Que Lituania y Letonia, a través de sus primeros ministros, hayan expresado simpatía hacia la causa catalana entra dentro de lo que es normal. Que lo hayan hecho públicamente y en este punto del proceso ya no es nada normal. Pero que España reaccione llamando a los embajadores respectivos es aún más sorprendente, una muestra más de cuán desorientada está.
La diplomacia es una disciplina artística muy reglada. El contacto entre los embajadores y el país que los acredita es frecuente. Reuniones regulares, cócteles cotidianos y encuentros y entrevistas de todo tipo sirven para comentar el día a día y hacer mover la rueda. Por eso generalmente los gestos públicos son tan escasos. La diplomacia valora la discreción y sólo cuando un asunto se considera realmente grave e importante se toman decisiones de visibilidad pública.
Decisiones que son básicamente tres. Cuando hay un asunto molesto un país suele enviar una nota oficial de protesta al otro, como primera medida. Tan sólo si el conflicto persiste llama al embajador del otro país o llama a consultas al embajador propio en el otro país, un gesto que habitualmente se relaciona con un deterioro claro de las relaciones bilaterales. Básicamente porque, superado esto, la confrontación ya únicamente puede aumentar rompiendo las relaciones diplomáticas.
En la reciente crisis por Gibraltar, por ejemplo, Madrid no llamó al embajador británico. Londres sí citó al embajador español. Pero España evitó en todo momento hacer visible el conflicto diplomáticamente. De hecho, en los últimos años España ha llamado a pocos embajadores. Al de Venezuela varias veces y al de Argentina tras la nacionalización de Repsol. Además de algunas acciones comunes de toda Europa con Irán o Egipto, que se entiende que no responden a la política propia.
Llamar a los embajadores de Letonia y Lituania por unas declaraciones razonables de los primeros ministros es en este contexto, por lo menos, una gran exageración. Ninguno de los dos habían dicho cosas que no fuesen sensatas. Se limitaron a proclamar que en caso de una independencia legal nos reconocerían y a sentirse contentos con que el ejemplo de la Vía Báltica fuera seguido aquí. Midieron mucho lo qué decían. Y, si bien es cierto que resulta sorprendente que lo hayan hecho, más cierto es aún que la acción española magnifica las declaraciones de una manera que a quien menos interesa, me da la impresión, es precisamente a España.
No porque Letonia o Lituania se puedan enfadar, que ya se han enfadado. También porque denota un nerviosismo agudo y unas formas de una extrema intolerancia en este tema concreto, que delatan claramente los miedos del Estado, su debilidad. Solo hay que recordar en este sentido que hay países europeos que en los últimos dos años han dicho cosas muy graves sobre la economía o la sociedad españolas sin que el Estado haya reaccionado en ningún caso públicamente como ahora manifiestando el conflicto diplomático.
Yo he de decir que me ha sorprendido. Mucho. No pensaba que ningún país se apartase de la prudencia máxima y la discreción absoluta hasta la proclamación de la independencia, cuando todo el mundo tendrá que tomar posición inevitablemente. En este sentido es posible que lo que ha pasado sea un síntoma de la impaciencia con que dicen que Bruselas mira la actitud obstruccionista de Rajoy.
Tengamos en cuenta que Lituania ejerce este semestre la presidencia de turno de la Unión, y eso quiere decir que tiene los cinco sentidos aplicados en la dirección de la política común. No es sólo en la cocina, sino que conduce directamente a los fogones. El primer ministro lituano, pues, es imposible que no fuera consciente del malestar que podían causar sus palabras en Madrid. Y sin embargo las dijo. Quizá por eso España ha reaccionado de una manera tan vehemente. Lo sabremos pronto…
Por cierto, que no puedo evitar contaros algo divertido. El embajador letón en España es Janis Eichman, un profesor de ciencia política con una gran experiencia… y canadiense. Toronto es la primera ciudad letona del mundo, por delante de Riga, y cuando Letonia se hizo independiente hubo muchos letones de Canadá que les ayudaron. Entre ellos el profesor Eichman que, con ocasión del conflicto con Quebec, defendió en público la famosa sentencia de la corte suprema según la cual el Quebec no tenía derecho constitucional a la independencia pero que, como la constitución debe ser sometida a la voluntad popular, si los quebequenses la votaban favorablemente no había más remedio que aceptarla. Francamente, me encantaría oír la lección que puede dar a Margallo…
Vicent Partal
VILAWEB








