Contra la melancolía

El bombardeo de noticias catastróficas está provocando la extensión de una especie de abatimiento colectivo

“Ja han tocat les dotze, i res no es mou. Sí, res no es mou, i ja som a un altre dia“. Cualquiera en La Seu d’Urgell sabe estas palabras de memoria. Pertenecen al Retaule de Sant Ermengol, una representación teatral sobre la vida del más célebre de sus obispos medievales. En un cuadro, se escenifica el tópico del terror ante el cambio de milenio, que durante mucho tiempo alimentó el mito de una Europa aterrorizada ante lo que iba a pasar. Ahí se escucha la frase, tras la última campanada de fin de año, siglo y milenio. Acabaron de sonar, y no pasó nada. Los cambios de era, ciertamente, no suceden a toque de campanas.

¿Recuerdan la propuesta de Sarkozy, en septiembre de 2008, sobre la necesidad de refundar el capitalismo? Una semana antes, Lehman Brothers había anunciado su quiebra, y hacía un año los créditos subprime habían provocado la crisis financiera. Tiene gracia: el capitalismo ya había empezado a refundarse por su cuenta, sin esperar a Sarkozy, y tal vez ahora pueda darse por ya refundado. Vivimos en otra época: sin que hayan sonado campanas, lo que nos separa de 2007 es abismal.

Y fíjense ahora en este texto, que parece escrito hoy: “Pero es demasiado tarde. Estas funestas palabras serán ahora la respuesta a todos sus esfuerzos. Con unas pocas medidas ocasionales, advierte ahora asustada la corte, ya no se puede salvar nada, hace falta un Hércules que aparte del camino de una vez la gigantesca piedra del déficit. Un ayudante, un ministro tras otro es llamado a la obra de la financiación, pero todos aplican tan sólo aquellos recursos calculados para el momento, que nosotros mismos recordamos muy bien de ayer a hoy (la historia siempre se repite): gigantescos empréstitos que en apariencia hacen desaparecer los anteriores, impuestos y más impuestos sin consideración alguna. Pero como la enfermedad real es más profunda, y se debe a una defectuosa circulación económica, a un insano reparto de la sustancia económica nacional por acumulación de toda la riqueza en las manos de unas docenas de estirpes feudales, y como los médicos financieros no se atreven a acometer la necesaria intervención quirúrgica, la anemia del tesoro se hace crónica. ‘Cuando el derroche y la frivolidad han agotado el tesoro real , se alza un grito de desesperación y miedo. Entonces los ministros de Hacienda aplican medidas cada vez más draconianas . Estos remedios momentáneos alivian por un tiempo las dificultades, y en seguida se pasa, con increíble ligereza, de la desesperación a la mayor despreocupación. En último término, es seguro que el actual gobierno supera al anterior en desorden y saqueo, y que es moralmente imposible que este estado de cosas pueda durar más sin tener una catástrofe como consecuencia’. Pero cuanto más se siente acercarse el desplome, tanta más inquietud brota en la corte. Por fin, por fin se empieza a comprender. No basta con cambiar a los ministros, sino que hay que cambiar el sistema”.

Disculpen la extensión de la cita, pero estas palabras son de una actualidad sorprendente. Y, sin embargo, pertenecen a María Antonieta, el clásico de Stefan Zweig que este año ha reeditado, tan oportunamente, la editorial Acantilado. Un libro maravilloso, de una profundidad psicológica admirable, que relata el final de la monarquía en Francia y que sigue el pulso del avance del espíritu revolucionario que provocará, en Francia y en toda Europa, un cambio radical de época. No parece que sea mala lectura para estos tiempos, si me permiten la sugerencia, ahora que llega el verano.

Como tampoco no lo es la reedición de otro clásico imprescindible, igualmente de actualidad, que es la Decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon, que Atalanta ha tenido el acierto de volver a traducir y editar. Harold Bloom, que considera el texto como profético, no tiene reparo en decir que el diagnóstico del libro es perfectamente aplicable a lo que sucede en su país. Dos lecturas, las de Zweig y la de Gibbon, coincidentes en su oportunidad, y que dan que pensar sobre nuestro cambio de época, tan diferente…

Hace muchísimo tiempo, Hipócrates ya sentenció que, cuando la combinación de tristeza y dolor se prolonga demasiado, puede dar lugar a la melancolía. Seguramente la tristeza no sea hoy el sentimiento generalizado ante la crisis, cosa que sin duda sí que sucede con el dolor, puesto que los efectos de la situación son tan alarmantes que es difícil que alguien haya quedado al margen del torbellino. Y, sin embargo, a pesar de lo mucho que se ha hablado de la indignación, no parece descabellado pensar que son otras las reacciones mayoritarias: por una parte, una especie de enfado y de irritación sin objeto preciso que, por ello, ve indefinidamente aplazadas las consecuencias o efectos que podrían derivarse; por otra, lo que podríamos denominar la tentación de la melancolía. Pues, en efecto, el resultado del bombardeo, día sí, día también, por tierra, mar y aire, de noticias con variaciones continuamente actualizadas de la catástrofe, está provocando la extensión de una especie de abatimiento colectivo, de depresión inactiva y de parálisis ante lo que se pretende como inevitable. Y eso, con todos los matices que se quiera, era lo que los antiguos denominaban como melancolía.

Releer a Zweig y a Gibbon podría permitir evitar la melancolía. Entre otras cosas, para entender que, en los procesos históricos, no hay nada inevitable. Y que lo único imperdonable es tener plomo en la sangre y ser incapaz de actuar.

 

La Vanguardia