Joan Ramon Resina
Resultados razonables
Electrizadas por la apuesta al todo o nada (o mayoría excepcional o resignación) por un lado, y por otro por el intervencionismo histérico que los manifiestos “conciliadores” de la izquierda española hasta la suciedad de las alcantarillas del PP, pasando por guiñol de Tejero y la partida de la porra que el ministro del Interior envió a las urnas, al final las elecciones acabaron en anticlímax y con resultados razonables. Si alguna sorpresa hubo es que el PP consiguiera trasladar al gobierno catalán toda la responsabilidad de los recortes, haciendo olvidar a cientos de miles de electores que es este partido quien, desde el Estado y con mayoría absoluta, decide tanto los impuestos que gravan la economía catalana como las partidas presupuestarias, escandalosamente desproporcionadas al esfuerzo fiscal. Que encima haya salido indemne de la campaña más inmoral desde el restablecimiento de la democracia, permite evaluar el grado de cinismo o, en el mejor de los casos, de ignorancia que sufre su segmento del electorado. Con la hipótesis del cinismo no hay nada que hacer salvo deslindar el territorio moral y trazar una línea roja infranqueable: la que CiU ha traspasado durante la legislatura pasada eligiendo el PP como socio preferente. En la segunda hipótesis, hay que hacer un esfuerzo superlativo para educar la parte educable de este electorado, ayudándole a desvanecer el miedo a las tinieblas exteriores con que la propaganda ha embotado los brotes de conciencia de muchas personas, haciéndoles olvidar que el infierno no está fuera sino que es la España del PP.
Es cierto, todos esperábamos una victoria al alza de CiU, pero era una expectativa inducida por sondeos que una vez más han demostrado errados. Los argumentos de algunos amigos para convencerme del liderazgo definitivo de Mas se basaban más en la fe que en la constatación, y al final éste ha sido el punto débil de la candidatura: la imagen de profeta bajando al pueblo con la hoja de ruta después del Once de Septiembre exigía creer en una transfiguración. En este milagro han insistido periodistas e intelectuales que todavía no hace un año se burlaban el independentismo exprés, remitiendo a las calendas griegas un proceso por el cual no daban ni cinco céntimos. Pero he aquí que, formados a toque de silbato, no sólo se han sumado a la evidencia de un proceso que humanamente no tiene espera, sino que han hecho lo imposible para convencer al electorado que en adelante la independencia era cosa exclusiva de CiU.
Esto no era serio y no ha cuajado, y está bien que no haya cuajado. A las pretensiones de liderazgo absoluto podía objetarse que el currículo independentista del presidente no presentaba suficientes méritos para dejar el proceso exclusivamente en sus manos. ¿Y en nombre de qué se nos pedía hacer esto? En nombre de un partido que nunca ha sido programáticamente independentista. Y en nombre de un hito impronunciable a la que CiU aludía con eufemismos desde hacía sólo unos meses. ¿Pero quien es CiU al final? En la pasada legislatura CiU ha sido dos cabezas con un solo par de piernas. Y un partido teratológico que debate consigo mismo si avanza hacia un Estado independiente o retrocede hacia una unión más o menos reformada con España, no concita visiones de tierra prometida, se llame Ítaca o Massachusetts. Como si Moisés bajara del Sinaí con un sacerdote de Anubis. Tenía razón Pere Navarro cuando contraponía a la contradicción del PSC la de CiU. Esta contradicción, que se ha manifestado desastrosamente en plena campaña, necesariamente tenía que hundir una apuesta basada en su superación calculadamente retórica.
Tampoco es ninguna sorpresa el repunte de ERC hasta los niveles anteriores a una estrategia dañada por la ambición de gobernar a cualquier precio. La sinceridad, sustancia intelectual y moderación expresiva de Junqueras han desvanecido la desconfianza generada por otros líderes que habían creado la impresión de que, más que servir al país, se servían ellos del país. Resuelto este capítulo con elegancia, es natural que ERC reanude el crecimiento que el tripartito cortó de raíz.
