Para unos son ‘macroinfraestructuras’ y para otros ‘proyectos estratégicos para el territorio’. Sin embargo, uno y otro término sólo sirven para polarizar y exacerbar las posturas, sin ayudar a la reflexión que, sobre estas cuestiones, se plantea ahora en Gipuzkoa. Pero, ¿qué hay en realidad detrás de tanto ruido? Puedo comprender -y comparto- las preocupaciones de grupos y sectores sociales que muestran su rechazo a un modelo de crecimiento basado en producir más cosas y acometer más infraestructuras al precio que sea, sin importar la sostenibilidad o la orientación social de las mismas. De hecho, la crisis económica y social que atravesamos tiene mucho que ver con una forma de entender la economía que ha puesto los medios por delante de los fines, que ha apostado por objetivos y realizaciones absurdas, y que ha acabado relegando al ser humano y sus necesidades a un segundo plano. Sin embargo, no se entiende la actitud de algunas fuerzas políticas que, apoyándose en sentimientos y percepciones sociales de uno u otro signo, están llevando el debate sobre las infraestructuras guipuzcoanas a un callejón sin salida. Y como carezco de datos para hablar de intereses ocultos, me atrevo a decir que estamos ante una mezcla de falta de rigor y ciertas dosis de demagogia.
Vayamos con la posición ‘antiinfraestructuras’. ¿De verdad creen algunos de los que apoyaron la manifestación del pasado 4 de febrero que pueden meterse en un mismo saco el metro de Donosti, la cárcel de Zubieta, el puerto exterior de Pasaia, la incineradora, o el tren de alta velocidad? Tomemos, por ejemplo, el metro de Donosti. Podrá considerarse una exageración llamar metro a la propuesta de soterrar el trazado del topo para hacerlo pasar por el Centro, el Antiguo, y la Universidad. Podrá y deberá, por supuesto, valorarse si el costo de la obra es asumible o no y en qué plazos. Pero lo que no parece razonable es negar el positivo impacto social de un proyecto que acercaría a las playas a decenas de miles de personas de los barrios y municipios circundantes, y a la universidad a miles de estudiantes -por poner dos ejemplos- con la consiguiente reducción del transporte privado y del tráfico de superficie. ¿Por qué no es una ‘megainfraestructura’ el nuevo trazado bajo Intxaurrondo o el desdoblamiento hasta Lasarte? ¿Por qué no podemos tener una red de transporte ferroviario socialmente útil que comunique toda la comarca de Donostialdea? Sinceramente, todo suena a demagogia y a buscar banderas con las que diferenciarse de los gobiernos anteriores en la Diputación o el Ayuntamiento. Y lo mismo ocurre con otros temas como la estación de autobuses, la pasarela de Mompás, etc.
Ahora bien, si la oposición global a las ‘macroinfraestructuras’ que apoyan algunas fuerzas políticas no parece una postura coherente ni fundamentada, otro tanto ocurre con la defensa a ultranza que otros se empeñan en hacer de unos llamados ‘proyectos estratégicos para el territorio’, mezclando churras con merinas, y tratando de evitar el debate específico sobre cada actuación en concreto. Aunque hay otras, la perla de todo este planteamiento es sin duda el proyecto de Puerto Exterior de Pasaia. Es más que evidente que los intentos por convencer a la opinión pública de la necesidad y la viabilidad de dicha infraestructura chocan con los datos, con la opinión de bastantes expertos y con el sentido común. De hecho, cada vez son más las voces que manifiestan abiertamente su oposición al proyecto y probablemente serán más en el futuro.
Pero frente al cúmulo de razones y argumentos presentados, los defensores de este disparate se refugian en el supuesto «carácter estratégico» del asunto, y en la deplorable actitud de vincular todas las críticas al puerto exterior con la oposición «a todo proyecto que se presenta en Gipuzkoa» o con la voluntad de «paralizar el territorio». De nuevo la demagogia, aunque esta vez se trate de lo contrario: de cavar una trinchera para impedir el debate, poniendo etiquetas y mezclándolo todo.
De no cambiar las cosas, nos espera un triste futuro. Creo sinceramente que la población guipuzcoana no se merece este nivel tan bajo de debate político. Que ya va siendo hora de dejar de utilizar proyectos que suponen objetivamente mejoras sociales para justificar otros que no tienen ni pies ni cabeza. Y al revés, sería conveniente que dejara de utilizarse la lógica desconfianza ciudadana ante algunas obras innecesarias, que sólo traen destrucción y endeudamiento, para marcar perfil político poniéndose -desde el propio gobierno- al frente de una oposición global a las ‘megainfraestructuras’.
Gipuzkoa necesita que unos y otros dejen de pensar en estrategias de poder y aborden de una vez el futuro del territorio estableciendo prioridades, superando el provincianismo y estudiando complementariedades con otros territorios vecinos, centrando las inversiones en la búsqueda de la eficiencia social, distinguiendo lo que son proyectos ya comenzados de los que no, fomentando el debate riguroso, generando consensos, e ilusionando a la gente. Porque el camino que algunas fuerzas políticas, de diferente signo, han emprendido sobre esta cuestión, no parece que vaya a llevarnos a ninguna parte.
Diario Vasco





