Releer y reinterpretar a Shakespeare

A Harold Bloom, William Shakespeare le parece tan divino que tituló su extenso estudio sobre el autor La invención de lo humano. El crítico es de los que no dudan de la vigencia del bardo. Lo expresó en el capítulo de su estudio dedicado al universalismo de Shakespeare con referencias, por supuesto, al divino creador: “Pocos de nosotros estamos calificados para atestiguar si Dios ha muerto o está vivo, o si yerra por ahí en el exilio (que es la posibilidad que yo tiendo a favorecer). Algunos autores están ciertamente muertos, pero no William Shakespeare”.

 

Las innumerables versiones, revisiones y perversiones que el teatro y el cine, año tras año, nos proponen del canon shakespeariano refuerzan aquel lejano epíteto de Jan Kott: “Shakespeare, nuestro contemporáneo”.

 

Y a pesar de esto, si algo está claro es que aquel escritor y empresario teatral de cuya vida sabemos tan poco fue un hombre normal, muy alejado de la idea del intelectual influyente, alguien que tuvo la habilidad de utilizar la ficción para recordarnos continuamente lo que tiene importancia y lo que no la tiene. Nos hizo más tolerantes y menos susceptibles al engaño y consiguió que un intelectual con funeral de estado, Victor Hugo, el dramaturgo y escritor que dominó la literatura francesa del siglo XIX, admitiera rendido que “Shakespeare lo desborda todo como la vegetación, como la germinación, como la luz, como las llamas”. Su reconocimiento póstumo ha sido, sin duda, de alcance universal, pero vamos a intentar indagar qué ven en Shakespeare algunos directores ingleses contemporáneos que han llevado a escena sus obras de forma reiterada y entusiásticamente aplaudida. Lo hacemos con el beneficio de sendas conversaciones (transcripciones parciales de las cuales se han publicado en la revista Hamlet) con Declan Donnellan (Cheek by Jowl) y Edward Hall (Propeller), habituales de Temporada Alta y marca distintiva de la extraordinaria trayectoria del festival que dirige Salvador Sunyer.

 

Donnellan ha presentado montajes de El rey Lear (2002) y Macbeth (2009); Edward Hall de Cuento de invierno (2005), La fierecilla domada (2006), Enrique V (2011) y Noche de reyes (2012). También contamos con las reflexiones autobiográficas que el gran Michael Pennington (The English Shakespeare Company) presentó como un monólogo dramático -Sweet William (2010)- en el mismo festival. Y el año anterior, en Love is my sin, dirigidos por Peter Brook, el mismo Pennington y Natasha Perry habían convertido los sonetos de Shakespeare en un diálogo inolvidable.

 

A Pennington la revelación le llegó de manera precoz: “Shakespeare me acechó por detrás y me golpeó como un mazazo en la cabeza a los once años”. El chico asistió a una representación de Macbeth en el Old Vic de Londres. No fue idea suya. Sus padres le llevaron al teatro por responsabilidad pedagógica: “El espectáculo empezó con un grito en la oscuridad que helaba la sangre. El escenario se iluminó gradualmente y apareció un soldado ensangrentado a punto de desplomarse. Inmediatamente después, entre árboles secos y hojas muertas, emergieron las figuras siniestras de tres brujas y sonaron las primeras palabras. Estaba clavado en el asiento y así me quedé durante el resto de la obra”.

 

Para Edward Hall, el mundo de Shakespeare era un lugar común en el ambiente familiar. Su padre, Peter Hall, fue, junto a Trevor Nunn, el director shakespeariano de referencia en los años setenta y ochenta. Hall, que dirigió muchas óperas, siempre leyó el ritmo del lenguaje de Shakespeare como una forma de música, como la partitura de una sinfonía que debe ejecutarse pautando con precisión las indicaciones del compositor.