Las cosas están, formalmente, donde habían sido otras veces: CiU victoriosa pero obligada a pactar. Sólo que esta vez lo hará encorsetada por unas expectativas que Mas no se puede permitir defraudar con el pretexto de unos resultados decepcionantes. Paradójicamente, es en estas duras condiciones, más que en la comodidad de una mayoría absoluta, cuando podrá demostrar su madera de líder. Necesitará luchar primero con el propio partido, y, si hace falta, reformar la federación, a fin de perseguir el objetivo comprometido en campaña. Y luego desplegar sus dotes diplomáticos para plasmar en acción la transversalidad independentista que supone desembarcar en un proyecto en marcha, y que se ha demostrado que CiU no se podía adjudicar, aunque sí puede, y seguramente no tiene otra salida digna que compartirlo.
Salvador Cardús
Baño de realidad
La primera vez que hablé de Ernest Shackleton fue en un artículo de octubre de 2008 en el Avui, titulado “Al inicio de la expedición”. Después, he recurrido a él repetidamente, cada vez que he necesitado recordar que la ambición política de la independencia era la más grande, pero también la más difícil que una nación se puede proponer. El anuncio en The Times para buscar tripulación, que advertía de las dificultades inherentes a la aventura, me ha sido una metáfora muy útil para frenar los entusiasmos excesivos. Pocas veces, sin embargo, he mencionado que si bien aquella expedición a la Antártida de 1914 a 1916 no tuvo éxito, en cambio el personaje es estudiado por sus cualidades de liderazgo a la hora de hacer posible la supervivencia de toda la tripulación, atrapada durante 22 meses en el hielo en la isla Elefante, después de que el barco naufragara.
Pues bien, ahora quizá sea el momento de recordar la historia entera, no sea que en la primera de las muchas dificultades que conllevará nuestro camino de la independencia, nos encogiéramos. Y es que tal y como me he cansado de advertir, sin hacerme antipático, nunca ha sido cierto que la sociedad catalana ya estaba madura para dar el paso a la independencia. Lo estaba para ver la conveniencia de ser consultada, pero el resultado de la consulta era y sigue siendo incierto. Sin embargo, el primera batacazo previsible era el de la reacción de España, que, como era de esperar, no se quedaría con los brazos cruzados a la espera de ver qué decidíamos los catalanes. En pocas semanas, hemos tenido la oportunidad de saber cómo las gastan y que no necesitan sacar ningún tanque mientras puedan sacar borradores anónimos dentro de las alcantarillas más sucias. Transparente, en este sentido, la cantada del director de El Mundo del mismo domingo por la noche: “¡Quién nos iba a decir que en la redacción de ‘El Mundo’ tendríamos la sensación de haber ganado unas elecciones autonómicas en Cataluña!”.
Mentiría si dijera que, pese a las advertencias, yo mismo me las había aplicado. Ya se suele decir que los médicos son unos pésimos enfermos y, probablemente, el primero en dejarme llevar por una cierta euforia fui yo mismo. En ningún caso preveía los resultados de estas elecciones, particularmente con respecto a los de CiU. Tampoco me dejaré arrastrar por la habitual sentimentalidad catalana depresiva, porque si con un aumento de casi un 11 por ciento de la participación se ha mantenido la proporción de voto soberanista ante el unionista, es que todo es más sólido de lo que podíamos imaginar. Ahora bien, necesitamos entender bien qué ha pasado para no errar en el diagnóstico y seguir la travesía.
Habrá tiempo para ir más a fondo, pero, en una reflexión de urgencia, creo que debemos entender estas elecciones como una actualización, un reset, del Parlamento para recoger mejor la complejidad y, por tanto, la representatividad de una sociedad catalana puesta, por primera vez, en una situación de estrés político independentista. No es lo mismo ir a votar en un eje nacional con la sensación de que se vote lo que se vote, no pasará nada, que hacerlo bajo la presión de las posibles consecuencias. Y ahora, el Parlamento está más cerca de lo que es esta realidad tensa que antes. Hay quien cree que el presidente Mas se equivocó avanzando las elecciones. Y desde un punto de vista partidista es cierto, e incluso era obvio que asumía un riesgo innecesario para sus intereses. Pero si era necesario avanzar firme hacia la consulta soberanista, era imprescindible que las posiciones de todos, empezando por las de CiU, se clarificaran. Y era necesario que cada uno supiera de qué podía y debía responder.
