en lucro. Vivimos en un mundo de pollos sin cabeza. O de aberraciones instrumentalizadas, como prefieran. La última: el caso Jordi Pujol hijo: la amante del hijo de un expolítico canta mil miserias, a cual más aberrante. ¡Qué hallazgo tan inusual! El hijo del exvirrey resulta ser un chulapón descerebrado. “Muy bueno en la cama”, según la amante. Pero corruptísimo. El tipo es tan cutre, y podrido, que llena bolsas y bolsas de basura con billetes que evade a Andorra. Extraordinario: ¡he aquí el pollo Mike de la política catalana! El Gobierno actúa como Olsen. Como a este, se le aparece un imprevisto estrambótico, y allí donde el granjero de Colorado vio un capital financiero el Gobierno ve un capital político. Por cierto, que los mensajes que han trascendido revelan una zafiedad tabernaria: “Uauuu!”, escribe el mismísimo jefe de gabinete del presidente Rajoy a la amante. “Yo te haré un monumento a tu cuerpo”. Lamentable. Y mal escrito. Olsen era un pobre palurdo, pero al menos no consta que ofendiera a la gramática. Pero claro, como el mismo jefe de gabinete recuerda a la amante, el sagrado fin último de todo aquello es “salvar España. Besote”. Pues muy bien. Los salvapatrias de hoy son tan deplorables como los de antes.

Pero volvamos a Mike, el pollo de Colorado. Olsen convirtió al pollo sin cabeza en una atracción friqui. En su espectáculo exhibía a Mike sobre una pasarela, por donde correteaba arriba y abajo, mientras la cabeza del pobre pollo se lo miraba desde el interior de una botella de formol. ¿El precio? Veinticinco centavos. Es decir, lo expuso a la exhibición pública. Como el Gobierno el caso Pujol Ferrusola.

Como era de prever, Mike the amazing headless chicken generó disparidad de opiniones. Unos lo consideraban un auténtico milagro, o al menos un pollo de lo más listo. (No se acaba de ver qué relación tiene la efectividad de un hachazo guillotinero con la inteligencia de la víctima, la verdad). Otros, como cierto vecino de Olsen, fueron más lacónicos: “En mi opinión -afirmó este vecino-, Mike era un pollo tan estúpido que no sabía ni morirse”. En fin, lo único constatable es que la opinión de ese vecino fue minoritaria: todos los otros empezaron a cortar cabezas de pollos, con la esperanza de encontrar alguno tan extraordinario como Mike, así que durante las semanas siguientes Colorado vivió una auténtica epidemia de decapitaciones. Y eso es lo que da pavor. Que en las próximas semanas, meses, el Gobierno haga mil esfuerzos, empiece a decapitar a diestro y siniestro, con la esperanza de encontrar el definitivo pollo Mike de la política catalana, española, universal. Ya veremos.

Mike, el pollo sin cabeza, acabó mal. Olsen lo alimentaba inyectándole vitaminas directamente en el esófago. Hasta que un día, dieciocho meses después de que le cortaran la cabeza, durante una gira por Arizona, Olsen volvió al hotel y lo halló muerto, las patitas apuntado al cielo, tiesas. Por cierto: Lloyd Olsen no se hizo rico. Al contrario. Su particular cuento de la lechera acabó mal, muy mal: el representante, los abogados y el fisco lo hundieron en la miseria. Pero en eso, ah, en eso sí que difiere la historia. Porque el Gobierno se dijo: “Expondremos al malandrín, los catalanes se dirán: ¡qué corruptos son nuestros capitostes!, el soberanismo desinflaremos y a la V no irá ni una pobre gallina desplumada”. Y mira tú por donde, en eso tenían razón: el 11 de septiembre el vacío en las calles fue atronador.

Albert Sánchez Piñol

http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20140921/54416183422/pollos-cabeza-albert-sanchez-pinol-opi.html#ixzz3E3PUZqYp