Al suspenso general a las instituciones y la clase política españolas que certificó el viernes la última encuesta del CIS se sumó ayer otra noticia aparentemente mucho más anecdótica, pero que sirve para acabar de completar la imagen que tienen los súbditos del Reino de España de sus prohombres de la cosa pública. Nos referimos a la proeza protagonizada por Miguel Ángel Rodríguez, que fue un insufrible portavoz del gobierno de España en tiempos de Aznar, y que en los últimos años se ha reciclado como tertuliano y autor de libros (?!) de tendencia ubicada en la derecha más extrema, la que hace tiempo que hace hervir todas las ollas en las cocinas mediáticas de Madrid.
Resulta que el tal Rodríguez colisionó la madrugada del sábado con su coche contra tres vehículos que estaban pacíficamente aparcados en la calle, en el distrito del Retiro. Cuando se le practicó la prueba de alcoholemia, resultó que su ilustre señoría cuadruplicaba la tasa permitida por la ley. Vamos, que iba más soplado que una cepa. Cuando se le pasó la castaña, Rodríguez pió una curiosa disculpa en su cuenta de Twitter: “A las tres personas a las estropeé el coche y a la sociedad española en general, por el mal ejemplo que he dado”. ¿Mal ejemplo, dice?
Miguel Ángel Rodríguez hace bien de disculparse con los propietarios de los coches que aplastó, porque a nadie le gusta levantarse por la mañana y descubrir que su automóvil ha sido destrozado por un borracho pasado de rosca, ni aunque haya sido portavoz del gobierno. Además de disculparse, cabe esperar que tenga un buen seguro a todo riesgo, porque le hará falta, y un abogado competente para defenderle en el juicio por alcoholemia por el que le tocará pasar. Pero con la sociedad española no es necesario que se disculpe, porque Rodríguez no ha ofendido a la ciudadanía con su comportamiento de hooligan psicotrónico: lo único que ha hecho ha sido corroborar la opinión que esta ciudadanía tiene de su clase política, y además, ofrecer una excelente metáfora.
En efecto, la imagen de un tipo completamente ebrio que sale topando de cabeza en uno y otro coche, arrasando lo que encuentra a su paso sin ninguna conciencia de lo que está haciendo y del peligro que su conducción representa, es una metáfora exacta la imagen que el gobierno español, el principal partido de la oposición y la casa real ofrecen a sus administrados. Por eso en el barómetro del CIS Rajoy, Rubalcaba y el rey de España obtienen puntuaciones históricamente disminuidas (y todavía demasiado generosas), y, a propósito, el nivel de desconfianza en estos personajes se acerca al 90%. Por eso también, una mayoría de ciudadanos sólo aprueba al ejército y a la Guardia Civil. Tejero y el general Armada se deben frotar los ojos: no había que dar un golpe de estado el 23 de febrero de 1981. Bastaba esperar que los mismos responsables de la democracia española la sumieran en el descrédito, y luego presentar la candidatura del Partido Español, con Sáenz de Ynestrillas a la cabeza.







