Pujol, Garzón y el efecto lupa

Cuando daba clases de periodismo en la facultad (UAB) y tenía que explicar el proceso de fabricación de las noticias, recuerdo que manejaba diversas teorías sobre el proceso de selección. Se trataba de aplicar metáforas varias elaboradas de forma académica que lo hacían más comprensible. La más extendida, y muy sólida para la elaboración de los fundamentos que la soportaban, era la que se llama “de la espiral del silencio”. Viene a decir, en esquema, que el silencio que impera sobre determinados temas en el proceso de construcción de la información se refuerza a sí mismo, en una especie de turbulencia en espiral que sólo se rompe si en su entorno se produce un ruido lo bastante contundente como para conseguirlo: un enfrentamiento armado, un atentado de grandes dimensiones como el del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, un magnicidio, una revuelta de grandes proporciones y efectos repentinos…

 

Había otra, más modesta pero que me atraía más: la llamada “del efecto lupa” (o zoom). Pone énfasis en que, como la metáfora que le da nombre, cuando construimos la información, los periodistas no sólo aplicamos una mirada selectiva a los acontecimientos de actualidad objeto de la comunicación de masas (ruido / silencio), informando u ocultando los mismos, sino que ponemos el foco en determinados aspectos  del evento y, como cuando aplicamos la lupa a un determinado objeto (o el zoom a un paisaje), cuanto más agrandamos unos, más se difumina el resto hasta diluirlos en la oscuridad absoluta. La fabricación de la información, según esta teoría, no sería sólo un proceso de selección de unos acontecimientos en detrimento de otros, sino de magnificación de algunos aspectos de los mismos acontecimientos elegidos y el oscurecimiento del resto.

 

Pensaba en ello estos días viendo el seguimiento que los medios han hecho de dos eventos protagonizados por personajes mediáticos y que han sido de actualidad: el expresidente de la Generalitat de arriba (de la Cataluña escricta, nota del traductor) Jordi Pujol y el juez prevaricador español Baltasar Garzón.

 

Empecemos por Pujol. El periodista Jordi Évole le entrevistó para su programa de televisión “Salvados”, en La Sexta, el 4 de marzo pasado. Una entrevista que fue objeto de mucho ruido mediático porque Pujol le confirmó lo que hace tiempo que venía diciendo: que se nos está volviendo independentista. La entrevista fue larga y el periodista le preguntó por temas muy diversos. Pero la mayoría de los medios que informaron del asunto sólo pusieron la lupa en uno: este del independentismo -por favor, a la fuerza- de quien, en su tiempo de presidente, tuvo el honor dudoso de ser nombrado “español del año” por el diario imperialista y monárquico “ABC”. No era novedad, pero los medios pusieron el zoom más potente, y el resto quedó oscurecido. Sólo -que yo tenga constancia- el diario “Ara” hizo la lista de otras frases tanto o más relevantes que dijo Pujol en la entrevista, muy bien llevada por cierto, por Jordi Évole.

 

Entre otras, una que me escandalizó de forma especial, viniendo de un personaje que fundamentó su prestigio político, entre otras cosas, en la tortura y prisión que sufrió durante el franquismo. En un fragmento notable -y bastante largo- de la entrevista, Évole insistió en un turno de preguntas y repreguntas sobre el apoyo de Pujol al exministro socialista José Barrionuevo cuando éste fue imputado y condenado por el caso GAL, es decir por terrorismo de Estado. Pujol, con circunloquios y estrategias varias de diversión a las que es tan aficionado, terminó justificando el terrorismo de Estado porque -dijo- “cuando hay una guerra, hay una guerra, entiéndame. La policía lucha contra gente que asesina y el Estado lucha contra gente que asesina”. Es decir, justificación pura y dura de los asesinatos por razones de Estado. El efecto lupa, aplicado a la entrevista para la mayoría de los medios -no por el “Ara”, al menos en el resumen de frases que recogió- agrandó la declaración “independentista” del expresidente de la Generalitat y diluyó hasta hacerla desaparecer del foco su justificación del asesinato en nombre de la razón de Estado. Ningún periodista de sensibilidad democrática debería haberlo hecho, pero pasó y, como pasó, lo cuento.

