Rafael Poch
Biden: “El Mar de China no es de China”
La Vanguardia
Pekín no se va a meter en una vía de expansión o búsqueda de hegemonía, dice el viceministro de exteriores chino, Song Tao
“Lo último que necesita China para mantener su enorme ascenso es meterse en una competición militar con Estados Unidos”, dijo ayer en Munich el vicepresidente de Estados Unidos, Joseph Biden, cuya administración anunció en noviembre un impresionante rearme aeronaval en Asia Oriental. Biden se mostró confiado en que la tensión que el giro asiático de Washington genera en la región, ilustrada por los frecuentes incidentes entre aviones y naves chinas y japonesas, no degeneren en un conflicto que podría colapsar la economía global, pero advirtió que, “el Mar de China”, como se conoce en Pekín el área alrededor de las islas, “no es de China”.
Esa fue la respuesta de Biden a una pregunta sobre el segundo gran foco de tensión militar que se está abriendo en Asia, sumándose al hervidero sirio en Oriente Medio, en un mundo económicamente en crisis para el que cualquier resfriado militar podría ser fatal.
El Presidente Obama anunció en noviembre que el 60 % de la marina de guerra de EE.UU se desplegará alrededor de China. Se enviarán seis portaviones, más submarinos nucleares, medios antisubmarinos y de guerra electrónica. El despliegue incluye escudos antimisiles “contra Corea del Norte” que, como el europeo “contra Irán” en el caso ruso, en realidad están orientados a anular el modesto arsenal nuclear chino. El refuerzo incluye también el regreso de los bombarderos estratégicos a la base de Guam y la reconstrucción de las alianzas militares con los países de la región, cuyo puntal es la alianza militar con Japón.
China ha dejado muy claro que no tiene intención de dejarse encerrar en los límites que estipula la tercera Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982, UNCLOS por sus siglas en inglés.
Esa convención adjudica estatus de “zona económica exclusiva” a las zonas marítimas situadas entre 370 y hasta 650 kilómetros alrededor del territorio insular de un país. Gracias a su soberanía sobre todo un rosario de islas, islotes y rocas del Pacífico (Izu, Ogasawara, Okinotorishima, Minami) situadas hasta casi 2.000 kilómetros de distancia de Tokio, Japón tiene derechos sobre una enorme “zona económica exclusiva” marítima de 4,5 millones de kilómetros cuadrados, la novena mayor del mundo. China, cuya fachada litoral es mayor que la japonesa, sólo tiene 880.000 kilómetros cuadrados y ocupa el puesto 31 del mundo entre Maldivas y Somalia. UNCLOS encierra literalmente a China en su fachada litoral, lo que explica la nueva beligerancia de Pekín en el pleito.
“El Mar de China no es de China, son aguas territoriales”, dijo Biden, que augura una “intensa competición” con China en la región, pero no conflicto.
Mientras en China se lanzan gestos inusitados por su energía, que llevan a algunos observadores a preguntarse si la tradicional humildad y prudencia internacional de Pekín ha pasado a mejor vida, el viceministro de exteriores chino Song Tao, le ha quitado hierro al asunto, con una batería de declaraciones formales.
“No creo que Estados Unidos y China tomen la senda de la confrontación, tienen muchos intereses comunes y China no se va a meter en una via de expansión o búsqueda de hegemonía”, dijo Song, que, como Biden, participa en la Conferencia de Seguridad que hoy concluirá aquí. “Naturalmente eso no significa que renunciemos a nuestros intereses vitales”, añadió, sugiriendo que el pleito marítimo ya forma parte de la misma categoría en la que Pekín metía hasta ahora solo a la isla de Taiwán o zonas de su territorio continental como Tibet.
En los últimos veinte años China ha incrementado sobremanera su dependencia energética de regiones lejanas, cuyo suministro le llega por vía marítima. No puede consentir ser estratégicamente encerrada en su franja litoral sin arriesgar su crematístico desarrollo.
Biden, que reconocío haber venido a Munich, “porque el presidente me manda a los sitios a los que él no quiere ir”, abrió hace cuatro años en esta misma conferencia la etapa Obama, cargada de expectativas, ahora encogidas hasta el ridículo. En febrero de 1999 Biden prometió un “nuevo tono” con Rusia, entre conjeturas sobre el fin del proyecto antimisiles destinado a anular el arsenal estratégico nuclear ruso. Cuatro años después, los rusos ni siquiera han conseguido que Washington les dé una garantía práctica de que tal escudo no se usará contra ellos.
Biden dijo entonces, “no vamos a torturar”, mencionó en ese contexto el cierre de la prisión de Guantánamo, y prometió diálogo y distensión militar. Cuatro años después Guantánamo sigue ahí, las relaciones con Rusia continuan atascadas por la Otan, enfrentadas por Siria, y en Afganistán se planea una retirada para el año que viene tras un fiasco de once años que se añade al de Irak. La firma de un acuerdo de desarme estratégico, el START, es el único resultado en ese frente.
El lastre imperial del mundo cargado sobre una sola espalda, como pretendió el antecesor de Obama, George W. Bush, se ha demostrado demasiado pesado y Washington ha regresado al multilateralismo con sus aliados europeos, en la esperanza de socializar gastos y esfuerzo militar, como ha ocurrido en Afganistán.
