Icono para una crisis
MARÍA ANTONIETA, reina de Francia por su matrimonio con Luis XVI, muerta en la guillotina a los 38 años, es hoy un personaje contemporáneo, no sólo por estar de actualidad en libros y películas, sino por lo que representa como símbolo de un mundo en crisis e incertidumbre, y abocado a los cambios
Símbolo, emblema de las tragedias y las paradojas de la historia moderna, la reina María Antonieta de Francia (Viena 1755- París 1793) toma hoy, más que nunca, un nuevo relieve ligado con la inquietante actualidad de un mundo en crisis. ¿Qué mayor crisis social, política, de ideas y de costumbres en la historia europea moderna que la que comprende, precisamente, la vida de la princesa austriaca? La trayectoria de María Antonieta, sus reacciones, sus condicionantes, son hoy más aleccionadores que nunca de lo que supone una época convulsa que, a la vez, plantea nuevos caminos a la humanidad entera.
En el caso de la crisis del siglo XVIII, su compleja revolución moral perdura hasta nuestros días. Y las vidas son, siempre, más aleccionadoras que la simple concatenación de los hechos históricos; las biografías explican el centro nervioso de la historia: las personas y sus enigmas.
Más allá de la enorme leyenda de María Antonieta, se conocen cada vez mejor gracias a una apasionante historiografía, preferentemente francesa, tanto el marco histórico de su vida —desde la Ilustración hasta la Revolución Francesa con su horror totalitario y su germen democrático— como el detalle de su acciones, plagadas de errores, aciertos, paradojas y sentimientos encontrados. El icono adquiere así dimensión atemporal.
Muchas cosas importantes transcurren hasta que esa frágil niña —casada a los catorce años, por razones de Estado, con quién sería el rey Luis XVI de Francia, que tenía un año más que su prometida— se transforma en la digna mujer que escribe su última carta el 16 de octubre de 1793, pocas horas antes de ser guillotinada, a su cuñada Elisabeth de Francia. Le dice que está serena y tranquila -la reina apenas pesa 39 kilos en ese momento-, pide el perdón de todos “por todas las penas que, sin quererlo, hubiera podido causarles”, enfatiza que “perdono a mis enemigos por el mal que me hicieron” y ruega a su cuñada que vele para que “mi hijo no olvide las palabras de su padre y que yo le repito: no ha de vengar nunca nuestra muerte”. Las últimas palabras de esta carta conmovedora (ver Correspondance. 1770-1793, Tallandier Éditions, 2005) son para decir que, aunque permanece católica, no quiere confesar con un cura desconocido antes de morir: “protesto aquí: no le diré una palabra y le trataré como un ser perfectamente extraño”. Genio y figura hasta el final.
María Antonieta y Luis XVI vivieron entre el fin del mundo antiguo, del que el Ancien Régime fue su principal baluarte, y el nacimiento un mundo nuevo. Su común búsqueda fue la de entender dónde estaban y cuál era su papel. Ambos dudaron sobre cómo acoger los cambios históricos que captaban desde su posición singular, ambos quisieron ser libres y lo intentaron a su manera, ambos aceptaron su destino, ambos comenzaron la vida desde las más altas posiciones de poder y murieron guillotinados sin conocer que su instinto de libertad estaba bien orientado y era común al de una mayoría de humanos. Ambos, en fin, experimentaron que, en contra de lo que les habían enseñado, eran personas comunes y corrientes y por ello parecidos a quienes fueron sus súbditos y finalmente sus ejecutores. Su vida se movió en esta paradoja ejemplar.
El enlace de estado (1770) entre la hija de la poderosa emperatriz María Teresa de Austria y el nieto de Luis XV -de accidentada trayectoria, ya que el matrimonio no fue consumado por la escasa experiencia de ambos contrayentes hasta siete años después y tuvo finalmente cuatro hijos- fue un claro precedente del eje franco-alemán que hoy encarna la unidad europea, de nuevo en precario equilibrio. Sobre estos dos seres, con poca preparación, especialmente en el caso de María Antonieta, cayó la responsabilidad de construir una dificilísima alianza política y un consenso social imprescindible para su propia supervivencia. Obviamente, fracasaron en tal empeño. Dadas las exigencias de ejemplaridad de la sociedad de su época, la misión de la princesa fue mucho más allá que dar un heredero al trono francés. La trágica distancia entre su actuación pública y la realidad personal, que hoy conocemos mucho mejor, es sólo uno de los múltiples espejos en el que los contemporáneos podemos encontrar enseñanzas. La azarosa biografía y la circunstancia de un personaje singular y extraordinario trasciende su tiempo histórico.
