Al viajero, de vez en cuando, le gusta visitar como turista los lugares que los turistas no visitan. Como una ciudad donde le han dicho que no hay nada de interesante para ver, tan nueva que no tiene ni un poquito de historia. El viajero, por tanto, coge un tren en la estación Amsterdam-Central, y al cabo de quince o veinte minutos penetra en los espacios casi abstractos que hace poco más de medio siglo estaban todavía bajo el agua del Zuiderzee, el mar interior de Holanda que poco a poco se reduce con la creación de nuevos polders. Casi toda la provincia de Flevoland es tierra nueva, de aspecto algo desolado, donde el parque de Oostvaardenplassen es una llanura infinita con pocos árboles dispersos secos y torcidos, donde pastan caballos, ciervos y ovejas. Y en la estación de Lelystad, capital provincial, me dicen, en efecto, que allí no hay nada digno de ver, que no tienen un plano urbano, que no hay oficina de turismo, y que lo único que puedo hacer es pasear a mi aire. Pasee, pues, cerca de dos horas, por calles que no parecen calles, por plazas con edificios públicos de arquitectura que pretende ser espectacular y que a mí me parece brutal y forzada. Lelystad apareció en medio de la nada, en 1967, y los políticos, urbanistas y arquitectos la pensaron como una ciudad ideal y perfecta, la fantasía aplicada de la corrección urbana: sectores delimitados para los diversos usos, un centro pensado para comprar y pasear, muchísimos espacios verdes (bueno, eso, allí, no tiene mucho mérito), calles con porches que quieren ser amables, muchas plazoletas y plazas, muchos servicios públicos, bibliotecas, escuelas, y todo lo que se pueda pedir o imaginar. El resultado es una frialdad general de las calles y las plazas, los edificios públicos y privados, de la ciudad entera. Todo es limpio y correcto, perfecto, pulido, impecable. Todo está calculado y estudiado pensando, supongo, en la mayor felicidad ciudadana: una idea hecha realidad porque se podía empezar de cero. Y yo no viviría en esta ciudad por nada del mundo: no sé qué satisfacciones tendría el cuerpo, pero es seguro que se me congelaría el alma. En la plaza central, hay un gran cartel que dice Utopolis. Y de mi antiguo barrio de La Torre, en medio de la ‘horta’ (huerta), también quieren hacer algo perfecto y abstracto, con el nombre-imposible de Sociópolis. Que el Dios les perdone: yo no.
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/06/20/valencia/1340206772_780640.html