No creo que estos sean los mejores resultados para iniciar una travesía difícil, pero creo que no se podía encarar bien el viaje sin conocerlos. Anticipar las dificultades es la mejor manera de tener éxito. Para el soberanismo, para el independentismo, estos resultados han sido un baño de realidad necesario. Y no hablo sólo por los partidos que lo representan, sino sobre todo por la sociedad civil que lo reclama.
Salvador Cardús
Expectativas contra resultados
Si alguien quisiera reconstruir los resultados electorales a partir de las declaraciones de los líderes de los partidos o de los titulares de prensa española, e incluso de parte de la catalana, se haría una idea absolutamente equivocada de la realidad que ha quedado dibujada en el Parlamento de Cataluña. Las valoraciones sobre éxitos y fracasos no se hacen sobre la naturaleza objetiva de las cifras, sino respecto de las expectativas previas de cada formación. Y, en este sentido, determinadas euforias se explican más por el miedo que habían pasado sus líderes respecto a los resultados pronosticados que por ningún otro dato medible en votos. Así como las decepciones se explican por las ilusiones excesivas.
El caso más notorio, probablemente, es el del PSC. Aunque el candidato decía en campaña que “estaba preparado para ganar”, sus expectativas reales eran tan bajas que el hecho de “sólo” haber perdido el 30 por ciento de diputados -de 28 a 20 -, le ha permitido autopresentarse como un ganador frente al “fracaso” de Artur Mas. Un contrincante que, con más del doble de votos y dos veces y media más de diputados que el PSC, ha tenido una pérdida del 20 por ciento de diputados. Un caso similar es la de la líder del PP, que con un 13 por ciento de voto, en cuarta posición y un escasísimo diputado de más, es capaz de atribuirse la representación más nítida de todo el país. También en este caso, el fracaso de las previsiones de retroceso explican parcialmente la euforia del partido -la otra parte de euforia es connatural a la diputada-, ciego al crecimiento verdaderamente notable de C’s, y donde tienen una frontera que deberían analizar con atención.
Es todo lo contrario de lo que ha ocurrido a los ganadores reales de las elecciones. Por un lado, hay una CiU con sensación de derrota por no alcanzar sus objetivos. Por el otro, una ERC que a pesar de ser la fuerza más beneficiada por méritos propios pero también por la conjunción astral de la campaña, ha sido muy discreta a la hora de exhibir músculo político. Señal de que tenía unas expectativas muy próximas a las conseguidas. El caso de Ciudadanos y las CUP merecería un comentario aparte y más extenso.
Pero, valoraciones emocionales al margen, ahora tocará gobernar con la crudeza de unas cifras que no tienen otra interpretación que su peso en diputados. Personalmente, no tengo ninguna duda de que nuestro Parlamento sabrá administrar esta complejidad mayor y que lo hace más fiel a la realidad catalana. Una complejidad, también, que no puede ocultar un hecho clave y excepcional: a pesar del incremento de participación de hasta un 11 por ciento, se mantiene claramente establecida la superioridad del bloque soberanista, que dobla el unionista. Y eso sí que son números y no interpretaciones fantasiosas. España sigue perdiendo.