STEFAN ZWEIG O LA COMPLEJIDAD DEL ICONO
La historia de María Antonieta ha conmovido a escritores y cineastas del siglo XX y apasiona hoy a las jóvenes generaciones. Dos recientes películas, Marie Antoinette (2006) de Sofía Coppola y Adiós a la reina (2012) de Benoît Jacquot, ambas de notable éxito de crítica y público, son la última muestra de un referente humano universal que interesa en todas las épocas y desde múltiples aspectos. En esta línea está el acierto del editor barcelonés Jaume Vallcorba de reeditar, de forma impecable, este clásico que es la muy recomendable biografía (María Antonieta, Acantilado) del gran escritor austriaco Stefan Zweig. Él es quien mejor sintetiza la compleja grandeza y humanidad del personaje incrustado en la mayor crisis de la historia. Una exhaustiva y precisa cronología completa una reedición que hay que celebrar como un estreno, con los datos básicos de uno de los ejemplos imprescindibles para entender la naturaleza humana.
“Quizá la vida de María Antonieta -escribe Zweig- sea el ejemplo más ilustrativo de cómo a veces una de esas personas mediocres es capaz de arar el destino y, con su puño imperativo, alzarse con fuerza sobre su propia mediocridad”. Lo que importa hoy de la frívola princesa, ansiosa de modernidad, amante de las artes, del juego y de todos los placeres de la vida que conjugó con su tarea como madre, es su papel de testigo y protagonista de primera fila de una época transformadora en la que existió, como ahora mismo, una enorme confusión sobre los ideales y las tareas de la sociedad.
El talento narrativo de Zweig, su excelente documentación y su penetrante lucidez sobre la esencia de lo humano, subraya el coraje con el que tanto la Reina como Luis XVI sobrellevaron y culminaron ocho años de agonía personal y política en medio de una revolución que marcó para siempre los límites del poder absoluto e influyó en el devenir de las democracias y en las costumbres de los europeos. La historia de María Antonieta, una mujer dispuesta a romper normas que le parecían opresoras y rebelde ante su propio origen, es un precedente de las preocupaciones complejas que ocupan a los contemporáneos.
Los 38 años de la vida de María Antonieta resumen todos los géneros narrativos: la comedia, el glamur, la intriga y el suspense político así como el melodrama y la tragedia. Con todo ello y con las increíbles aventuras que protagoniza -dentro de la corte de Versalles como blanco preferido de una crítica despiadada por parte de aristócratas; y en la plaza pública como pim-pam-pum del pueblo-, se construye un fascinante relato vital. Niña caprichosa y frívola, mujer consciente de su responsabilidad de dar a luz a un heredero, acabará amando a su marido Luis XVI y, a la vez, enamorándose apasionadamente al conde Fersen, a quién convertirá en cómplice de su propia y paradójica contradicción. Su personaje es único en la historia. La maestría de Zweig muestra cómo la vida real va, en tantos casos, más allá de la ficción.
EL XVIII, UN SIGLO PELIGROSO DE LUCES Y SOMBRAS
Para enlazar al personaje y los impactantes acontecimientos de su vida con la sensibilidad actual es necesario dar una mirada rápida al meollo de la realidad cultural del movido y desafiantemente innovador siglo XVIII. Recientemente publicado (Anagrama, 2012), el ensayo Gente peligrosa. El radicalismo de la Ilustración europea, del historiador alemán Philipp Blom, resulta imprescindible para tener una impresión certera sobre los enormes cambios culturales y sociales de ese momento histórico. Blom es un narrador especializado ya en la cultura del XVIII (ver su Enciclopedie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales, Anagrama, 2010).
Alejado de los tópicos, centrado en que el lector entienda el funcionamiento de aquel momento brillante que aún marca nuestra realidad actual, Gente peligrosa resume el choque entre el mundo antiguo en el que reinaba la religión, los fundamentalismos y el oscurantismo frente a la luz de la inteligencia y el humanismo radical que dibuja una forma de vivir mucho más acorde con la libertad y el espíritu empático de la naturaleza humana. Un momento en el que llevó la iniciativa del cambio social la audacia intelectual de un grupo de europeos basados en París (Diderot como punto central y ecléctico de la revuelta de las ideas, el Rousseau de los primeros tiempos y el muy olvidado Claude Adrien Helvetius), pero también en Londres (David Hume, Horace Walpole y Adam Smith), Italia (Ferdinando Galiani) y Estados Unidos (Benjamin Franklin). Todos ellos amigos, colaboradores de la Enciclopedia y miembros durante décadas del salón parisino del barón Paul Thiry d’Holbach (también escritor y pensador), planteaban y avanzaban cambios decisivos en la historia de Occidente.
