La celebración de la Diada marca un punto de no retorno en la reivindicación del derecho a decidir de Catalunya. La consolidación de una reclamación democrática que ha ido en aumento desde que el intento de reorganizar el encaje de Catalunya en el Estado español a través de la reforma de su Estatut -que tuvo un muy mayoritario respaldo en las urnas-, chocase con la cerrazón del nacionalismo español más casposo en Madrid representado en aquella desafortunada frase del desafortunado Alfonso Guerra: “Nos hemos cepillado el Estatut”. El mismo cepillado que ahora quieren imponer al Convenio Económico, y al autogobierno de Navarra vía recursos ante un Constitucional que controlan políticamente -el presidente es incluso militante del PP-, contra leyes forales aprobadas en el Parlamento de Navarra. El cepillado al Estatut abrió la puerta a la vía soberanista en Catalunya ante la dejadez e ineficacia de los gobiernos de Madrid, empeñados en mirar para otro lado. Y al azuzamiento del enfrentamiento territorial desde los medios. El error histórico de desatender las legítimas reivindicaciones catalanas expresadas de forma cívica, libre y democrática evidencia una falta de normalidad democrática en la concepción política de amplios sectores del PP e incluso del PSOE. Una falta de normalidad democrática -más evidente aún si se compara con la actitud política de Gran Bretaña respecto a la reivindicación independentista de Escocia-, derivada de la impostura de defender como único estado de normalidad su idea de una nación española única y uniforme. Ése es el problema: que esa idea de nación es una idea de nación fallida. La movilización ciudadana de esta semana en Catalunya es el ejemplo más visual de que esa concepción centralista de España es simplemente falsa. No existe siquiera en buena parte de la propia ciudadanía española. En realidad, únicamente es la construcción de una idea irreal con la que se ha hecho negocio político o mediático o militar desde el siglo XIX. Y es buena parte de la causa de la crisis institucional que asuela al actual modelo de Estado español. No sólo por el conflicto político de Catalunya en defensa de su derecho a decidir y de su reconocimiento como sujeto político propio, sino también por la crisis que afecta a importantes instituciones del Estado -desde la politización y el amiguismo en los altos tribunales de justicia al deterioro financiero y económico de las administraciones públicas-, y, sobre todo, por los escándalos de corrupción que se suceden día a día. Es el propio modelo político bipartidista que se trató de imponer en la transición al amparo de una falsa uniformidad del Estado –cepillándose los resortes políticos, jurídicos y constitucionales que abrían la puerta a la construcción de un Estado plurinacional-, lo que está en crisis profunda, económica, política y de credibilidad también internacional. Acaba de ocurrir en el despropósito de escenificación de la candidatura olímpica Madrid 2020 en Buenos Aires. Un bochornoso ejemplo ante la comunidad internacional de la marca España como una nación fallida. Si Rajoy no asume su responsabilidad de gobierno y acepta el diálogo y la vía democrática para Catalunya, la actual crisis del Estado español sólo irá a peor. Será el principio del camino hacia una ruptura definitiva si no se alcanza un nuevo pacto democrático sobre un modelo de Estado alejado de esa irreal España uniforme.
Joseba Santamaria
Noticias de Navarra









