En un cierto sentido, lamento profundamente que en las últimas elecciones italianas no haya ganado la formación que lidera el cómico Beppe Grillo con una mayoría absoluta holgada. Habría sido fantástico que, dejando aparte el periodo de interinidad dirigido por Mario Monti, el populismo reaccionario de Silvio Berlusconi hubiera sido sustituido por el populismo indignado de Grillo. Así, de una vez por todas, habríamos podido comprobar, como dicen los que lo defienden, si tenía propuestas realmente viables, capaces de plantar cara a un sistema político moribundo. Y, claro está, propuestas viables en el sentido de mejorar tanto sistema democrático como las condiciones de vida de los italianos. Quizá luego se hubiera recurrido al argumento del aislamiento internacional o al del sabotaje de los poderes fácticos para explicar el fracaso de la pretensión de sustituir todo un Parlamento por lo que Manuel Castells describe como “la decisión popular a partir de asambleas locales y deliberación y voto en la red, con leyes propuestas por iniciativa popular” ( La Vanguardia, 2/III). Pero doy por supuesto que cuando se sostiene, como hace Castells, que Grillo tenía “propuestas viables”, lo afirma conociendo a qué realidad se habría tenido que enfrentar.
No hace falta que diga que el triunfo en Italia de Beppe Grillo, y la puesta en acción a gran escala de su revolución popular, de su proyecto “innovador”, habría supuesto un gran ejemplo en nuestro país acerca de las verdaderas posibilidades de transformación del viejo sistema político y económico. Habría sido perfecto disponer de un caso de éxito para empujarnos a seguir el mismo camino. Porque si es obvio que el actual modelo político está carcomido y que necesita una profunda transformación, siempre resulta arriesgado tener que fiarse sólo de promesas fundadas en vagas idealidades políticas a la hora de lanzarse a alternativas de dudosa eficacia. Y lo digo, también, porque en toda esta retórica de la innovación política lo único que en realidad me parece verdaderamente nuevo es la aparición de internet y de las redes sociales. Pero resulta que internet nació de la investigación militar, y las redes sociales se han desarrollado sobre el gran negocio capitalista de la tecnología informática –con explotación laboral incluida–, situando en pocos años a sus empresarios entre los más ricos del mundo. Y todo el resto de retórica innovadora es poca cosa más que el reciclaje de viejos principios de anteriores revoluciones fallidas. Vaya: ¡toda una revolución antisistema gracias a los smartphones capitalistas!
Ahora bien, puestos a innovar, me extraña que la propaganda de la indignación sólo ponga el acento en la crítica al sistema político y el económico. Al fin y al cabo, junto con las instituciones políticas y financieras, tenemos muchas otras tanto o más obsoletas que las primeras. Por ejemplo, las grandes instituciones académicas, las culturales o las mediáticas. Así, resulta curioso ver que, cuando menos de momento, a la hora de escoger rectores de universidad, periodistas para la dirección de las televisiones públicas, o de hacer castings cinematográficos, no se priorice a los candidatos a partir de las dinámicas organizativas que propone Beppe Grillo. De la misma manera que estaría bien comprobar cuáles serían los resultados si los presentadores de los programas de humor político, los directores de los centros de investigación o los gestores de grandes infraestructuras culturales, tan críticos con el sistema que durante años los ha alimentado, ahora se escogieran a través de asambleas populares. Y lo que ya sería definitivo es ver cómo se decidían en asamblea los sueldos para cada cargo. Hay grandes propagandistas de la indignación a los cuales estaría bien que se les diera a tomar la medicina que recetan.
Me he puesto irónico porque tengo la convicción de que a menudo, detrás de tanta indignación ilustrada, se esconden unas enormes dosis de ingenuidad que si bien en algunos casos es inocente, en muchos otros es fingida. Conozco casos de unos y otros. Y cuando son inocentes, a pesar de la discrepancia, me merecen todo el respeto y atención. Pero, al contrario, considero que la ingenuidad fingida de algunos propagandistas de la indignación es también una forma de corrupción intelectual. Insisto en que comprendo –aunque no la comparta– la indignación moral de los que optan por la emoción antipolítica. El grado de indecencia de unos con sus corruptelas, y la condescendencia de otros al tolerarla, es verdaderamente repugnante. Pero considero de una gran irresponsabilidad dirigir la indignación hacia alternativas populistas que parecen querer ignorar que, a pesar de todo, el actual sistema político, el de producción de conocimiento y de riqueza, o el clásico de difusión de la información son modelos de organización pensados, precisamente, para poner remedio al abuso, la ignorancia, la pobreza o la manipulación. Muy perfectibles, por supuesto, pero hoy por hoy sin alternativa probada.
El domingo pasado, la consultora europea y experta en participación democrática Susana del Río afirmaba en este mismo diario que “el populismo antipolítico no favorece la calidad democrática” porque “la democracia participativa no puede existir sin la representativa”. Estoy completamente de acuerdo. Y hay que recordar cuál ha sido el sistema económico que ha producido más bienestar a más población en menos tiempo, cuál el sistema educativo que ha extendido y ha hecho progresar más el conocimiento científico y humanístico o cuáles son los modelos de comunicación que todavía garantizan la máxima calidad informativa. De la misma manera que hay que avisar de los peligros del triunfo de cualquier tipo de populismo en cualquier campo social