Agustí Pons
Gaziel el laberinto
El resultado de las elecciones del domingo puede hacernos llegar a una primera conclusión: en un momento decisivo de nuestra historia, los ciudadanos de Cataluña hemos vuelto a dar el sesgo, es decir, no nos hemos enfrentado al problema de cara sino que, en el último momento, hemos fallado. La idea del sesgo no es mía, sino de Gaziel, y el gran periodista catalán la había expresado en un texto titulado ‘El desconsuelo’ y escrito en 1944. En un mismo sentido se había manifestado, años antes, el gran Unamuno: “A los catalanes os pierde la estética”, y lo decía, Unamuno, con relación al sentido de poder. Desde esta perspectiva, los resultados de las elecciones del domingo no pueden sino calificarse de desastrosos, no ya para Convergencia sino para el conjunto del catalanismo. Necesitábamos un gobierno fuerte y un líder incontestado, y de la jornada electoral hemos salido con una mayoría descabezada y un líder debilitado. El catalanismo -ya lo sabíamos- es fruto de una sociedad compleja, y el resultado de estas elecciones, con más participación que nunca, es una nueva demostración de ello. Pero sin entrar en el terreno de la psicología colectiva, que es un terreno peligroso, no quiero dejar de decir que, en el fondo del resultado electoral, se vislumbra el miedo de una sociedad, la catalana, a encarar su futuro con plena confianza en sí misma. Pienso en la totalidad de los ciudadanos de Cataluña, es decir, en los que votan Convergencia o a las CUP pero también en los que prefieren el PP o Ciutadans. En conjunto, este es un país donde el catalanismo triunfa -social, cultural y también políticamente- a condición de que este triunfo no sea muy explícito ni suponga demasiados esfuerzos.
A esta lectura de los resultados del domingo, más bien desoladora, podríamos poner dos contrapuntos. En primer lugar, y como ha remarcado una parte significativa de la prensa anglosajona, hay que constatar la consolidación de una mayoría parlamentaria favorable al derecho a decidir. En segundo lugar, cabe destacar el ascenso espectacular de ERC. En cuanto al derecho a decidir creo, honestamente, que sólo resultan fiables las posiciones de Convergencia y Esquerra. Las CUP juegan en otra liga y, como ya he dicho en otros momentos, resulta estimulante que una fuerza antisistema haya llegado a la conclusión de que el sistema es permeable y que haya decidido participar en el juego institucional. La historia, al menos la historia más reciente de Europa, le da, en este punto, la razón. Iniciativa es un caso distinto. Iniciativa se sitúa, todavía, en un plan de superioridad moral con respecto al resto de partidos -y sobre todo, con relación a los partidos gobernantes en Cataluña y España- y esto la hace difícilmente previsible desde una perspectiva estrictamente laica.
Todo queda, pues, en las manos de Esquerra. Se habla de la necesidad de un pacto parlamentario, e incluso de un gobierno de coalición, entre Convergència y Esquerra. No será fácil, sin embargo, llegar si tenemos en cuenta que las políticas de austeridad difícilmente podrán cambiar en Cataluña mientras en Berlín mande la señora Merkel y en Madrid el señor Rajoy, el cual, por cierto, hará todo lo que pueda para que este gobierno no se llegue a formar o naufrague a la primera. Ahora que el independentismo catalán ha enseñado todas sus cartas y que Convergència ha dejado de ser interlocutor fiable procurar que la actual situación política y económica de Cataluña quede enquistada no es una mala solución para un gobierno español especialista en dejar pasar el tiempo. En la mejor de las hipótesis, la lucidez de Gaziel ha entrado en el laberinto y habrá que esperar un milagro para que CiU y Esquerra no agoten sus fuerzas intentando desmadejar el hilo.
José María Chacón
Catalunya: malas noticias para el Partido Popular
Las elecciones catalanas han arrojado, a pesar de lo que pudiera pensarse por su reacción, malas noticias para el Partido Popular. En primer lugar, el partido de Rajoy aspiraba a generar y concitar un gran número de votos pro-españolistas, o anti-independentistas, y esperaba con ello aumentar notablemente su presencia en el parlamento catalán. Obviamente, no ha ocurrido nada de esto. Ha aumentado en un escaño su presencia pero, sobre todo, el incremento masivo de votos anti-independentistas con que soñaba no se ha producido y, además, quien más se ha beneficiado de la radicalización entre el electorado, en el nacionalismo español, ha sido Ciutadans. Los más radicales entre los nacionalistas españoles no confían suficientemente en el PP. Les parecen poco ‘españoles’.