“Europa es la piedra angular de nuestro compromiso con el mundo y un catalizador para la cooperación global”, dijo el vicepresidente.”Créanme, seguimos siendo su socio indispensable”, concluyó.
Xulio Ríos
China es el pueblo chino, no su PIB
“Los antiguos acostumbraban a hablar poco por miedo a que sus actos no fueran coherentes con sus palabras”, viene a decir una máxima china. Los nuevos tiempos parecen apuntar en otra dirección. Se habla mucho y la realidad acostumbra a desmentir las palabras.
China lleva una década inmersa en un discurso muy generoso con el reconocimiento de la necesidad, se diría que imperiosa, de corregir las desigualdades sociales, pero estas no hacen más que agravarse. Un artículo reciente en Renmin Ribao apuntaba los “misterios” que rodean la elaboración del coeficiente Gini en China. Quizás por ello, el anuncio del coeficiente Gini de Beijing se aplazó sine die. En el artículo citado, su autor, Li Xiang, daba cuenta de una horquilla que oscila entre el 0,474 oficial (2012) y el 0,61 de la Universidad de Finanzas de Chengdu (2010). La conclusión es que resulta difícil aventurar un valor exacto y reconocido, aunque sí parece claro que, sea cual sea el índice, China es uno de los países más desiguales del mundo y, por lo tanto, también más injustos. En paralelo, mientras las fuentes oficiales dejan entrever cierta ligera mejoría, las académicas apuntan a un agravamiento.
A esta situación llegamos después de una década convirtiendo al ser humano en el “epicentro del desarrollo”, de reivindicación de la justicia social como dimensión indispensable del “desarrollo científico”, etcétera, etcétera. Dichas aseveraciones marcaron un punto y atrás formal con el tiempo de Jiang Zemin, fiel reflejo de la obsesión con los dígitos del crecimiento, con el aumento del PIB por bandera y el menosprecio de los efectos nocivos de la reforma como peana. Pero dichos datos revelan también el mayor fracaso del mandato de Hu Jintao. Pareciera que las estancias en las universidades, consultoras y agencias especializadas en marketing de Occidente estuvieran dando frutos maravillosos en el proceder semántico de líderes, autoridades y portavoces, convirtiendo el discurso político en otro producto de consumo carente de autenticidad.
De poco vale que China sea más rica cada día si la inmensa mayoría de su pueblo sigue siendo pobre. De nada valdrá que China se convierta en la primera potencia económica del planeta si la injusticia más abyecta emerge como expresión de su “milagro”, equiparado a un desarrollo inhumano a la vista de la posición que ocupa en el índice del PNUD (101). No se preocupen tanto por el “poder blando”. No hay mejor marca ante el mundo que el compromiso verdadero con la justicia y la igualdad.
El objetivo de la modernización se está quedando en la recuperación de la grandeza del pasado pero también con las miserias de entonces. Sin el bienestar de la población, esa grandeza no será más que un bien privado al alcance de unos pocos. Y para colmo, estos solo piensan en abandonar su “gran” país. El Global Times explicaba recientemente que el 74% de los chinos que disponen de una fortuna de 100 millones de yuanes o han emigrado o se disponen a hacerlo.
Las nuevas elites políticas chinas, en la práctica, solo parecen prestar oídos al saldo de las grandes magnitudes económicas y a las reformas de mercado obsesionándose con mantener un crecimiento que, en la práctica (otra vez), amenaza con desatender el factor social, todo lo más contemplado como un imperativo para generar ese incremento del consumo que empuje al alza un nuevo tirón del PIB. Pero atender el factor social es mucho más que todo eso. Y si no se ataja este problema, auténtico talón de Aquiles junto a la corrupción, no habrá segunda oportunidad En 2012 se registraron conflictos sociales en el 43% de los poblados chinos. Y habrá más.
Cabe reconocer que no es una empresa fácil, más en un país de las dimensiones de China, pero también que cuando las autoridades se empeñan obtienen resultados palpables en muchos dominios. Ha habido avances, cierto, pero totalmente insuficientes a la vista de los datos. Un informe de la OIT sobre el estado de las remuneraciones en el mundo, publicado en diciembre pasado, señala que a pesar de haberse triplicado los salarios en China en los últimos diez años, su parte en el PNB continúa a la baja. Dicha tendencia se ha venido acelerando desde 2003 y hoy no alcanzaría el 40 por ciento.
La abrumadora maquinaria burocrática china puede tener grandes inconvenientes pero igualmente dispone de la contundencia necesaria para transformar de forma mucho más operativa el signo de un segmento estructural de esta importancia si existe una voluntad política auténticamente comprometida con los derechos e intereses de las capas sociales menos favorecidas por el auge económico del país, es decir, la inmensa mayoría de la sociedad china.
Xi Jinping ha viajado a Shenzhen, el símbolo de la apertura, para prometer más reformas y más decididas. También se desplazó a Luotowan, una aldea pobre a 300 km de Beijing, en Hebei, donde sus habitantes sobreviven con rentas que no superan los 100 euros anuales. Nadie puede alegar ignorancia. Una vez más se apelará a la sociedad como coartada para lograr su complicidad y apoyo. Pero difícilmente bastará con decir lo que la gente quiere oír. El tiempo de las palabras huecas se agota.
Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China y autor de “China pide paso. De Hu Jintao a Xi Jinping” (Icaria, 2012).