 

Algo de eso está muy presente en la manera como el hijo, Edward Hall, aborda sus propuestas con Propeller, la compañía exclusivamente masculina que dirige. “Me gustaría poder decir que Shakespeare es muy complicado y que yo soy un tipo genial que consigue descifrarlo -comenta el joven Hall-, pero la realidad es que sus textos son un manual. Con seguir las instrucciones basta. Es como una pieza musical, con una partitura precisa y muy, muy clara. No tiene más truco que montar en bicicleta. Siempre que lees alguno de los textos corruptos enseguida descubres las intromisiones, los fragmentos puramente derivativos. Shakespeare es user-friendly. Todo está en el texto”. Hall se refiere a los mecanismos de representación de personajes que, sin embargo, nunca ofrecen respuestas simples y que están al servicio de una indagación sobre la complejidad de la condición humana: “Cuando parece que has descubierto la verdad o el motivo de una determinada conducta, parece como si tirara una moneda al aire y surge de inmediato la otra cara, la sospecha de que justamente lo contrario puede ser cierto. Pobre Shakespeare, tal como van los medios de comunicación en la actualidad, sería incapaz de redactar los titulares simplificadores al uso. Su periódico sería un fracaso comercial”.

 

A propósito de su Macbeth, Declan Donnellan, abunda en esta idea. El conocimiento exhaustivo de uno de sus textos no hace más que hacer emerger nuevas facetas y provocar nuevas lecturas. Shakespeare, piensa el director, no está ahí para darnos lecciones, nos toma simplemente de la mano y nos acompaña, como uno más, hacia paisajes absolutamente extraordinarios. Para Donnellan, el genio de Shakespeare tiene una relación directa con la facilidad con la que los múltiples significados de lo que escribió abandonan el control del autor: “Su obra es una matriz extraordinaria de la experiencia humana que, en cada nueva lectura, aparece ligeramente alterada”.

 

Todo está en el texto. Y, sin embargo, unos y otros, sienten a menudo la necesidad de algún anclaje referencial. En una memorable producción de Trevor Nunn en los años setenta, Judi Dench, en plenos ensayos con Ian McKellen y en un intento de descifrar la auténtica personalidad de Macbeth, su esposo y rey en la obra, dijo: “¡Ya lo tengo! Es como Nixon, ¿no es eso?”. Nunn discrepó: “No, no. ¡Es Kennedy! Son la pareja dorada. Todos adoran a los Macbeth al principio”. A Declan Donnellan le parecen legítimos estos juegos en el proceso de ensayos, pero sólo como pasos para profundizar en el personaje, para dotarle de su peculiar, única personalidad. “Es evidente que Macbeth no es Nixon, ni Kennedy, ni Obama”, concluye Donnellan. “¡Macbeth es Macbeth!”.

 

En su versión de Enrique V, un líder que lleva a su país a una guerra con coartada divina, Edward Hall no pudo evitar pensar en Tony Blair (“ese criminal de guerra”) y en la invasión de Iraq. A Blair pareció bastarle que tenía razón y que, por lo tanto, estaba actuando correctamente, dice Hall. En relación a Blair, el Enrique V de Shakespeare recreado por Hall sale reforzado en su honorabilidad. Monstruosidades parecidas, guerras malditas, pero en Enrique hay un líder que duda y que afronta la verdad. La fuerza dramática del texto, como ocurre a menudo en Shakespeare, humaniza a asesinos confesos.

 

Los montajes de Edward Hall y Declan Donnellan -informales, intensos y lúdicos- han dado nuevo vigor al proceso que va del texto dramático a la producción teatral. Su trabajo ha contribuido notablemente a situar el mundo de Shakespeare en el centro de los dilemas morales de nuestro tiempo. Como los primeros isabelinos, amontonados en el cobijo incierto de los teatros de Southwark, dispuestos a entretenerse y a divertirse, el teatro de Shakespeare nos ofrece una plataforma suspendida entre el cielo y el infierno, una invitación a participar en una discusión absorbente sobre héroes que, bien pensado, suelen ser unos auténticos insensatos, y sobre cosas que, casi siempre, no son lo que parecían. Michael Pennington, con cuarenta años de Shakespeare a sus espaldas, actor y director, apunta a lo que, finalmente, explicaría la permanente vigencia de su dulce Will: “En Shakespeare, por muy bello que sea un pasaje, todo es argumentativo, todo es una discusión, cada línea un punto de vista en un debate constante”. Los directores ingleses lo entienden perfectamente: todo en Shakespeare es puro espectáculo textual.

 

http://www.lavanguardia.com/libros/20121212/54356287314/culturas-releer-reinterpretar-shakespeare.html