Blom supera y desprecia las versiones oficiales de la Ilustración, aportando espléndidas investigaciones sobre el día a día de la vida real de esos espíritus inquietos. Ellos abrieron caminos a la Europa democrática actual con mayor peso y profundidad que las oficialistas glorias reconocidas como Voltaire, quien tuvo tratos con todos ellos. En el salón de d’Holbach se gestaron el liberalismo, el idealismo, los totalitarismos y las democracias que hoy conocemos. Más allá del culto a la razón ilustrada, que efectivamente era el gran telón de fondo, allí estuvo el germen del romanticismo, el semillero del ateísmo, la búsqueda de la belleza y del placer, se cultivó tanto el escepticismo como el humanismo radical y se promovió una moral solidaria y empática.
Todos estos extremos tienen su correspondencia en las vivencias que ahora conocemos de la vida de María Antonieta. “Nada era más ajeno a María Antonieta que la hipocresía y el disimulo”, escribe Stefan Zweig para apuntalar su tesis de que la relación entre la reina y Fersen no sólo no se oculta a Luis XVI sino que le transforma en colaborador imprescindible de la peripecia trágica de la pareja. “Sincera hasta lo más hondo, incapaz de todo disimulo, esa mujer saltó cien veces, por motivos mucho menos importantes, todas las barreras de las convenciones, indiferente a los cotilleos a sus espaldas”, subraya para explicar la coexistencia de la pasión por Fersen con un amor profundo por Luis XVI, demostrado además con creces durante su largo cautiverio. Y sentencia Zweig: “Nunca es una mujer más honesta y más noble que cuando sigue libremente sus sentimientos inequívocos y probados, nunca una reina más real que cuando actúa del modo más humano”. Es como si la reina compartiera una de las más famosas sentencias de Helvetius: “Placer y pena son los dos únicos resortes que mueven y moverán el mundo”; y parece que así fue. La madre de María Antonieta, la rígida e inflexible emperatriz austriaca, seguramente se hubiera horrorizado de haber conocido esta realidad.
Es en este sentido que la reina participa, quizás inconscientemente, mediante diversas lecturas heterodoxas, de la ética del hedonismo ilustrado que se defendía en el salón d’Holbach. La heterodoxia -algo sumamente personal en el caso de la reina- es el punto que une seres tan aparentemente dispares como María Antonieta, los tertulianos de París y los contemporáneos. “Transcurridos más de dos siglos desde que el salón d’Holbach cerrase sus puertas por última vez -escribe Blom- seguimos teniendo que elegir entre el culto al sentimiento y el odio a uno mismo secularizado de Rousseau, el cinismo mundano de Voltaire y la ética del hedonismo defendida por los habitués (del salón). Desterrados desde hace tiempo a los márgenes de la historia por una sociedad que no quiere oír, su mensaje terminó ahogado por otras voces; las obras de sus partidarios fueron quemadas en público (durante la Revolución francesa) y luego sólo las leyó un grupo selecto”. El biógrafo recuerda que, según Nietzsche, “Voltaire era la última mente vieja de Francia; Diderot la primera nueva”. Ese era el mundo en el que también vivió María Antonieta, a quien, desde luego, le interesaba todo lo nuevo que su época ofrecía.
CASANOVA O LA HISTORIA OCULTA DEL XVIII
La pasión por lo nuevo define el siglo XVIII: hay una búsqueda de nuevos horizontes en todas partes. Las fascinantes memorias de Giacomo Casanova (Venecia, Italia, 1725-Bohemia, República Checa, 1798) muestran con amplitud la parte menos oficial y más cotidiana, aunque no por ello menos real, de las costumbres y la vida de este agitado siglo. Obra de culto, una exquisita y reciente reedición (Historia de mi vida, en dos volúmenes de casi mil setecientas páginas cada uno, Atalanta, 2009, prólogo de Félix de Azúa) nos sumerge en las inquietudes de aquella gente que, como al aventurero, osado y culto Casanova, vivieron en perpetua búsqueda del sentido de la vida, del mundo, del conocimiento, del placer y del sufrimiento.
