“Independencia es cada instante, y el objetivo final. Independencia es identidad, y la libertad para hacer aquello en lo que crees. También es poder tomar las propias decisiones para ver el mundo tal como nos gusta. Por ello, queremos hacer una declaración en favor de la independencia: con unas perspectivas impresionantes y unos motivos llenos de pasión”. ¿Son palabras de Alex Salmond en el Parlamento escocés? No. ¿Forman parte de un discurso secretamente guardado por Artur Mas para llevar a los catalanes a deshacer las costuras de la Constitución y el Estatuto que nos estorban como nación? Tampoco. Es el texto de presentación en YouTube de una reciente campaña de publicidad televisiva de la casa Olympus para anunciar sus nuevos modelos de cámara PEN.
Pero también podemos citar las palabras de Salmond del pasado miércoles anunciando el referéndum por la independencia en Holyrood. “La independencia, esencialmente, se basa en una idea bien simple: la gente que está más preocupada por Escocia, es decir, la gente que vive, trabaja y hace crecer su familia en Escocia, será la que tome las decisiones sobre el futuro de nuestra nación. […] Es el estado natural de los pueblos y naciones de todo el mundo. No ser independiente es la excepción. […] Quiero que Escocia sea independiente no porque piense que somos mejores que cualquier otro país sino porque sé que somos tan buenos como cualquier otro país. Al igual que estas otras naciones, nuestro futuro, nuestros recursos y nuestra prosperidad deben estar en nuestras manos”.
He puesto estos dos textos uno tras otro, ironías aparte, para mostrar hasta qué punto la idea de independencia suena bien si se escucha sin prejuicios. No es nada extraño: ¿quién encontraría digna una vida personal sometida de manera forzada a la voluntad ajena? ¿Y no es cierto que todas las naciones suelen celebrar de forma destacada su día de la independencia, y nadie se lo reprocha en absoluto? Pues bien: es por eso que ambos textos se sostienen en una lógica incontestable. Cierto: no es lo mismo una persona que un país, y Escocia no es Cataluña. Pero, ¿no hay principios universales a los que se pueden acoger todos? ¿De dónde vienen, pues, las objeciones a la independencia?
Siempre, las objeciones las hace quien tiene la tutela de quien se quiere emancipar. Y, si no fuera por el contexto histórico, político y social que las ampara, parecerían ridículas. Tanto en Escocia como en Cataluña, los que se resisten a su libre decisión alegan peligros tan absurdos como los del aislamiento, la insolidaridad o el conflicto interno de lealtades. ¿Acaso la independencia de británicos o españoles les ha condenado al aislamiento, la insolidaridad o ha exigido una absoluta cohesión de lealtades internas? ¿Por qué lo que es bueno para ellos, no lo debe ser para los demás?
Sin embargo, ésta no es una discusión retórica. Hemos entrado en una fase histórica de dramática presión españolizadora de la nación catalana, para ver si perdemos definitivamente la partida. El último episodio, el futuro de El Prat y la derrota de Spanair, muestra que no estamos hablando sólo de luchas simbólicas e identitarias, sino de una guerra de intereses políticos y económicos de gran magnitud. Emanciparse o desaparecer. La mayoría de catalanes son conscientes de ello. De modo que si en estos momentos algo pone en riesgo la paz social del país, ya no es la voluntad de independencia, sino que la política institucional no tenga el coraje de liderarla. El país empuja. El peligro es que acabe atropellando a los que deberían representar la voluntad, los intereses y la cordura.
ARA







