Vitoria en 1813

 

 

La batalla supuso el final de un periodo catastrófico para la mayoría de la sociedad alavesa

Vitoria era, en 1813, con unos 7.000 habitantes, la población más grande del territorio histórico de Álava. Si bien en la actualidad la capital supone las cuatro quintas partes de la población de la provincia, en aquellos tiempos la proporción era la contraria. La ciudad era una quinta parte del total de la provincia, pero disfrutaba de la centralidad en ella, desde que en 1181 el rey de Navarra, Sancho VI el Sabio, la fundara como villa sobre la aldea de Gasteiz.

La Batalla de Vitoria, hecho bélico del que se han cumplido doscientos años, tuvo como escenario los alrededores de esta ciudad, ubicada en un cerro en las cercanías del Zadorra. El valle del río conforma la comarca de la Llanada Alavesa, hasta que llega a las llamadas Conchas de La Puebla de Arganzón. Se trata de un río mediano que recibe los aportes de otros ríos de pequeño caudal y de infinidad de arroyos, regatos, riachuelos y riajos que cruzan la Llanada por doquier. Algunos de estos pequeños cauces permanecen secos en verano. Sin embargo, unos días de lluvia o una tormenta fuerte pueden hacer que el agua vuelva a correr por ellos. Para cruzarlos, en su mayor parte, en aquel tiempo no existían puentes, sino simples vados.

La cuenca de Vitoria -y la Llanada en general- es un espacio fuertemente humanizado desde antiguo, ocupado por un gran número de aldeas, la mayoría de escasa población y algunas villas, de las que la más grande, Salvatierra-Agurain, tenía en 1813 alrededor del millar de habitantes. En torno a cada una de estas aldeas se extendían las zonas de cultivo, fincas pequeñas, delimitadas por setos vivos y muretes de piedra, donde se cultivaba principalmente cereal, y plantas forrajeras. Se trataba y aún lo son hoy en día, de las tierras más fértiles de Álava, un suelo de origen sedimentario, surcado por una multitud de pequeños cauces de agua que a menudo se desbordaban, enriqueciendo las áreas de inundación.

La ciudad de Vitoria Vitoria era cabeza de la Hermandad de su nombre, que comprendía también a los municipios de Elorriaga y Ehari, con un total de 43 pueblos. El término propio de Vitoria, llamado término campanil, por comprender en teoría el territorio desde el que se podía oír una campana tañida en Vitoria, abarcaba, además de a la ciudad, a Arriaga, Abetxuko y Betoño.

Vitoria, después de su conquista por los castellanos el año 1200, había experimentado dos principales ampliaciones, una hacia el oeste en tiempos del rey Alfonso VIII, a principios del siglo XIII, y otra hacia el este en los de su sucesor Alfonso X, a mediados del mismo siglo. Todo el conjunto se rodeó con una muralla. Extramuros, en el extremo sur de la villa, se edificó el convento de San Francisco y, al norte, el de Santo Domingo.

En los arrabales de Vitoria se habían constituido pequeñas agrupaciones de casas, llamadas redovas, en las que vivían los labradores que trabajaban los campos que rodeaban la villa. Éstas eran las de La Magdalena, al suroeste; la de Abendaño, más allá, donde había existido la aldea del mismo nombre, al sur; la del Arca, también llamada Egido del Concejo, todavía más al sur; Adurza, donde antes ya había existido una aldea con ese nombre; San Ildefonso, pegada a la muralla este; Arana, algo más al este; Aldabe, al oeste; y Santa Isabel, al norte.

En 1431, Juan II concedió a Vitoria el título de ciudad. En ese mismo siglo XV, los territorios vascongados fueron escenario de cruentas luchas entre bandos. El de los gamboínos, encabezado por el señor de Gebara, y el de los oñacinos, por el señor de Loiola. En Vitoria estas luchas se sustanciaron entre los Ayala y los Calleja, con un matiz algo diferente, puesto que en la ciudad la disputa giraba en torno al control de ésta por parte de unos o de otros, estando tras los Ayala los burgueses y tras los Calleja, cuya cabeza de linaje eran los Maturana -una rama de los Mendoza-, los hidalgos. En 1476, el rey consorte de Castilla, Fernando de Aragón, ejerció como mediador, acudiendo personalmente a Vitoria para lograr un acuerdo que beneficiase a ambas partes. Es decir, un reparto de poder entre las oligarquías locales.

