En las escuelas de los Estados Unidos de América, el día comienza con promesa de lealtad a las barras y estrellas: “I pledge allegiance to the flag of the United States of America”, etcétera. Cuando escuchamos la Marsellesa, que comienza “Vamos, hijos de la patria, el día de gloria ha llegado”, todos nos emocionamos un poco pensando que esto viene de la remota Revolución, y que ha sido un himno de libertad. No importa que sea una letra feroz, que habla de empapar los surcos de la patria con la sangre impura de los enemigos. Cuando la buena gente de Cuba, asistiendo a una parada militar de puro estilo soviético, repetía animosa aquello de “Patria o muerte: venceremos”, no se sabía bien qué victoria esperaban aún después de cincuenta años, pero la supremacía mística de la patria era clara. Cuando Hugo Chávez repetía cada día que Venezuela defendería celosamente la independencia nacional y que sus enemigos son traidores a la patria, el pensamiento progresista universal admiraba incondicionalmente el discurso del líder. La patria, la nación, la independencia, son presentadas como valores permanentes y supremos por las viejas o nuevas revoluciones, y no hay nada que decir. Mientras en el Reino de España, un pacífico y moderadísímo patriotismo catalán, siempre a la defensiva, es atacado como idea primitiva, antipática y de derecha: ocupaos de las escuelas y los hospitales, dicen, y dejad y olvídaos de la patria. En Cuba, en Venezuela, en Bolivia, todo es nacional y patriótico, obsesiva, incesantemente, y por eso mismo muy revolucionario: no sé si será cosa del clima, y “patria o muerte” es un producto tropical. Sé que si, en Cataluña o en el País Valenciano por ejemplo, alguien aplicase a la patria propia un eslogan de ese estilo, sería objeto de burla y sarcasmo. Incluso si afirmamos que la patria no merece una muerte, propia o ajena, pero sí un poco de esfuerzo para garantizar su supervivencia, seremos acusados de obsesivos o de cosas peores. Entiendo al papa de Roma cuando se quejaba de las miserias del relativismo. Porque hay un punto de cinismo, de mala fe, cuando según qué patriotismos, obsesiones, himnos, banderas y eslóganes son considerados admirables, progresistas, de izquierda e incluso revolucionarios, y según cuáles son vistos como apolillados, pasados, superados y de derecha. No sé si este defecto de la vista tiene solución, o si es una enfermedad crónica.
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/03/06/quadern/1362567962_728631.html









