Francia, Le Pen, el pueblo

Hace muchos años, más de una docena, cuando se produjo el primer y espectacular gran éxito electoral del Frente Nacional de Le Pen, hice una pequeña prueba empírica de una sospecha que hacía tiempo que incubaba.

 

El semanario Le Nouvel Observateur publicaba un informe completo sobre las elecciones, con unos mapas de colores donde figuraba, por circunscripciones, la evolución histórica de los resultados. Arranqué las hojas, de papel fino, las coloqué superpuestas sobre el cristal de la ventana, y la prueba fue contundente: el ascenso y el éxito del Frente Nacional correspondía casi exactamente a los lugares donde antes triunfaba siempre el Partido Comunista. Y así continuó, casi punto por punto, y hasta ahora. Ya sé que a menudo se trata de zonas deprimidas, afectadas por la decadencia de la minería o la industria pesada, de banlieues populares un poco decadentes o dejadas, de mucha gente que mira el futuro con escasa esperanza.

 

También es cierto, sin embargo, que en otras regiones de Francia de evolución diferente (como el sur y el sureste, por ejemplo), el ascenso de la derecha extrema ha sido igualmente formidable. Y es cierto, igualmente, que la izquierda (izquierda nueva o radical, comunistas clásicos, socialistas) parece que deja de ser percibida como esperanza o defensa de estos sectores sociales, los cuales, cada vez más, se vierten a una derecha populista y reaccionaria… que predica con un lenguaje a menudo paralelo y casi idéntico al de la demagogia de una cierta izquierda extrema. Me explicaré con otra muestra empírica. Poco después de aquellas elecciones que he mencionado, Jean-Marie Le Pen, tal como ustedes recordarán, superó a Lionel Jospin, candidato socialista, en el primer turno de las elecciones presidenciales.

 

Aquella noche, en las televisiones francesas, Le Pen triunfante declamaba, con pasión desatada, que ese resultado era el triunfo de los obreros, los mineros, los parados, los agricultores, los pobres, del pueblo de Francia, y que era un triunfo contra la globalización, contra la gran banca, contra las multinacionales, contra la burocracia europea, y otras frases exaltadas que no habría superado un trotskista entusiasta. No es ninguna fantasía mía: fue así. Y este lenguaje (que no sé qué programa real oculta, pero no importa) ha continuado funcionando con una eficacia imparable. Acompañado, eso sí, de la versión más cerrada y más dura de un nacionalismo intolerante, excluyente y áspero, tan atractivo para una parte muy grande de los electores jóvenes y de lo que se llamaba “clases populares”. Y yo, en mis paseos matinales, todavía veo carteles de las pasadas elecciones, donde con letras muy grandes piden la salida de la OTAN, del euro y de la Unión Europea (que es tanto como decir “¡nosotros solos!”, y ¡viva la autarquía!), con un eslogan complementario:”Todo para la clase trabajadora”. Estos muchachos del PCPE, y algunos otros, van un poco cortos de información.

 

La información (en el país de la revolución, de la libertad, la igualdad y la fraternidad) es ésta, según el diario Le Monde: Sin sorpresa, dice (¡sin sorpresa!), es entre los jóvenes y las categorías populares donde el Frente Nacional saca los mejores resultados. Así, las elecciones europeas confirman las tendencias observadas (¡por supuesto!) a lo largo de los escrutinios de los últimos años. Entre los menores de 35 años, el partido de Marine Le Pen obtiene el 30% de los votos, 5 puntos por encima de su media nacional. Puede presumir de ser un partido “joven”, ya que saca entre los mayores un resultado inferior a la media: sólo el 21% de los más de 60 años han votado al FN. A la inversa la derecha digamos tradicional, la UMP, aparece más que nunca como el partido de los “seniors”: obtiene un 25% entre los mayores de 60 años, 5 puntos por encima de su media nacional. Y alerta a la izquierda: sólo el 15% de los menores de 30 años han votado al Partido Socialista… y François Hollande había prometido que haría de la juventud la “prioridad” de su presidencia: ¡éxito total! Y finalmente, entre el electorado llamado popular, el partido de extrema derecha hace lo que en francés llaman ‘un tabac’: el 38% de los empleados y el 43% de los obreros han dado su voto al Frente Nacional.

 

Significa, paralelamente, que, entre los sectores sociales que constituían su base y su objetivo, la izquierda ha quedado prácticamente laminada: apenas un 8% de los obreros y un 16% de los empleados han votado el PS. Y no es precisamente el Frente de Izquierdas el beneficiario, con un 8% del voto de los obreros y un 5% de los empleados. Ahora, cada uno (sobre todo los que se llaman “expertos”) podrá interpretar todo esto como le apetezca, o como más le convenga, y hacer las consideraciones que quiera. Pero que vuelva a leer atentamente los números, y que repase la historia y la doctrina.

 

ElTemps