Por otro lado, a pesar de que el partido que gobierna en Madrid y sus medios de comunicación se han desquitado contra el líder de CIU tras la noche electoral –la caza del hombre está muy extendida como estrategia política en el nacionalismo español, como bien sabe Ibarretxe-, lo cierto es que el resultado de las elecciones es una muy mala noticia para el gobierno español.
Artur Mas había pedido una mayoría absoluta holgada para que no cupiese duda de la voluntad de cambio del electorado. Pero el argumento era sospechoso, y así lo ha percibido una parte relevante de los votantes catalanes que, llegado el momento, han preferido votar a Ezquerra o a CUP: si de lo que se trataba era de demostrar el apoyo al referéndum autodeterminista y, en última instancia, a la independencia, no hacía falta concentrar el voto en un único partido; era igualmente expresivo el voto a entregado a cualquiera de los partidos que se habían manifestado a favor de la independencia. Y probablemente con más garantías.
No, CIU quería una mayoría absoluta para poder presentarse ante el gobierno español como depositario único, y por tanto como único gestor, de la voluntad de independencia de los catalanes. Y ello por un motivo muy fácil de comprender: para tener las manos libres para alcanzar acuerdos de fondo con el gobierno hispano. Por decirlo de otra manera, Mas quería la mayoría absoluta para utilizar libremente el hartazgo de los catalanes como elemento de negociación con la España cerrilmente nacionalista e intransigente de Rajoy.
¿Qué pretendía negociar Mas con España? Dos cuestiones de gran importancia: la plurinacionalidad del estado español y un concierto económico para Catalunya. Reconocimiento nacional y garantías económicas. Los dirigentes de CIU son conscientes de que, si se alcanza un acuerdo que merezca tal nombre sobre estos dos asuntos, las ansias de independencia se desinflarán como un souflé entre el electorado catalán. Lo que ya no soportan los habitantes del Principado es una relación con España en la que el centro castellanista decide unilateralmente con cuánto de su dinero se quieren quedar e impone, de forma igualmente unilateral, una identidad hispano-castellana ferozmente represiva para con la diversidad identitaria.
Pero a CIU no le ha salido bien la apuesta. Una parte importante del electorado catalanista no ha llegado a fiarse del partido de Mas y ha preferido apoyar su apuesta independentista en partidos que han demostrado ser menos maquiavélicos y más auténticamente independentistas.
La situación que ha deparado la noche electoral complica las cosas para CIU, pero sobre todo las complica para el gobierno español: a Rajoy le habría resultado mucho más fácil negociar con un Artur Mas plenipotenciario un acuerdo que pusiera fin al ‘desafío independentista’. Ahora CIU va a tener que negociar con ERC para conformar gobierno en Catalunya –un acuerdo con PSC o con el Partido Popular, en caso de ser posibles, sería suicida-, lo que implica que Mas ya no tiene las manos libres para actuar. La posibilidad de alcanzar un acuerdo con España que devuelva las aguas a su cauce –al cauce español- se esfuma. Esquerra no quiere componendas con el estado español. Quiere una hoja de ruta hacia la independencia, nada más. O Artur Mas le ofrece garantías en tal sentido, o no habrá acuerdo, y CIU se enfrentará una situación tremendamente compleja.
Por eso pienso que el error de cálculo de Mas ha metido al gobierno español en un gran problema: ahora es altamente improbable la negociación de un acuerdo hispano-catalán que ponga fin a esta endiablada situación. Los electores han dado a ERC la llave del tesoro, y sólo un suicidio político de CIU podría frenar esta deriva: si algo ha quedado indudablemente claro tras unas elecciones planteadas por ambos bandos como un plebiscito, es que la mayoría democrática de los catalanes desea la independencia. Después del pasado domingo, ya no cabe duda de que todos y cada uno de los votos que han recibido CIU, ERC y CUP eligen la independencia. Y son mayoría, por más que los partidos españoles hagan mucho ruido para intentar esconderlo.






