La maldad

La maldad humana (que es la única existente y la única posible) no es únicamente un concepto abstracto, sobre el que el pensamiento occidental ha producido especulaciones infinitas, redundantes y que nunca han conducido a ninguna parte: es una realidad, un hecho, y tiene un atractivo perverso. Por eso son tan populares los cuentos y las leyendas con crímenes y desgracias y víctimas inocentes, con brujas malas, con monstruos y ogros y espíritus maléficos: incluso son más atractivos para los niños, que se aburren con las versiones edulcoradas o sin maldad. Provocan la fascinación de la maldad, ‘il brivido’ que llaman los italianos, ‘le frisson’ los franceses, aquel estremecimiento donde se mezclan la repugnancia y la angustia con un pequeño placer bajo la piel, inconfesable: es horrible que eso les pase a los demás, a menudo es casi inconcebible, pero no me pasa a mí, ni me pasará, y quizá por eso me complace secretamente saberlo. Es la oculta complicidad con la maldad: si hubiéramos de elegir por fuerza ser víctima o verdugo, torturador o torturado, ¿estamos seguros de saber qué escogeríamos? Ha habido y hay maldad en todos los pueblos y en todos los continentes, y había entre los niños que, en mi niñez, encontraban un placer perverso torturando largamente animales, haciendo sufrir a los bichos del campo. Y entre los jóvenes que, en nuestras ciudades, de vez en cuando apalean o queman ancianos desvalidos o mendigos borrachos. El Mal es abstracto, la maldad existe: no es genética, ni “producto social” excusable, ni enfermedad. Es saber que se hace daño, y hacerlo: la voluntad de hacer daño. Y si se quiere, por último, hay también formas menos visibles y más blandas de maldad, entre las que yo incluiría la pequeña o gran maldad de aquellos políticos que saben que lo que hacen, promueven o consienten es inmoral, es injusto, propaga la mentira, favorece sólo a los poderosos, destroza el patrimonio o el paisaje, destruye una lengua, atiza el odio. Sabiendo que hacen un daño, lo hacen, y vale más que lo dejamos estar en este punto. Estoy leyendo por segunda vez (la primera hace ya muchos años) el impresionante ‘Voyage au bout de la nuit’, de Céline, escritor prodigioso, pronazi y antisemita repugnante (en Francia todavía colea el debate por cincuentenario de su muerte), y quizá esta lectura nocturna me hace ver a los humanos con colores tenebrosos. O la lectura de los periódicos, quién sabe.

 

 

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