El 17 de marzo de 1982, el banquero Roberto Calvi apareció ahorcado en el puente de los Frailes Negros (Blackfriars) de Londres. Parecía un suicidio, pero años más tarde una segunda investigación forense, encargada por sus familiares, dictaminó que el presidente del Banco Ambrosiano de Milán había sido asesinado.
Cuatro años más tarde, el 20 de marzo de 1986, Michele Sindona, un oscuro financiero siciliano que había denunciado diversas operaciones irregulares en el Ambrosiano, murió en la cárcel después de verter en su café un sobrecito de azúcar en el que alguien había introducido cianuro. Sindona, conectado con la Mafia, había pedido dinero a Calvi para mantener en pie su negocio (la Banca Privada Italiana) y el jefe del Ambrosiano se lo negó. Calvi y Sindona habían compartido amistad y afiliación a la logia masónica Propaganda Due, organización en la que confluyeron políticos, banqueros, militares, oficiales de los servicios secretos, algún eclesiástico y algún periodista. Un secreto centro de poder en la convulsa Italia de los años setenta, que también atrajo la atención de Silvio Berlusconi, joven empresario inmobiliario y promotor de televisiones locales.
Las informaciones comprometedoras sobre el Ambrosiano destaparon un formidable escándalo financiero. El banco católico de Milán había realizado muchas operaciones temerarias con dinero del Instituto para las Obras de Religión (IOR), la banca del Vaticano, entonces pilotada por el cardenal norteamericano Paul Marcinkus. Operaciones opacas que, entre otras cosas, habrían servido para financiar al sindicato polaco Solidaridad, punta de lanza de la oposición anticomunista en Polonia. Calvi acabó colgando del puente más literario de Londres; Marcinkus regresó discretamente a Estados Unidos; la dirección de las finanzas vaticanas cambió de manos y el IOR adquirió una leyenda negra que ya nunca más se sacaría de encima.
El último intento de poner orden corrió a cargo del actual secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Tarcisio Bertone, con el nombramiento en 2009 del economista Ettore Gori Tedeschi, ex responsable del Banco de Santander en Italia y vinculado al Opus Dei. Tres años después, nuevo desastre. Tras chocar repetidas veces con el director general del banco, Paolo Cipriani, Gori Tedeschi cayó en desgracia y fue destituido con escándalo. El economista declaró a la prensa que temía ser asesinado y el Vaticano encargó un peritaje sobre su equilibrio mental. En febrero, en puertas del cónclave, otra sorpresa: Bertone nombró presidente del IOR al abogado alemán Ernst von Frayberg.
El nuevo Papa ha decidido intervenir con un comité de control –coordinado por Juan Ignacio Arrieta Ochoa, obispo vasco del Opus Dei, adscrito a la curia – y no se descarta que el IOR acabe siendo disuelto. Francisco está entrando en la Selva Oscura de Dante. El IOR es pieza decisiva en el engranaje que conecta el Vaticano con los nódulos del poder económico y político en Italia. Vienen tiempos de cambio. Señales intensas, en vísperas de la festividad de San Pedro.






