Aquí mismo, hace poco más de un año, recordé a un niño contemplativo que, detrás de una ventana, podía fantasear sobre el paso de la historia por delante de su casa: ante el n º 421 del Camino Real de Madrid, en el barrio de la Torre, en Valencia, camino que corresponde exactamente a la antigua Vía Augusta de los romanos.
Allí nos quedamos: con los romanos. Continuemos, pues, porque quién sabe si, antes de dónde muchos siglos después tras estaría mi casa, pasó también alguna tropa de guerreros visigodos barbudos y rubios, desordenados y sucios, con las mujeres, las bestias y las criaturas, tal vez viniendo de Barcelona o de Narbona y ciertamente olvidados ya de las llanuras remotas y verdes de donde habían salido, después de tantos años de correr y devastar media Europa, y con toda certeza por allí pasaron, marchando hacia el norte, grandes o pequeños ejércitos movidos por la fe del profeta Mahoma, caballeros árabes hijos o nietos del desierto, con soldados emigrantes y con familias enteras venidas de la Mauretania Tingitana, de Cirenaica o de Numidia con la intención de quedarse para siempre en esta tierra que encontraron buena, y finalmente por este viejo camino hubo de nuevo algunos siglos de tránsito pacífico de viajeros, agricultores y mercaderes sarracenos, tras los siglos anteriores de imperio en paz y de tránsito de hispanorromanos, adoradores los dioses antiguos o del Dios nuevo los cristianos antes de convertirse ellos mismos, como sus últimos conquistadores, en seguidores del único Dios del Corán.
Hasta que siglos más tarde volvieron a pasar por delante de mi casa, pero esta vez no poco a poco, ni en formación militar, sino tristes, vencidos y confundidos y en masa, los muchos miles expulsados de la ciudad de Valencia y los pueblos y alquerías de los alrededores por la llegada de otra gente del norte con un rey fundador de un reino nuevo, con una nueva lengua, nuevas leyes, nuevos pobladores, y portadores de una nueva religión que era también el retorno de la antigua, con obispos, monasterios, conventos y catedrales. Así transcurrieron más de catorce siglos, desde Aníbal hasta Jaume I, y así hicieron el país que debía ser el mío, pasando todos por delante de mi casa: Dios sea alabado, que me concedió una niñez en este lugar. No puedo saber qué alquerías o qué chozas de barro y paja fueron las primeras que ocuparon o hicieron aquí los nuevos pobladores, ni qué ni dónde comenzaron a labrar y a plantar estos campos alrededor del camino, incluido el huerto que había detrás de casa, pero si hay algo seguro es que todos ellos debían ser muy pobres, que venían de tierras del norte donde eran más pobres aún.
Y es también cierto y seguro que las pocas hanegadas de aquel huerto nuestro estaban hechas de la misma tierra que trabajaron aquellos primeros pobladores del siglo XIII y que quizás otros habían trabajado antes que ellos, la misma tierra en la que, blanda y acabada de labrar, tantas veces hundí los pies desnudos, y esto, recordado y pensado sesenta años después, da una cierta espesura retrospectiva a mi infancia en aquel huerto y en aquella casa y al borde de aquel camino real, vía imperial. Considerando sobretodo que nosotros fuimos los últimos habitantes de esta casa y los últimos que trabajaron, con las manos propias o con las manos y el caballo de nuestro vecino el señor Manuel Calloso, la tierra de este huerto, que hace muchos años que ha sido cubierta, tierra y casa, por la gran nave de un triste taller mecánico y garaje gris de camiones.
Y si ahora aquella tierra, que fue fértil blanda y ablandada está oprimida por una gruesa capa de cemento con manchas de aceite ennegrecido y sucio, no sé de qué estará cubierta cuando le pasan otros diez o veinte o quince siglos por encima, si de algún material o construcción que aún no sabemos imaginar, obra de una futura humanidad feliz, o si entonces toda obra humana será sólo ruina abandonada y mi huerto volverá a un estado anterior y salvaje, que ya no podremos decir un estado natural sino postnatural y posthumano, entre restos dispersos de escombros, entre plantas silvestres y ásperas, plásticos incorruptibles y metal oxidado. Cuando ya quizá no quedará nadie, ni siquiera libros de historia o de memorias, para recordar la belleza y la gloria de estos campos trabajados con sabiduría.







