A veces morderse la lengua es una virtud. Hay una pedagogía del silencio. Cuatro días después de recibir una bronca en el Liceu, Felipe de Borbón se creyó en la obligación de replicar al alcalde de Girona cuando éste defendía el derecho a decidir. El camino del infierno está empedrado de oportunidades perdidas. Cuando Juan Carlos I envió a la infanta Cristina a Barcelona a cuenta de La Caixa, muchos aplaudieron la política de aproximación a las “nacionalidades históricas”. Y cuando la infanta se casó con Iñaki Urgandarin, algunos celebraron que así la monarquía se metía en el bolsillo a vascos y catalanes. Sí, los catalanes podemos llegar a este grado de tontería. Pero aquella reacción demuestra hasta qué punto la monarquía ha dañado el crédito que le otorgaban muchos catalanes con la buena fe de quien es capaz de comulgar con las migajas simbólicas del reinado. Para averiguar a dónde ha ido ese crédito es suficiente seguir las crónicas de los juzgados y las peripecias de la fiscalía. ¿Cómo podría esta dinastía reivindicar aún, sin ruborizarse, el papel de árbitro de la convivencia? Y a pesar de todo, Felipe, heredero de un Estado y de un puñado de títulos pintorescos por un derecho feudal divinizado -que incluye, por cierto, la modernísima ley sálica- le suelta al alcalde electo de Girona que hay que respetar las reglas del juego.
Una monarquía que invoca metáforas de casino poca credibilidad puede tener a su disposición. Pero aceptemos el envite y preguntemos de qué juego se trata. Porque la frase principesca es, efectivamente, un juego de palabras, un ‘calembour’. Felipe pone en juego dos nociones escasamente transparentes con evidente voluntad de confundir. La primera es el concepto de regla y la segunda el de juego, o sea, la actividad lúdica que deja la seriedad en suspenso. En este caso lo que se esconde y neutraliza detrás del juego es el drama de los catalanes como propiedad española y bien patrimonial de la Corona. El juego no es serio, pero las reglas son sagradas. Perfectamente, pero no resulta nada evidente que estos conceptos sean compatibles en el sentido arbitral que invoca el príncipe para no hacer el juego a una mayoría cualificada y certificada del pueblo catalán.
Las reglas son vinculantes siempre que los jugadores te sigan el juego. Pero jugar es una actividad voluntaria y el juego deja de serlo cuando se convierte en coactivo. Jugar es abrir el paréntesis de una excepcionalidad en el tiempo. No se puede jugar siempre, y es absurdo exigir que cada generación retome la partida, hasta el día del juguetón juicio final. Felipe podría haber dicho santamente que hay que respetar las leyes, pero él sabe que la ley, si no es natural -y hoy la monarquía de origen divino pasa por horas bajas- es fruto de un contrato, y los contratos son papel mojado cuando una de las partes decide rescindirlo. Además, la monarquía española suma a sus dolores de cabeza la ilegitimidad de origen. Es juego de muy pocas mesas el que esta monarquía debe su restauración a un decreto franquista (la ley de sucesión de 1969), es decir, a un golpe de estado prolongado en el tiempo.
El problema se agrava cuando uno de los jugadores insiste en que el otro está siempre fuera de juego. Y esto ocurre, en efecto, cuando se ponen en cuestión las leyes emanadas de Cataluña, se le invade las competencias y se le niega personalidad para jugar en igualdad de condiciones. Si en otro momento la misma monarquía había reconocido a Cataluña como sujeto político, autorizando Adolfo Suárez a pactar la continuidad histórica de la Generalitat republicana, ¿quién es ahora el que no respeta las reglas del juego? ¿O es que aquello era un juego de prendas y el Estado ya hace tiempo que ha decidido no entregar nada?
Felipe no quiere jugársela. Por ello niega que Cataluña sea un sujeto de derecho legítimo justo cuando su legitimidad se tambalea. Este reflejo torpe agrava la imagen de tahúr que va impregnando la dinastía. En su primera visita oficial a Cataluña, cuando parecía consolidarse la España autonómicamente uniformada del PSOE, Felipe había llegado a decir magnánimamente: “Cataluña será lo que los catalanes quieran que sea”.
Entonces Cataluña era un juego de cucaña para muchos políticos del Estado. Y ya que de juegos va la cosa, es obligado preguntarse si Felipe hacía juegos de manos con la ingenuidad de un pueblo que demasiado a menudo cobra con buenas palabras el pelo que se deja esquilar. Pero si aquel discurso era excepcionalmente auténtico y noble, entonces debemos preguntarnos qué catástrofe ha llevado a aquel joven príncipe a terminar jugando a los disparates como el resto de su familia, contradiciendo con la boca pequeña en medio de la barba canosa el discurso más vulgar y antidemocrático de la España que pretende heredar.