A finales del siglo XVIII la ciudad ya no cabía entre sus murallas. Siendo alcalde el marqués de la Alameda se aprobó construir, con fecha 15 de marzo de 1780, una nueva ciudad extramuros. Se construyó un nuevo Ayuntamiento, diseñado por el arquitecto vitoriano Justo Antonio de Olaguíbel. Las obras comenzaron en octubre de 1781. La primera sesión en la nueva Casa Consistorial se celebró el 21 de diciembre de 1791. Olaguíbel construyó también el edificio conocido como Los Arquillos, al norte del Consistorio, finalizado en 1804. Mateo de Garay edificó, entre 1803 y 1807, el nuevo Hospital de Santiago, en un descampado al este de las murallas al pie del camino de Navarra. Durante la invasión francesa las tropas imperiales lo usaron como cuartel cuando aún no se había inaugurado, cosa que no pudo hacerse hasta 1820.

Ocupación Desde noviembre de 1807 los alaveses habían visto pasar por su tierra tropas francesas que se dirigían a invadir Portugal. Tropas que, en virtud del Tratado de Fontainebleau, debían ser alimentadas y alojadas a costa de los naturales de los territorios que atravesaban. En Vitoria se estableció, al mando del mariscal Bessières, uno de los dos centros neurálgicos de la ocupación francesa en la península. Desde la ciudad se pretendía, por un lado, controlar la vital ruta entre Irun y Madrid y, por otro, dominar el norte peninsular y el valle del Ebro.

Las exacciones económicas eran constantes y cada vez más cuantiosas. Pero también se requisaban alimentos, tanto por parte de los franceses como de las partidas guerrilleras, por lo que la carestía llegó a ser notoria hacia 1812, incrementándose los precios de manera desorbitada.

Estas circunstancias excepcionales dejaron al descubierto las carencias de una Hacienda, como la alavesa, anclada en el antiguo régimen, eficaz en condiciones normales, pero que hacía aguas en tiempos de crisis. El esfuerzo tributario recaía en la burguesía, que era quien movía el dinero, mientras que los hacendados rurales, a menudo con amplios patrimonios, no contribuían en consideración a su riqueza real, sino en relación a rentas fácilmente camuflables. Algún intento de averiguar las rentas reales de los propietarios rurales fracasó debido a que estos eran quienes detentaban mayoritariamente el poder en el Gobierno foral. La solución, por otra parte, no era fácil, puesto que estos propietarios, aunque contaban con dilatados patrimonios, tenían serios problemas de liquidez.

La burguesía vitoriana, asfixiada por las exacciones extraordinarias originadas por la guerra y la ocupación, se vio abocada a colaborar con los franceses, en muchos casos no tan a desgana como pudiera creerse, sino de buen grado por motivos de diversa índole, con la esperanza de que la administración bonapartista distribuyese la carga impositiva de una manera más favorable para sus intereses. Por otra parte, cuando las imposiciones tributarias crecieron, los concejos no tuvieron más salida que vender sus terrenos comunales.

Para recaudar los recursos que necesitaba para el mantenimiento de su ejército, así como para involucrar en su causa, la del imperio francés, a las clases pudientes de Vitoria, el general Thouvenot, a la cabeza de un Gobierno de Vizcaya, que incluía a Álava, anexionado al imperio, ideó un sistema que beneficiase a la burguesía.

Recaudó contribuciones extraordinarias provenientes de las clases pudientes vitorianas, considerándolas como préstamos, los cuales serían devueltos en su día, para lo cual suscribió los correspondientes recibos. Además, permitió que estos recibos fuesen negociables, sirviendo como pago para la adquisición de las propiedades, que los concejos se veían obligados a vender para hacer frente a las exigencias fiscales de los franceses. De ese modo obtenía fondos y, al mismo tiempo, conseguía crear una clase dominante fiel a los ocupantes.

Las consecuencias de este sistema se dejaron ver después de la guerra. Los concejos habían visto disminuidas considerablemente sus propiedades comunales, que en gran parte habían pasado a manos de los individuos pudientes de Vitoria. En la práctica, se había llevado a cabo un proceso de desamortización al pasar los comunales de manos públicas a manos privadas. Muchas de esas compras se habían llevado a cabo con los recibos emitidos por los ocupantes franceses que, una vez acabada la guerra, no tenían ningún valor, lo cual supuso la ruina de las aldeas del municipio de Vitoria.

En definitiva, no hay más remedio que concluir que la guerra y la ocupación francesas, que vieron su fin con la batalla que ahora se recuerda, supuso una auténtica catástrofe para los alaveses y vitorianos, si exceptuamos a aquellos especuladores, miembros de la oligarquía vitoriana, que supieron hacer negocio con todo ello.


http://www.noticiasdealava.com/2013/06/23/sociedad/vitoria-en-1813