 

Vamos al juez prevaricador Baltasar Garzón, fenómeno mediático por excelencia las últimas semanas a raíz de sus comparecencias como acusado ante los tribunales españoles que él tan bien representa. Medios de todo el mundo -no sólo catalanes o españoles- han puesto el foco en un Garzón juez instructor de pretendidas causas contra los crímenes del franquismo y contra la humanidad y víctima, por eso mismo, de la venganza de los franquistas y sus propios colegas de judicatura. Cuando, de hecho, Garzón se había limitado -hasta entonces- a aceptar una denuncia y declararse competente para iniciar diligencias sobre estos crímenes. Media.cat ya dejó constancia de muchos otros aspectos que permitían poner en duda la pretendida trayectoria democrática del juez prevaricador. Pero la lupa que le aplicaron los medios -potentísima a estos efectos- los diluyeron en la oscuridad absoluta. Hasta tal punto que -y aquí sí que hay que aplicar la teoría de la espiral del silencio- personajes e instituciones internacionales que conocen -o deberían conocer- muy bien el pan que se da en los juzgados de la Audiencia Nacional española -heredera directa del Tribunal de Orden Público franquista- y en las cárceles que dependen del mismo salieron en defensa a ultranza del juez prevaricador como gran defensor de los derechos humanos, sobre los que universidades de prestigio internacional le ofrecen ahora trabajo para dar su lecciones. Hablo, por ejemplo, del exfiscal español anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo, la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú, el premio Nobel de la Paz y facilitador en alguna ocasión de la mediación en el conflicto del imperio español en el País Vasco Adolfo Pérez Esquivel, Amnistía Internacional o las “Madres de Plaza de mayo” argentinas…

 

Fuera de foco, pues, el Garzón que hacía detener y encarcelaba independentistas catalanes en 1992 y -según sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo- no garantizaba su seguridad personal y miraba hacia por otro lado cuando le decían que habían sido torturados; que cerraba medios de comunicación y hacía detener a personas en el País Vasco sólo por su militancia política aplicándoles su teoría de que “todo es ETA” y que se puede ser de ETA sin saberlo; que se adelantaba incluso a los tribunales españoles -él que sólo era juez de instrucción, un hecho que se obviaba ya entonces cuando se hablaba en los medios- y cerraba sedes de partidos políticos y hacía detener y enchironar alcaldes y concejales vascos de Udalbiltza que luego serían absueltos por la propia Audiencia Nacional española… Garzón, impoluto, libre de dudas, en una aplicación de la lupa y la espiral del silencio por los medios incluso de fuera del Estado español, en una de las operaciones mediáticas de propaganda más desvergonzadas y de éxito de todos los tiempos.

 

Hasta tal punto que un servidor suyo, el periodista catalán Pere Ríos, se atrevió a poner en duda que el contenido de la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre el trato al que fueron sometidos los independentistas catalanes detenidos por orden suya en 1992 tuviera nada que ver con el juez prevaricador. Lo hizo en una pseudoinformació titulada “Garzón y el mito de las torturas a Terra Lliure”. La Coordinadora catalana para la prevención y la denuncia de la tortura, que agrupa catorce entidades, reaccionó con un duro comunicado en el que, entre otras cosas, decían: “El Tribunal Europeo de Derechos Humanos implica directamente a Baltasar Garzón y a toda la cadena judicial de custodia -médico forense y fiscal, incluidos-. La buena praxis judicial para prevenir los malos tratos debería deducido testimonio de la denuncia de un delito grave de torturas y hubiera remitido diligencias a los juzgados ordinarios. Lo que Garzón nunca hizo, que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó y que el artículo de El País obvia deliberadamente”.

 

No tengo constancia -y me gustaría equivocarme- de que ningún medio de los autodenominados “de referencia” se haya hecho eco de este comunicado de la Coordinadora. Ni siquiera “El País”, cuya credibilidad queda muy deteriorada. No sea que el mito -éste sí, muy bien construido y sólido- del juez defensor a ultranza de los derechos humanos resultara tocado aunque sólo fuera un poquito… Dos ejemplos, pues, estos de Pujol y Garzón, a añadir a los que mencionaba cuando daba clases en la facultad, sobre cómo se fabrica la información en los medios de comunicación de masas.

 

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