Hace sólo dos años, la Comisión Europea proponía impulsar una “nueva revolución industrial”, para lo que urgía a los países de la UE a adoptar medidas para relanzar la manufactura en el continente. Tales medidas debían pivotar en torno al fortalecimiento de la competitividad, con el fin de impulsar la recuperación y facilitar la transición hacia una economía baja en carbono y eficiente en el uso de los recursos. Hace un mes, la Comisión reconocía que su iniciativa no va por buen camino, advertía que los costes de la energía estaban acentuando el declive industrial de la UE y decía que, si no se ponía remedio a este problema, la industria europea podía quedar rezagada respecto a la de Estados Unidos.
En su informe del 2013 sobre competitividad industrial, la Comisión constataba que los resultados económicos de la industria de la UE habían caído a un 15,1% del PIB frente al 15,5% del año pasado, situándose lejos del objetivo del 20% previsto para el 2020. Una situación muy diferente de la de Estados Unidos, inmerso en un claro proceso de reindustrialización impulsado por la energía barata derivada de la explotación masiva del shale gas. Una auténtica revolución que ha instado a ciertas industrias a reubicarse en Estados Unidos para aprovechar las ventajas competitivas que este país les ofrece. La Comisión ha reconocido que los precios del gas natural en la UE son casi cuatro veces más altos que en Estados Unidos. Una diferencia que tan sólo podría reducirse si este último país se decidiera a exportar parte de su gas, lo que actualmente resulta complicado. Los líderes de la UE celebraron una cumbre a principios de este año para tratar el tema de la energía y reconocieron que muy difícilmente la UE podría replicar el éxito del shale gas estadounidense debido a factores geológicos, medioambientales y de propiedad del subsuelo. Como alternativa, los dirigentes europeos destacaron la importancia del ahorro y la eficiencia energética, aunque, hasta la fecha, el conjunto de la UE no ha podido cumplir con los objetivos fijados. Y, para más inri, los problemas no se circunscriben sólo al ámbito de los precios de la energía y de la competitividad industrial. También se extienden a los de seguridad de suministro y del medio ambiente. Por ejemplo, en este último frente, los bajos precios del gas en Estados Unidos han favorecido las exportaciones de carbón hacia la UE, contribuyendo a un auge de las emisiones contaminantes que, dada la ineficacia del actual mercado del CO , sólo se ven contrarrestadas por la crisis económica. Ante esto, no resulta extraño que cada vez se alcen más voces críticas sobre la política energética de la UE. Y algunos hablan de fracaso.
La Vanguardia






