“Cataluña debe evitar convertirse en una pieza más en el tablero de ajedrez español”
Un buen amigo y lector me escribe que el 6 de octubre del 34 se ha convertido en el nuevo “coco” del catalanismo gubernamental. “La expresión ‘6 de octubre’ se ha convertido”, dice textualmente, “en una especie de coco contra la independencia y una advertencia contra el arrebato que se nos supone a los catalanes”. Tiene razón. La comparación histórica tiene un propósito político constructivo -evitar que todos juntos hagamos el ridículo. Pero, sobre todo, parece tener el objetivo explícito de frenar toda posibilidad de transformación política en el país.
En realidad, la independencia de Cataluña no fue nunca la cuestión central del 6 de octubre de 1934. Es verdad que el consejero Dencás, separatista, apoyó al presidente Companys cuando éste declaró el Estado catalán. Sin embargo, aquella declaración tuvo un origen doble. Uno muy inmediato: el conflicto, estrictamente social, en torno a la ley de contratos de cultivo, entre la izquierda y derecha catalanas del momento, y la decisión del Tribunal Supremo español de apoyar a los propietarios catalanes y de declararla inconstitucional. Y otro más indirecto, más general y más relevante: la agudización del enfrentamiento entre la derecha y la izquierda españolas. Companys, que siempre había sido un catalanista tibio y un político obsesionado con el eje económico izquierda-derecha, decidió utilizar a Cataluña como arma de combate contra la CEDA (el PP de la época). Y, por eso mismo, su proclama dejó claro que establecía el Estado catalán dentro de “la República Federal Española”.
Solo, con el único apoyo de la ‘gente de la ceba’ (gente de la cebolla, literal), sin ningún tipo de discurso público que legitimara aquella acción y sin la connivencia de los anarquistas, Companys fracasó en pocas horas y convirtió ese día en un momento catastrófico para Cataluña, en un un disparate y en una vergüenza. Ahora, también es cierto que al final logró lo que deseaba. Dos años después pudo hacer la revolución y pudo finalmente pelearse con la derecha peninsular.
¿Qué lecciones podemos extraer del 6 de octubre del 34? En primer lugar, que Cataluña debe evitar convertirse en una pieza más en el tablero de ajedrez español. En segundo lugar, que todas las decisiones que deban tomarse deben hacerse de manera transparente y pública, siempre en busca de la creación de una mayoría bien informada. Y, en tercer lugar, en preparar un proceso completamente democrático, con un calendario claro. La tendencia actual de las finanzas catalanas parece indicar que el ahogo financiero y la exasperación presupuestaria de la Generalitat no dejarán de crecer. Del mismo modo, el empeoramiento de la economía española parece imparable. Ante ésto lo que no se puede hacer es quedarse quieto y de brazos cruzados si lo que se busca es la soberanía política y fiscal: hay que desarrollar un plan de contingencia y explicarlo sin miedo. Porque sin este plan y sin la comprensión activa de la opinión pública, nadie con dos dedos de frente querrá dar ningún salto al estilo 6 de octubre.








