Intelectuales, cultura

Recordemos que actividades o hechos que designamos como “arte” o “literatura”, “espíritu crítico”, o incluso “pensamiento” también tienen el sentido que ahora tienen sólo desde finales del siglo XVIII, y no por simple coincidencia.

El arte, originalmente, es el conocimiento práctico -la tekhné los griegos- que se necesita, aprende y aplica para hacer zapatos, esculturas, vestidos o pinturas, o para curar un enfermo, combinar medicinas en la oficina del boticario, o defender a un cliente en un proceso: arte eran las diversas ocupaciones y agrupaciones de los artistas, es decir, de los gremios profesionales.

Pero la misma palabra o concepto ha acabado convirtiéndose en un atributo superior impreciso, de un indefinible, reductivo y elevado orden “estético” y ontológico (tal pintura, tal música, es arte, o no es arte, según quien le aplique un concepto u otro, y con frecuencia no se sabe bien por qué…), y en el conjunto de procesos y productos que poseen esta cualidad impalpable (según el diccionario Larousse, “arte” es una actividad “espiritual”, por oposición actividad manual: es decir, lo contrario de lo que había significado siempre…). Y no deja de ser un pequeño misterio de la selección artificial de las especies que las “bellas artes”, en escuelas o en museos con tal nombre, excluyan regularmente la música, la poesía o la novela, después de haber excluido como simples artes la medicina, la carpintería o la oratoria judicial.

Y literatura (actividad “intelectual” por excelencia) es otro neologismo “culto” con pocos siglos de vida, que, en definitiva, deriva de literato o letrado, que originalmente significaba “aquel que sabe de letra”, es decir, “que practica aceptablemente bien la lectura y la escritura”. Este es el modestísimo origen de palabras tan solemnes, y quien no repase un poco la evolución semántica de esta serie de palabras, es decir, la historia social de los conceptos, puede pensar que son eternos, cuando tienen apenas poco más de un siglo o dos. No parece, sin embargo, que los “intelectuales” (?) romanos o renacentistas sufrieron graves restricciones por no poder hablar de arte, cultura o literatura (con estas palabras), tal como hacen incesantemente nuestros contemporáneos.

De paso: la “cultura”, en sentido moderno-contemporáneo, va asociada al poder (lo que sea: político, institucional, academias, clase “alta”…), y “culto” significa persona con capacidad de cultivarse, de cultivar el espíritu (no el cuerpo…) con el ejercicio de la inteligencia… Quiere decir perteneciente a la élite (élite = electo, selecto, seleccionado): que está por encima de la masa, del pueblo (¿qué se pensaban los miembros de aquella Asamblea de Intelectuales de los años 70?).

¿Y quienes practican o poseen cultura de élite, “alta”, son por definición los intelectuales? El vocabulario es sospechoso, la sustancia de las palabras es mínima… Y sin embargo hablamos, del arte y de la literatura (y de la cultura humana, o de la “cultura contemporánea” o la “cultura catalana”!), como si fueran sustancias con realidad ontológica propia, no categorías mentales más o menos arbitrariamente construidas. Como si fueran seres orgánicos y autónomos que viven, crecen, mueren, tienen tendencias y casi voluntad: hablamos de la crisis de la poesía o del teatro, de la vitalidad de la literatura, de la muerte de la novela, de las tendencias de la pintura, los caminos del arte, o afirmamos que la cultura está enferma o es vigorosa o saludable o exangüe.

Hablamos de una manera y con un sentido tal que un “culto” del Renacimiento, en tantas cosas tan próximo a nosotros, no habría podido “todavía” entender de ninguna manera, y ciertamente no de nuestra manera: para él existían las pinturas y las esculturas, los cánones de belleza de la arquitectura en tanto que eran modelo y norma para la construcción, pero “todavía” no existía el arte. Existían la gramática, la retórica y la poética como entrenamiento y como conjunto normativo, y existían las obras de los autores antiguos y modernos y los comentarios sobre estos autores y obras, pero no existía la literatura. Existían los teólogos, los filósofos, los juristas, los astrónomos, los matemáticos (existían Montaigne, Descartes, Pascal, o Bacon o Hobbes, o Gracián…), pero no existían los “intelectuales”.

Y no parece que entonces se echaran a faltar. La pregunta es: ¿por qué los hemos “inventado” o “descubierto” nosotros, hace poco más de un siglo? Pregunta asesina: ¿hemos “creado” una categoría vacía, y por tanto de contenido inexistente…? La respuesta, a gusto del consumidor.

ElTemps