Aguirre en Berlín: una poderosa ingenuidad


EN mayo de 1940, el avance arrollador de las tropas alemanas sobre Francia y Bélgica sorprendía literalmente en campo abierto a José Antonio Aguirre y Lekube (1904-1960). De la noche a la mañana, Europa Occidental se había convertido en territorio hostil para la derrotada causa de la República española. El primer lehendakari del Gobierno vasco se vio obligado a emprender un arriesgado viaje que durante más de un año le llevaría por diversos países y a través del corazón del Tercer Reich hasta que finalmente, en agosto de 1941, logró embarcar en Suecia junto con su familia rumbo a las Américas. De estas vicisitudes, el propio Aguirre ha dejado constancia en unos diarios personales editados en facsímil por la Fundación Sabino Arana. La lectura de estos diarios, en versión íntegra y no en esas transcripciones adulteradas por pseudointelectuales de la derecha vasca y la izquierda abertzale que de vez en cuando se publican con la intención de engorrinar la memoria del personaje, presentándolo como diletante filonazi o soplón a sueldo de la CIA, constituye una experiencia reveladora de la personalidad de una figura que acertó a proyectarse más allá del gálibo ideológico del nacionalismo vasco de su época.
José Antonio Aguirre no solo fue una personalidad destacada del exilio republicano y precursor del europeísmo democratacristiano; también ha sido en el imaginario público la vara de medir para cada lehendakari que jura su cargo junto al árbol sagrado de los vascos. Merece la pena dedicar algunos minutos a reflexionar sobre todo esto ahora que se culmina la mudanza en Ajuria Enea. Convendría hacerlo en la misma actitud de serena y contemplativa curiosidad del propio Aguirre cuando se enfrascaba en la lectura de las Vidas Paralelas de Plutarco durante sus interminables noches del invierno alemán de 1941.
Semejantes lecturas, junto con otras acerca de actualidad en aquella época -sobre el nacionalsocialismo, historia reciente de Europa, política, sociedad y otros temas por el estilo- formaban parte del acervo educativo típico de un buen burgués. La lectura de los diarios de Aguirre, escritos con estilo llano y circunstancial, llama la atención no por el carácter confidencial ni la relevancia del contenido -por comprensibles razones el autor se guardó de incluir nada que la Gestapo pudiera utilizar contra él mismo o contra otros- sino por ser reveladores de la idiosincrasia del autor y el contexto en el que surgió este relato sucinto y vitalista, plasmado en letra apretada y fina sobre los minúsculos tomos de una agenda francesa, en plena fuga a través de una Europa sobre la cual comienza a descender la noche de la guerra total. Lo importante no es el contenido, sino el modo en que nos lo va exponiendo un hombre íntegro y entregado a su causa, inquisitivo, de firmes creencias políticas y religiosas y, sobre todo, totalmente desprovisto de imaginación.
Esto último resultó ser en aquellas circunstancias más una ventaja que una limitación. Si en lugar de pasar el tiempo con la crónica de simples sucesos de la vida cotidiana, leyendo a su admirado Plutarco o tratando de decidir si la misa a la que había asistido por equivocación en una iglesia luterana de Hamburgo era válida, Aguirre hubiera sido más propenso a ocupar su mente con pensamientos relativos a los peligros y dificultades de su situación, o figuraciones de lo que le podía suceder en caso de ser descubierto, tal vez no habría aguantado la presión. Un paso en falso lo habría descubierto, llevándole a sufrir la misma suerte que otras personalidades destacadas de la Segunda República como Lluís Companys o Largo Caballero.
La forma en que el lehendakari Aguirre vivía su clandestinidad es típica de alguien que desde el candor de unas convicciones morales y religiosas bien asentadas decide arrojar su vida al platillo de la balanza sin pensárselo dos veces. No va por ahí pegado a las fachadas y ocultándose en oscuras buhardillas, sino que pasea a plena luz del día por las aceras más concurridas y céntricas de Hamburgo, come en el restaurante del hotel Esplanade, pasa las tardes viendo en el cine viendo películas. Incluso asiste al funeral del rey Alfonso XIII, organizado por la colonia española en Berlín. De regreso al hotel, comparte tranvía con un grupo de falangistas, completamente ajenos a la verdadera identidad de aquel personaje con bigotillo y anteojos que cordialmente les cede el paso al subir y se hace pasar por un hombre de negocios panameño llamado José Andrés Álvarez Lastra.
¿Cómo es posible que José Antonio Aguirre se moviese con tanto desparpajo por una Europa peinada por la policía secreta de Hitler? ¿Quiso seguir el ejemplo de aquel peneuvista que tras la toma de Bilbao, sintiéndose amenazado, decidió trasladarse a Burgos para pasar allí el resto de la guerra en la boca del lobo, justo en frente del cuartel general del Generalísimo y la sede del gobierno rebelde? La realidad es más compleja. En primer lugar, hemos de desprendernos de esa noción, asentada por los libros de historia y las películas, de la Alemania nacionalsocialista como un monolito totalitario. Dentro del régimen nazi cohabitaban diversos intereses en pugna por los recursos económicos y el poder. Hitler, igual que Franco en España, pasaba la mayor parte del tiempo mediando entre jerarcas y administraciones rivales que incluso disponían de sus propios servicios secretos. El caos organizativo al que estas fisuras daban lugar, y que permitió la subsistencia de una oposición que culminaría en el atentado del 20 de julio, explica en parte el ojo del huracán en que se movía el lehendakari. Añádase a ello la cobertura diplomática panameña y la inexistencia, todavía en aquel tiempo, de fotografías en pasaportes y documentos personales, y se tendrá un inventario de causas más plausible para la aparente impunidad de Aguirre.
En última instancia, el truco estaba precisamente ahí: en que no hubo truco. En todo momento el lehendakari Aguirre se halló expuesto al riesgo de su detención, las torturas a manos de la Gestapo y una más que probable deportación a la España franquista, con las trágicas y fácilmente imaginables consecuencias. El éxito de aquella espectacular huida de Guernica a Nueva York pasando por Berlín se debe a la llaneza con que actuaba, a una autodisciplina férrea basada en creencias religiosas y a la capacidad para abstraerse a sí mismo a la hora de resolver una situación de peligro inminente y cierto. Una poderosa ingenuidad que recuerda al mítico animal protagonista de El gato que atraviesa las paredes, novela con la que Robert A. Heinlein parodió la física cuántica y el principio de indeterminación de Heisenberg. A la pregunta de cómo es posible que un ser vivo sea capaz de semejante prodigio (pasar a través de objetos sólidos como un fantasma), el autor explica que se trata de un gato joven, que aun no ha adquirido una experiencia convencional de la vida y que por tanto no es consciente de la dificultad que supone hacer cosas que el sentido común consideraría imposibles.

 

http://www.deia.com/2012/12/17/opinion/tribuna-abierta/aguirre-en-berlin-una-poderosa-ingenuidad