El pasado mes de marzo conocíamos la noticia de un nuevo avance tecnológico que ha permitido a la compañía Japan Oil, Gas & Metals National Corporation (Jogmec) completar con éxito una prueba de extracción del metano contenido en muestras de hidratos de gas tomadas a un kilómetro de profundidad bajo las aguas del océano Pacífico, concretamente en la fosa de Nankai. Un hecho significativo si tenemos en cuenta que los hidratos de gas localizados en la parte oriental de dicha fosa contienen unos recursos de metano cercanos a los 1,1 billones de metros cúbicos, un volumen equivalente al empleado para cubrir las importaciones de gas natural licuado de Japón durante once años.
Los hidratos de gas son sustancias sólidas naturales, con apariencia de nieve helada, caracterizadas por una estructura clatrática (o en jaula) formada por un entramado cristalino de moléculas de agua que atrapan en su interior moléculas de hidrocarburos gaseosos, principalmente metano. Dentro de su jaula de hielo las moléculas de metano están comprimidas por un factor aproximado de 164, de modo que a presión y temperatura atmosféricas un metro cúbico de hidrato de gas libera 164 metros cúbicos de gas y 0,8 metros cúbicos de agua. Este factor de concentración confiere una especial relevancia a los sedimentos que contienen los hidratos de gas, tanto desde el punto de vista de su potencial energético, como desde una perspectiva de los riesgos geológicos y del cambio climático.
Los compuestos descritos son estables bajo condiciones de presión moderadamente alta y de temperatura moderadamente baja. Estas condiciones, junto a la presencia del agua y del gas necesario para la génesis del hidrato de gas, se dan tanto en tierra firme, en el subsuelo permanentemente helado (o permafrost) de las regiones árticas, como en los sedimentos localizados en los fondos oceánicos y bajo otras grandes masas de agua, como, por ejemplo, los mares interiores.
Una posibilidad no tan lejana
En el transcurso de las últimas décadas los científicos han venido insistiendo sobre las vastas reservas de metano atrapadas en los hidratos de gas contenidos en el permafrost y en los sedimentos de los fondos marinos. Pero también advertían que el desarrollo comercial de dichas reservas constituía una posibilidad aún lejana. Como consecuencia, la exploración y producción de gas a partir de los hidratos ha tenido una prioridad baja para la industria, que apenas se ha movilizado para aprovechar esta potencial oportunidad de negocios.
Sin embargo, esta perspectiva está empezando a cambiar como resultado de investigaciones recientes, como la comentada en Japón, emprendidas conjuntamente por organismos gubernamentales, consorcios internacionales de empresas, universidades y otros centros de investigación. Dichas pesquisas han demostrado que la viabilidad de la producción de gas a partir de los hidratos no es una quimera y que dicha viabilidad está más condicionada por las limitaciones en infraestructuras que por motivos técnicos. De hecho, si los precios del gas natural se mantuvieran altos, no es descabellado pensar que los hidratos de gas puedan emerger como un recurso comercialmente viable en fechas próximas.
Una posibilidad que, de concretarse, cambiaría radicalmente el panorama energético global. No en vano, algunas estimaciones recientes sitúan el volumen total de gas contenido en los hidratos entre 1.000 y 5.000 billones de metros cúbicos. Es decir, de una cantidad entre cinco y veinticinco veces superior a los 208,4 billones de metros cúbicos que a finales del 2011 constituían las reservas probadas globales.
A menudo leemos o escuchamos que el petróleo, el gas o el carbón se acaban. En realidad esto no es así. La disponibilidad de recursos minerales en general y de combustibles fósiles en particular puede visualizarse mediante una pirámide. La superficie que ocupa cada nivel en la pirámide da una idea de la cantidad de recursos de la que disponemos, de modo que a medida que descendemos desde la cúspide, dicha cantidad aumenta. Sin embargo, también ocurre que cuando bajamos de nivel en la pirámide, la concentración del recurso es cada vez menor, de modo que la extracción se hace cada vez más dificultosa, tanto desde el punto de vista tecnológico, como del coste económico, del impacto ambiental y de la cantidad de energía necesaria para su extracción. Ello conduce a que, a partir de un determinado nivel de la pirámide, los costes económicos, ambientales y energéticos son tan altos que no sale a cuenta continuar el proceso extractivo. Lo que significa que, con toda seguridad, el mundo dejará de explotar los combustibles fósiles antes de que estos se acaben.
Hasta el momento hemos utilizado los combustibles fósiles más fáciles de extraer, así que en el futuro no quedará más remedio que ir descendiendo en la pirámide. Por ejemplo, en el caso del gas natural, primero hemos explotado los recursos convencionales; en la actualidad estamos abordando el aprovechamiento de los no convencionales (como es el caso del shale gas) y, quizás, el próximo paso sea atreverse con los hidratos de gas.
Mariano Marzo. Catedrático de Recursos Energéticos de la Universitat de Barcelona (UB).