Las increíbles aventuras eróticas de Casanova son consecuencia de esa osadía y esa voluntad de descubrir lo que comenzaba a conocerse ya como felicidad y de la que el arte, sin duda, es parte principal. “¡Felices los enamorados que pueden sustituir con la inteligencia los sentidos cuando estos últimos necesitan reposo!”, escribe el sabio Casanova, que también recaló en el salón d’Holbach, admiró a María Antonieta y predijo el cataclismo francés además de retratar, sin contemplaciones, las costumbres de los pueblos europeos desde el sur hasta el norte. Fue testimonio preciso del inicio del culto al dinero: una de sus habilidades consistió en montar loterías y juegos de azar similares a los que apasionaban a María Antonieta. En aquella época -como ahora de nuevo- el dinero tenía un aura mágica.
Estas memorias son las de un ilustrado y un ser libre que recorre toda Europa, habla varios idiomas, ama todas las artes y los seres inteligentes, es capaz de intrigar, de llegar a rico y ser pobre, con un gusto exquisito, que vende su inteligencia peculiar al mejor postor, desde banqueros a reyes como Luis XV o lumbreras como, de nuevo, Voltaire. Es el perfecto testigo del avance de la burguesía emergente, de los trágicos deslices del autoritarismo de las monarquías, de la necesidad de una seguridad jurídica universal y de los violentos panfletos que rodeaban a sus figuras más notorias. María Antonieta fue blanco preferido de los panfletos más crueles: se la llamaba “tirana y espía austriaca” y se inventaron sobre ella toda clase de monstruosidades (como la relación incestuosa con su hijo el Delfín, además de interpretaciones no veraces sobre el famoso affaire del collar), creando un estereotipo cruel que aún perdura y le atribuye frases como la que alude a la frivolidad de la reina aconsejando saciar “el hambre del pueblo con croissants”.
Contemporáneos de Casanova y de la reina francesa son figuras que marcan el siglo con grandes aventuras artísticas que participan de ese espíritu aventurero como Mozart, Goethe, Schiller, Kant, Sade, Goldoni o Pierre Augustin Beaumarchais, un personaje peculiar cuyo Barbero de Sevilla, primero prohibido en Francia, es finalmente estrenado en 1775 y representado en 1777 en el Petit Trianon con María Antonieta en el papel de Rosina.
La intensa y contradictoria vida artística que narra Casanova tiene bastante que ver con la pasión de María Antonieta por las artes, todo lo cual se completa con unas costumbres galantes y eróticas que mezclan la ingenuidad con el experimento. Tanto Casanova como María Antonieta y los tertulianos de d’Holbach comparten la debilidad por la moda, entendida esta como una exquisitez estética, también como moral que impulsa al constante descubrimiento.
En el siglo XVIII todo era tan nuevo como el inicio de la máquina de vapor o las primeras experiencias con la electricidad, además de la proliferación de sectas esotéricas que desafiaban las creencias religiosas y la tradición o las nuevas investigaciones psicológicas que abrían puertas a la libertad y al interior de los seres humanos. Que el conjunto de estas circunstancias dan lugar a una nueva forma de vivir parece confirmarse con el nacimiento, en 1776, de una perspectiva política que se plasma en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. El papel de Luis XVI y de los franceses en el apoyo de la independencia americana confirma que aquella corte tenía contactos directos con los nuevos modos que amanecían en el mundo.
Todo se mezclaba en aquella enorme crisis de ideas, costumbres y anhelos. La vida de María Antonieta es el testimonio de que lo antiguo no valía pero lo nuevo no encontraba aún su lugar: los cambios sociales son normalmente lentos y se cometen muchos errores. En aquel caso fueron también cruentos: la reina francesa, que esperaba gozar de un mundo nuevo fue también su víctima.
“Nunca, me repitió muy a menudo mi padre —escribe Charles-Henri Sanson, hijo del verdugo que guillotinó a Luis XVI y a la reina— María Antonieta se había mostrado más digna de su suprema autoridad (como reina de Francia) que ante el cadalso”. Describen estas escalofriantes memorias (La revolution française vue par son bourreau, según la memoria del verdugo Charles-Henri Sanson, compilada por Monique Lebailly. Le cherche midi, 2007) que mientras le gritaban “¡muerte a la austriaca!” y le amenazaban con puños y picas, la reina no parecía oír, y mirando al cielo sólo dijo “Adiós, hijos míos, voy a reunirme con vuestro padre”, antes de que su cabeza cayera al cesto y estallaran mil gritos de “¡Viva la República!”.
http://www.lavanguardia.com/cultura/20121003/54352221282/icono-para-una-crisis.html





