Húngaros

Hace diez años, con motivo de la concesión del Premio Nobel a Imre Kertész, recordando la singularidad de los húngaros, y una experiencia mía inolvidable, yo escribía, en otro lugar, líneas como éstas: “Venían del este remoto, para instalarse en el corazón geográfico de Europa allá por el siglo IX, y si algún pueblo ha destilado las esencias de la cultura europea son ellos: con aquella lengua que desde fuera es tan extraña, con los caballeros de la llanura infinita, con la nobleza del Imperio, con la ciudad de Budapest, por donde yo paseaba con tristeza hace muchos años, y donde aún estaban presentes, en los muros y en los corazones, los agujeros de las balas soviéticas de 1956. En la Academia de Ciencias nos servían en la mesa increíbles señoritas con falda cortísima, en la ciudad de Szeged el cabecilla del Partido Comunista nos obsequiaba con dieciséis clases diferentes de vino y dieciséis de queso, todos de su región. Hablábamos del futuro de las sociedades rurales de Europa, del este y del oeste, y los húngaros parecía que eran de aquella parte de la raya, pero eran de la misma y lo sabían. Como los checos, los eslovenos, los estonios o los polacos”.

Yo paseaba, pues, por Budapest triste y gris, y no sabía que en alguna habitación modestísima, en algún casal antiguo, escribían sus libros Imre Kertész o Péter Esterházy (hijo de la gran familia, los patrones de Joseph Haydn, y autor de ‘Armonía celestial’, una autobiografía inventada y real donde está toda la historia de Hungría), György Konrad que yo conocí cuando era presidente del Pen Club y con el que mantuve hace pocos años una larga conversación pública en la Literaturhaus de Frankfurt, y también Sándor Márai y los otros, los continuadores de una gran literatura. Una literatura europea, de un pueblo europeo cultísimo, civilizado, y con una larga historia singular y admirable. Y ahora los húngaros, por gran mayoría parlamentaria y parece que también popular, han aprobado hace pocos meses (en abril pasado) una constitución que, por decirlo con suavidad, encaja muy dudosamente en los estándares ideológicos comunes a los Estados de la Unión Europea.

Una constitución que empieza con declaraciones tan retóricas y tan peculiares como estas: “Nosotros, los miembros de la nación húngara, a comienzos del nuevo milenio, con un sentido de responsabilidad por cada uno de los húngaros, hacemos la proclamación siguiente: Estamos orgullosos de que nuestro rey San Esteban construyó el estado húngaro sobre un fundamento sólido y convirtió a nuestro país en parte de la Europa Cristiana hace un millar de años. Estamos orgullosos de nuestros antepasados que lucharon por la supervivencia, la libertad y la independencia de nuestro país. Estamos orgullosos de los extraordinarios logros intelectuales del pueblo húngaro. Estamos orgullosos de que nuestro pueblo ha defendido Europa a lo largo de los siglos en una serie de luchas y ha enriquecido los valores comunes de Europa con su talento y diligencia. Reconocemos el papel del cristianismo en la preservación de la nacionalidad. Valoramos las diferentes tradiciones religiosas de nuestro país”.

Y más singularidades, más fundamentos de la ley fundamental: “Mantenemos que la familia y la nación constituyen el marco principal de nuestra existencia, y que nuestros valores fundamentales de cohesión son la fidelidad, la fe y el amor”. Sensacional. Y más aún: “Honramos los éxitos de nuestra constitución histórica y honramos la Santa Corona [de San Esteban], que encarna la continuidad constitucional del estado húngaro y la unidad de la nación”. Y algo más: “Mantenemos que después de décadas del siglo XX que han llevado a un estado de decadencia moral, tenemos una profunda necesidad de renovación espiritual e intelectual”. Como lenguaje constitucional, no se puede pedir más. Sólo tendríamos que cambiar “Hungría” y “húngaros” por cualquier otro nombre (como Francia, Cataluña, Holanda o España, por ejemplo), para captar la extravagancia del caso. En el año 2002, Imre Kertész recibió el Premio Nobel “por una escritura que sostiene y refuerza la frágil experiencia del individuo contra la bárbara arbitrariedad de la historia”. Tengo la impresión de que, ahora mismo, los húngaros recuerdan mal la suya.

El Temps