Paradojas de Gibraltar

“Cuando Gran Bretaña incorpora a su soberanía Gibraltar, Menorca y otros territorios cedidos por el Rey de Francia Luis XIV, es cuando empieza a desentenderse del caso catalán”

 

Jaume Freixes

 

Las tensiones sobre Gibraltar entre España y Gran Bretaña han hecho aflorar cierto sentimiento de solidaridad británica desde algunos sectores de Cataluña en un momento complicado para nuestro país. La conmemoración del Tricentenario del final de la guerra de sucesión calienta motores y, como siempre, la historia nos da mucha perspectiva aunque, como decía aquel, siempre estemos condenados a repetirla.

 

La España del absolutismo surgido del triunfo de Felipe V en la guerra de sucesión, dibuja la arquitectura de un Estado centralista y centralizador que, a través de los Decretos de Nueva Planta, termina con las leyes, los órganos legislativos y los fueros de los territorios de la Corona de Aragón.

 

Las constituciones liberales del siglo XIX quitarán la “soberanía” de manos del Rey y la devolverán a la voluntad popular a través de las Cortes, pero ya nunca más el concepto “soberanía” podrá asociarse a un territorio concreto y pasará a residir en el “pueblo español” tal y como recoge el título preliminar de la Constitución Española de 1978.

 

El peñón de Gibraltar, territorio anexionado por Gran Bretaña como consecuencia del Tratado de Paz de Utrecht es, de hecho, el principio del fin del trágico destino de la Barcelona de 1714. Cuando Gran Bretaña incorpora a su soberanía Gibraltar, Menorca y otros territorios cedidos por el Rey de Francia Luis XIV, es cuando empieza a desentenderse del “caso catalán”.

 

Lo que hasta entonces era una guerra dinástica de alcance continental, pasa a ser una guerra entre Felipe V y los catalanes abandonados a su suerte tal como dramática y magistralmente narra Albert Sánchez Piñol a su “Victus 1714” que estos días supongo habrá terminado de leer Mariano Rajoy.

 

“The Case of the Catalans Considered”, fechado a mediados de 1714, refleja el debate generado en Gran Bretaña sobre el caso catalán y, entre otras cosas, se afirma, con remordimiento y sobre el trágico destino que se intuía para los catalanes: “Sus antepasados les legaron los privilegios que gozan de hace siglos. ¿Ahora deben renunciar a ellos sin honor y deben dejar, tras ellos, una raza de esclavos? No. Prefieren morir todos, o la muerte o la libertad, esta es su decidida elección. ¿Abandonaremos un pueblo fiel, cuyo único crimen consiste en haberse adherido a nosotros? ¿La palabra catalanes no será sinónimo de nuestra deshonra?”

 

De nada sirvieron esta y otras reflexiones. El Rey Jorge I de Hannover, sucesor de la Reina Ana, y su gobierno, a pesar de algunas tímidas gestiones, llegaron a la conclusión de que los beneficios obtenidos en el Tratado de Utrecht eran muy superiores a continuar inmersos en una guerra cruel de la que se adivinaba el final.

 

Paradojas de la vida, el peñón que desencadenó el principio del fin de aquella guerra terrible genera ahora muestras de comprensión desde Cataluña como si, trescientos años después, el destino diera a los británicos otra oportunidad para limpiarse la mala conciencia.

 

Pero no nos engañemos. Trescientos años son muchos y Gran Bretaña, como ya hizo entonces, siempre ha seguido punto por punto la máxima del Premier Lord Palmerston que, en política exterior no hay aliados sino intereses.

 

El primer ministro británico, David Cameron, que está conduciendo el referéndum de Escocia con finura e inteligencia política, es probable que, en el caso catalán, no vaya mucho más allá de una apelación genérica al diálogo. También en aplicación de otra máxima de su contemporáneo Winston Churchill que decía que la política es más peligrosa que la guerra porque en la guerra, sólo se muere una vez.

 

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