Desmond Tutu explica con una media sonrisa satisfecha que hasta el año 1992, por ley, los matrimonios entre blancos y negros eran ilegales en Sudáfrica. El apartheid, la institución de la segregación racial, era ley. La legislación española prohibía el divorcio hasta 1981, aunque una ley republicana -vigente de 1932 a 1939- lo había legalizado hacía medio siglo. Si se trata de una pareja del mismo sexo, la unión legal no fue posible hasta 2005. Y hablando de relaciones entre personas del mismo sexo, la ley aún prevé la pena de muerte por su práctica en cinco países del mundo y en diez está penada con cárcel. El imperio de la Ley, lo llaman.
Las leyes, sin embargo, son caducas por definición. Nacen en un contexto político determinado y cuando este contexto político cambia o se transforma también lo hacen las leyes.
La semana pasada hablamos desde esta misma tribuna de la aportación brillante de Mariano Rajoy al debate sobre el proceso de transición nacional “En Cataluña no habrá consulta y no habrá independencia porque una y otra son ilegales”. Siéntese y descanse, podríamos añadir.
También desde las instituciones europeas nos ha tocado aguantar esta última legislatura las obviedades simplificadas de Barroso y parece que Juncker, el nuevo presidente de la Comisión Europea, variará poco el rumbo: que si no hay precedentes, que los tratados europeos son muy claros, el mantra de la indivisibilidad de los Estados miembros… ¿Y saben qué? En cierto modo tienen razón.
Tienen razón porque lo que proponemos desde Cataluña sobrepasa la legalidad establecida. Tienen razón porque el proceso político que protagonizamos es inédito en la Europa contemporánea: lo hacemos desde el desacuerdo con el Estado donde nos encontramos incorporados y lo hacemos desde la determinación política y democrática de un proyecto pacífico fundamentado en la voluntad mayoritaria de la sociedad catalana. Ninguna ley no lo ha previsto, y por eso las leyes que nos enseñan para amenazarnos resultan pequeñas y ridículas, inútiles. “Dice la Constitución que…” Muy bien, muchas gracias, cuídela mucho, ¿eh? Pero a nosotros ya no nos sirve y probablemente a ustedes pronto tampoco.
En Europa -y en nuestros sueños más utópicos nos gusta imaginar que también en España- se actuará políticamente en el momento que materialicemos el primer hecho político que supere la legalidad establecida. A través de las urnas y a través del Parlamento evidenciaremos que ciertas legislaciones ya no son útiles porque resultan inútiles para nuestras necesidades actuales, de acuerdo con lo que expresaremos por vías pacíficas y democráticas. Para ello crearemos otras nuevas y por eso nuestro entorno hará evolucionar los respectivos marcos legales: para adecuarlos a la realidad. Como ha ocurrido siempre. Porque a pesar de todo, la humanidad progresa y progresa adecuadamente.
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