Un 24 de abril de 1915, en Estambul, la vieja Constantinopla grecobizantina, daba comienzo un intento de aniquilación total, el primer genocidio planificado, sistemático, del siglo XX. Se inició con absoluta precisión, comenzando por la élite sociocultural y religiosa y, una vez descabezada, se encarnizó con la totalidad del pueblo de la Armenia occidental. Una comunidad cuya cultura milenaria hunde sus raíces en un espacio geográfico reducido en la actualidad a su mínima expresión. Porque al genocidio físico debemos sumar el genocidio cultural como consecuencia de que un noventa por ciento, la Armenia histórica, además de la Cilicia, se ubicaba dentro de los límites de la Sublime Puerta, y actualmente en la heredera de aquella, Turquía.
La cuestión armenia sigue siendo pues, una cuestión actual, una herida abierta por la que brota la sangre de un pueblo y que no cicatrizará hasta su reconocimiento final.
Este genocidio nacional cultural segó las vidas de más de millón y medio de armenios en las condiciones más espeluznantes. A falta de la industrial máquina de muerte nazi, el exterminio sufrido por los armenios tuvo esa impronta de piedra, fuego y hierro a través de los desiertos sirios donde muerte, violación y hambre conformaron una tríada dantesca. Este escrito quiere sumarse al recordatorio que en todos los rincones del mundo civilizado se realizan en un día de luto para los armenios. Un recuerdo vivido en el que para su difusión y reconocimiento la Diáspora jugó, juega un papel de primer orden.
Conmemoramos pues un día de luto para la Humanidad. Un día negro en que los armenios se reúnen y oran. Oraciones que practican hasta quienes no son creyentes, en honor a unos antepasados que no descansan en paz. Porque nunca o pocas veces una religión fue a la vez bendición y cruz de un pueblo, un pueblo que es el epítome oriental de lo que antaño se conocía como Cristiandad. Una nación cuya situación en el mapa de la geoestrategia sigue condicionando su fortuna. Desde la declaración conjunta de Francia, Rusia y Gran Bretaña el 24 de mayo de 1915, hasta la polémica, esperemos no malograda en un futuro, ley francesa de 2012 que pretende penalizar el negacionismo del genocidio armenio, un rosario de cuentas insuficientes jalonan el calendario de reconocimientos. Un reconocimiento entre los que no figura la firma española. Un reconocimiento que se pidió, de nuevo, el 25 de mayo de 2012, en el emblemático palacio de Aiete de San Sebastián.








