Robinson Crusoe, una metáfora analfabeta

Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe, no es estrictamente una obra de ficción; está basada en la vida de Alexander Selkirk, un marinero inglés abandonado por su capitán, William Dampier, en el remoto archipiélago de Juan Fernández, actualmente territorio chileno. Selkirk, que había llegado a la isla en 1705, fue recogido cuatro años más tarde por el mismo Dampier. Durante la estancia en la isla, Crusoe contempla cómo un grupo de indígenas se vierten periódicamente a una orgía de violencia y sangre: encienden una hoguera en la playa y matan y devoran a sus prisioneros. Aquella situación le hiere, pero no actúa de forma inmediata. Sus argumentos tienen profundidad; en primer lugar, la Providencia permite, por algún misterioso designio, la continuidad de aquellos actos generación tras generación. En segundo lugar, los indígenas no le han hecho a él, ningún mal; y además, ¿en nombre de qué autoridad puede intervenir en sus asuntos? Finalmente, ellos no tienen conciencia de estar participando en un crimen. Crusoe, pues, se detiene; aquellas consideraciones “le frenan e inmovilizan”. Rememora que los españoles -sí, los españoles- utilizaron argumentos muy convincentes para justificar todo tipo de matanzas indiscriminadas. Pero la inferencia más interesante tiene una base teológica (protestante): aquellos caníbales cometen delitos de carácter nacional; es decir, sus actos no son fruto de la decisión de un individuo particular o de un grupo de individuos concretos: sus actos forman parte de ancestrales costumbres colectivas. Esto quiere decir, según Crusoe, que hay que dejarles en manos del Señor, rector supremo de las naciones, el cual “sabe infligir correctivos nacionales para castigar delitos nacionales”.

 

Crusoe/Defoe parece conocer con cierta profundidad las circunstancias que rodearon la gestación de la Leyenda Negra, e intenta no caer en las mismas trampas teóricas -pero no prácticas: Crusoe terminará haciendo lo mismo que cualquier conquistador español, pero con otros argumentos-. La solución esgrimida, eso sí, permite suavizar el problema del relativismo cultural a través de una actitud coherente y conceptualmente económica: acentuando el ethnos (“los delitos nacionales”, y por tanto particulares) en detrimento del ethos (la compasión, la humanidad, lo que sentimos al ver el sufrimiento del prójimo) dejando en manos de la Providencia las consecuencias de esta fricción.

 

Al final, sin embargo, como era de esperar, se produce una verdadera carnicería: los indios son liquidados con las abundantes armas de fuego de que disponía el náufrago. ¿En nombre de qué? ¿Dónde quedan los anteriores argumentos, pues? La Providencia, evidentemente: la Providencia le ordenaba salvar a Viernes. Pero, ¿por qué se provoca una masacre, tiempo después, cuando Viernes ya está a salvo y no corren ningún peligro? Aquí el argumento ya resulta algo más precario y resbaladizo: Crusoe no puede castigar un delito nacional, porque esta decisión sólo pertenece a Dios; pero Viernes sí forma parte de aquel pueblo y tiene derecho, por tanto, a actuar contra los individuos concretos que forman aquella expedición (y Crusoe, por su parte, tiene el deber moral de ayudar a su amigo y la obligación de proteger a su súbdito -porque es así como literalmente le tilda-). Aunque un buen número de cadáveres flotan en el mar, todo se ha hecho pues como Dios manda.

 

Crusoe no se presenta con su nombre al salvaje, sino que le obliga a designarle con el inequívoco apelativo de dueño. Se omite también que este dueño lo es en la más estricta literalidad. Viernes (a quien, por cierto, Crusoe nunca le pregunta cómo se llama de verdad) tiene sólo un destino: ser un criado “útil y servicial”. En cambio, el náufrago español que aparece más adelante en exactas circunstancias a las de Viernes no le pone un nombre de día de la semana, ni le ordena que le llame dueño, ni le obliga a hablar en inglés. Se dirige a él en portugués, dócilmente, para preguntarle quién es, y él -en latín- responde: “Christianus”. El náufrago quiere asegurarse un trato civilizado y por ello no responde al quién es sino, directamente, al qué es: “Christianus”; es decir, “No soy un salvaje, ni un antropófago, ni un pagano; no me trates, pues, como tienes derecho a hacerlo con estos”. A los otros españoles con los que contacta posteriormente les informa, entre otras cosas, que “dispone de un criado”. Porque son justamente los españoles los que al final van a pedir ayuda a Robinson Crusoe en su isla… ¿No encuentran interesante todo esto que les cuento? Las metáforas, ya ven, las carga el Diablo. O la ignorancia, siempre tan atrevida.

ARA