La gestión de la crisis actual por parte del gobierno central y de cierta élite financiera está contribuyendo a profundizar la imagen, ya bastante deteriorada, de la política profesional. Esto no se debe sólo a los signos evidentes de desconcierto, improvisación e impotencia, sino también a la incapacidad del presidente Rajoy y de algunos ministros para entender y comunicar qué pasa, por qué pasa lo que pasa, y de hacer mínimamente creíbles los débiles, fragmentados, inciertos y decepcionantes mensajes que diariamente nos hacen llegar.
Uno de los personajes de la novela ‘Patagonia Express’ de Luis Sepúlveda dice: “En esta tierra mentimos para ser felices. Pero ninguno de nosotros confunde la mentira con el engaño”.
Es una distinción oportuna. Resulta obvio que algunos dirigentes políticos y financieros mienten. Zapatero fue uno de especialista. Recientemente, varios líderes han mentido. Lo hizo Rodrigo Rato cuando dijo que la entidad ofrecía unos beneficios de 305 millones de euros (2011) cuando el balance era de 2.979 millones de pérdidas. También mentían Rajoy, Montoro y De Guindos cuando pretendían hacer creer que el sistema financiero español era solvente, ante las sospechas y el escepticismo casi metafísico de los ambientes económicos internacionales. En Europa, las cuentas de la banca española ya hace tiempo que no se las cree nadie. La desconfianza aumenta, y también lo hace una prima de riesgo desbocada que puede conducir a una intervención europea con condiciones draconianas. Cuando los ministros españoles hacen declaraciones, la desconfianza europea y la de los mercados aumenta inmediatamente.
Sin embargo, más grave que las mentiras cotidianas es el engaño a la ciudadanía sobre la situación general que vivimos. De hecho, la crisis actual es un gran engaño colectivo, una inmensa tomadura de pelo a la ciudadanía, que ha dejado desnudos a los dirigentes políticos occidentales. El engaño consiste en emplear estrategias que esconden la realidad de las cosas.
En el ámbito español, el engaño está presidido por la ocultación sistemática de la realidad, por improvisaciones, incertidumbres, desidia, contradicciones, opacidad, decisiones retrasadas, ausencia de visión de conjunto y de perspectivas claras. Hay, además, una crónica falta de responsabilidades, una voluntad de que, de hecho, no se investigue nada ni a nadie, y una impresentable connivencia, que casi ya ni se esconde, entre la clase política española, las élites financieras y los grupos mediáticos madrileños. Mirando al Estado desde Europa y el mundo, resulta racional por completo tener desconfianza en La Moncloa, gobierne quien gobierne.
El engaño también incluye el hecho de que nadie explica claramente cuál es la situación general, nadie ofrece una imagen completa de lo que está pasando. Cada día se comunican datos y posicionamientos que caducan en pocos días u horas. Los números y las declaraciones varían mucho en muy poco tiempo.
Nadie explica con claridad, por ejemplo, por qué se dan ayudas públicas por valor de 23.465 millones (o más) a Bankia mientras se recortan servicios de sanidad y educación, y las empresas productivas no tienen acceso al crédito. Nadie explica por qué no se hace lo mismo con otras entidades financieras semiintervenidas. Tampoco explica si Bankia será o no privatizada en el futuro. Sólo se ha dicho por parte de su nuevo gestor, con una arrogancia más propia de una dictadura, que no se devolverá ni solo un euro, porque “no se trata de un préstamo sino de una ampliación de capital” (! ?). Sigue el país de pandereta. Las elecciones griegas pueden ser la sentencia.
Finalmente, resulta también un engaño que el gobierno central sea el primero en incumplir las leyes y los acuerdos previos, y en mostrar una auténtica deslealtad institucional. Sus duplicidades son de manual (manteniendo ministerios cuando las competencias están traspasadas). La voluntad recentralizadora y la invasión competencial siguen siendo la tónica general. Y aunque el déficit de la administración central es casi el doble que el de las CCAA, sus “recortes” son sistemáticamente mucho menores.
Cataluña se enfrenta a su futuro con incertidumbres. El Gobierno de la Generalitat es de mucha gestión, pero poco poder. Está dando muchas más muestras de seriedad que el gobierno central, pero estará siempre “vendido” mientras no tenga capacidad de decisión política y económica propias. La apuesta actual es llegar a un pacto fiscal que permita decisiones independientes. Los ciudadanos de Cataluña tenemos que sacar nuestras conclusiones. También sobre las posiciones de los partidos. Y los dos tipos de conclusiones parecen estar bastante claros en términos de futuro y de país.







