El nuestro es un país con una capacidad de inserción nacional, cultural y lingüística muy importante. Esto es lo que nos ha permitido sobrevivir estos últimos siglos. Y desde la transición democrática ha habido elementos positivos en la presidencia de la Generalitat, que han contribuido. En primer lugar, estuvo el presidente Tarradellas, que, pese a las oscuridades de su trayectoria, representaba la dignidad del exilio y el retorno de ciertas instituciones. Después vino el verdadero refundador de la Generalitat, Jordi Pujol, que en 23 años puso las bases, ligeras, si se quiere, de una cierta reconstrucción nacional. A continuación se produjo la alternancia en el gobierno catalán con Pasqual Maragall.
Jordi Pujol y Pasqual Maragall representaban la clase media-alta de nuestra sociedad, con alguna aspiración de burguesía nacional. El primero mantuvo una lucha clara contra la dictadura, mientras que el segundo desarrolló una cierta oposición. Ambos significaban el vínculo con el pasado, con la tierra, con la diversidad y con la pluralidad ideológica. Pero nuestro país ha ido más allá en la consolidación de su máxima institución, la Generalitat de Cataluña, y ha producido dos nuevos presidentes que también han sido positivos en cuanto a la consolidación y la vertebración de nuestra sociedad nacional.
José Montilla fue el gran ejemplo que la filosofía nacional y la pedagogía de “Catalunya un solo pueblo” funcionó de manera satisfactoria. El mecanismo de ascenso social, presente en nuestra sociedad, hizo que un inmigrante andaluz lograra, con dignidad, la presidencia de la Generalitat. De su presidencia cabe destacar que cuando el Partido Popular y la quinta columna lanzaron fuertes ofensivas contra nuestra lengua y cultura, José Montilla mantuvo su dignidad personal y la de la presidencia de la Generalitat incluso haciendo una encendida defensa. Después, y con una amplia mayoría, llegó a la presidencia de la Generalitat Artur Mas. El último presidente del país también tiene unas características especiales, como muy bien explica Pilar Rahola en ‘La máscara del rey Arturo’. Mas es ya un presidente de la Generalitat que no conoció la lucha antifranquista ni participó en ella y que se mantuvo al margen de la política catalana hasta que empezó a trabajar en la máxima institución del país. Se puede decir que con los presidentes José Montilla y Artur Mas la presidencia de la Generalitat se ha normalizado y todos los sectores sociales de nuestro país ya han alcanzado la presidencia.
Supongo que Artur Mas no se planteó nunca ser presidente de la Generalitat, quizá sí alcalde de Barcelona, pero las tensiones internas en CDC y el vacío provocado por Miquel Roca Junyent facilitaron su entronización como candidato a la presidencia de la Generalitat. Artur Mas es un hombre ordenado, con una dedicación absoluta a su función, lo que hace que una parte de la estructura de la Generalitat lo respete, pero a la vez vea claroscuros en su gestión.
Formo parte de aquellos que después de haber participado activamente en la lucha contra el franquismo y en nuestra reconstrucción nacional no entendimos la candidatura de Artur Mas, pero, como consecuencia de un par de conversaciones mantenidas antes de alcanzar la presidencia e influido por algunos compañeros de muchos años que trabajaban en la Generalitat, empecé a respetar la figura de nuestro actual presidente. No tenía historia, no tenía épica, pero podía ser un buen gestor y su firmeza, convicción y formación me hicieron creer, y todavía lo pienso, que puede llegar a ser un buen presidente. La historia nos ha hecho ver que la libertad nacional a veces llega gracias a dirigentes que nunca nos hubiéramos imaginado que nos pudieran llevar a Ítaca.
Artur Mas, pues, hace más de un año que gobierna el país y pienso que en una etapa normal podría haber conseguido una buena gestión y hacer avanzar el país. Se ha ganado la confianza no sólo de los votantes y los simpatizantes de CiU, sino también de una buena parte de la sociedad civil y de algunos sectores de los poderosos que piensan que lo pueden teledirigir. El presidente de la Generalitat se ha encontrado, sin embargo, con una situación económica y financiera crítica, que no sólo se explica por la gestión del tripartito, maldita ahora por todos, sino también por un fin del ciclo político de la Transición y por un expolio fiscal que provocaría un proceso independentista en cualquier región alemana o estado norteamericano, si esto se produjera. Y Artur Mas, consciente de todo ello, ha puesto en marcha un proceso que no tiene freno, porque un segundo fracaso como el del Estatuto, en que él fue uno de los protagonistas, no sólo pondría fin a su carrera política sino que también provocaría la quiebra de su transición nacional, y haría que el país entrara de lleno en una depresión nacional a la que podría verse abocado durante décadas. Artur Mas todavía tiene crédito, ya sea por sus cualidades como por la falta absoluta de una alternativa creíble y potente a nivel político en Cataluña.
Ayer se reunió con las diferentes fuerzas políticas catalanas para encontrar una alternativa unitaria y posible hacia el logro del pacto fiscal. Mucho me temo que será el comienzo de una nueva frustración y un gran fracaso. Nada me haría más feliz que ir errado. Pero si fracasa la vía unitaria a un pacto fiscal, ¿tenemos algo que hacer? No se trata de la proclamación unilateral de independencia, de un nuevo Seis de Octubre, se trata de que desde la Generalitat se promocione, se explique y se pida a la sociedad que haya un gran cambio de chip mental, que pasemos de la dependencia a la construcción nacional y a la creación de estructuras de Estado. Esto requiere que el presidente dé cuenta de la gran equivocación de su pacto con el Partido Popular, los verdugos de nuestra lengua, cultura y nación, y que saque de las estructuras de la Generalitat la quinta columna del PP y el Estado situada estratégicamente en nuestros medios de comunicación, nuestra función pública, policía y servicio exterior.
No podemos seguir engatusando a los ciudadanos con un planteamiento de independencia sin explicarles qué significa construir un Estado y cuáles son las herramientas que necesitamos tener para hacer un proceso hacia la soberanía nacional que sea creíble, teniendo en cuenta al Estado que día a día conspira contra nosotros y nuestros intereses. Esto quiere decir un cambio radical en los entornos presidenciales donde haya menos aspirantes a sustituir a nuestro presidente, que trabajan más para ellos que para el país, y colocar a personas con voluntad de servicio que ejerzan con sensatez y responsabilidad, pero también con ética, y que realicen una gestión que sea creíble nacionalmente.
Presidente, el país necesita menos petimetres y más Guardioles, Puyals y Terribas. Estos son los mejores, y hay más de los que nos creemos, dispuestos a apoyaros sin aspirar a sustituiros, sino simplemente a estar a vuestro lado, siempre que dé el paso adelante que nuestra nación requiere y necesita imperiosamente.






